Ante la crisis financiera
Juan Jesús
Bermúdez
Ha llegado. Está aquí para quedarse. Es la crisis
financiera, básicamente porque se ha creado y prestado dinero a partir de
garantías de pago basadas en créditos que no se están pagando. No es dinero
real, físico, como el que piensa la mayoría que existe, sino ese otro –que es
la práctica totalidad– basado en el crédito y la deuda, en un juego de
prestatarios que la cotización electrónica bursátil ha convertido en
transcontinental. Algunos consideraban que ese internacionalismo fiduciario nos
libraba del riesgo, porque lo diversificaba, pero se olvidaban de que, si funciona
para el crecimiento, para la expansión del crédito fácil, también funciona para
encadenar los impagos y a los impagados. Como dice el economista Xavier Sala,
nadie sabe cuánto ni el alcance de lo prestado e impagado. E incluso el
prestigioso The Independent
se permite hablar ya abiertamente de que Wall Street se prepara para una segunda gran depresión, todo un
símbolo de que ya pocos esconden la debilidad del montaje financiero.
La globalización financiera es el culmen
de la globalización física en el intercambio de recursos naturales y productos
transformados. Parece ya claro hoy, como nos recuerda Marcos Martínez, que la
masa monetaria ha crecido – en virtud de los intercambios financieros virtuales
– mucho más que la realidad tangible, lo que hace inevitable dos cosas:
primero, como sucede desde hace tiempo con la economía capitalista, el
surgimiento de ciclos de crédito fácil y burbuja – la depresión del 29 también
fue precedida de una burbuja inmobiliaria en los EE.UU. y de los felices años
20, que hoy podríamos llamar los dorados 90 – y, segundo, su inevitable
estallido posterior. En este caso, el refugio ha sido también la construcción,
y ha logrado convertir, de forma insólita, deudas impagables “subprime” en activos negociables en forma de “paquetes de
hipotecas” que nada menos que servían de inversión rentable para fondos de
medio Mundo.
El alcance real de esta tremenda operación de deuda global
nos deja a las puertas del ajuste en forma de castillo de naipes. Aquellas
sociedades o cartas de la baraja más endeudadas o marcadas son las que más
sufrirán la insolvencia, la contracción, y los inevitables problemas de
funcionar con crédito restringido o sin crédito, o ver esfumarse activos
financieros o, en el peor de los casos, depósitos sin más, como ya nos ha
advertido alguna asociación empresarial.
Este escenario, por lo demás, y esto es aún más preocupante,
se presenta en una era de creciente estrechez en la abundancia de materias
primas, y de ahí la incomparable atención que están recibiendo por parte de los
que disponen de recursos financieros para volcarlos en su compra: se sabe que
el petróleo será cada vez más escaso, que los granos – base alimentaria mundial
– se encuentran en unas ratios de suministro por habitante de las más bajas en las
últimas décadas, y que la oferta de muchos recursos minerales y energéticos,
bases de la economía mundial, en poco tiempo puede vérselas para abastecer la
demanda. Es posible que, ni aún entrando en grave crisis económica, se frene lo
suficiente la demanda tan importante de recursos naturales existente, porque la
globalización ha encontrado consumidores en todas las partes del Mundo, y
algunos de ellos no tan endeudados como los estadounidenses y los españoles:
habrá, pues, encarecimiento global de lo básico.
Como dice el banquero Matt Simmons, que afirma que el
comienzo del declive petrolero aconteció en el año 2006, “tendremos que crear
economías mucho más locales”. Será imprescindible ponerse a ello. Pero, ¿Cómo
reaccionará la economía crediticia ante este límite físico al crecimiento,
acompañado de la crisis de confianza en la expansión de la economía? ¿Cuántos
empleos dependen de esas deudas impagadas? Parece ser que pronto la sabremos. Y
es que nunca como antes tuvo tanto vigor aquello que dice el dicho de que “de
aquellos barros vienen estos lodos”.