Áspero abril
Wladimiro
Rodríguez Brito
Contemplamos con
preocupación la situación del campo ante el invierno seco que hemos sufrido,
mirando que una lluvia en abril significa mucho para nuestra agricultura de
secano, no siendo menos importante para nuestra marchita naturaleza que lleva
esperando las lluvias del invierno desde el pasado octubre. Así, parece que se
despide el invierno, no sólo sin dejar lluvia, sino, lo que es peor, con un
abundante número de días bajo el dominio del aire sahariano y, en consecuencia,
con ausencia del mar de nubes de los alisios. Por lo tanto, estamos ante un
verano problemático con dificultades serias tanto en nuestros campos y montes
como en las demandas del líquido elemento.
Valga como ejemplo las
precipitaciones registradas en Aguamansa, en
En el lenguaje popular
asociamos abril con la cosecha, y en consecuencia, con la lluvia, tan
importante en nuestros secanos, sobre todo, porque permite mantener el agro con
humedad en la época en la que los cultivos son más exigentes.
De ahí el lenguaje
popular sobre abril y fanegas mil. Este año no sólo hemos tenido un invierno
seco de viento sahariano que aquí llamamos siroco, como en el Mediterráneo
Oriental, porque proviene de Siria. En Canarias, sin embargo, procede del no
menos seco Sahara.
Además, esta semana
nos ha visitado el demandado tiempo suroeste; aire que en teoría suele llegar
húmedo y dejar importantes precipitaciones en nuestra tierra. Sin embargo, esta
vez no sólo no dejó apenas lluvia, sino que trajo aire seco y rachas de viento
que en algunos casos superaron los
Se da la circunstancia
de que en numerosos puntos de la zona norte y noroeste de Tenerife se habían
incrementado de forma significativa las tierras labradas de papas y cereales,
sobre todo, en las proximidades de las zonas quemadas en el pasado incendio,
desde los Campeches hasta Erjos, o Valle Santiago; campo duramente castigado
por la sequía y el viento de los últimos días.
Por otra parte, esta
situación de viento y sequía ha dañado de manera importante pastos y cereales,
desde Teno hasta El Rosario, con importantes pérdidas para la ganadería. El
campo necesita en estos momentos una inyección económica y de ánimo ante un
invierno de los más secos, con toda seguridad, en los últimos sesenta años,
rematado por un temporal de viento que ha maltratado de manera general todos
los cultivos.
También es el momento
para leer cómo algunas prácticas agrarias no son las indicadas para
enfrentarnos a la sequía. El uso y abuso de las herbicidas hace que el agua de
la lluvia no percole en el suelo, aumentando la
escorrentía y la evotranspiración del suelo. Por otra
parte, el abono vegetal u orgánico -estiércol- que nuestros padres ponían en el
suelo, juega un papel importante, no sólo como fertilizante, sino también para
mantener la humedad. Los abonos químicos son más exigentes en agua que el estiércol
y por todo ello, la lucha contra la sequía no sólo es tener más agua para regar
de los cultivos tradicionales, sino hacer un mejor uso de la sabiduría popular
en nuestro medio.
Así, el cavar la
tierra y en particular las viñas y el labrar y enterrar el estiércol son
técnicas básicas no sólo en la fertilización de nuestros campos, sino también
para mantener una estructura armónica en los suelos y, sobre todo, fijando la
humedad y fertilidad en las tierras de cultivo. También esta práctica es básica
para retirar materia orgánica de nuestros montes y barrancos y, en
consecuencia, retirar combustible para evitar los incendios. Es en un marco de
armonía entre ganadería y agricultura cómo se entiende un mejor uso de nuestros
recursos y de unos alimentos más sanos, que a su vez, contribuyen a un mejor
equilibrio en la naturaleza entre agricultura y medio ambiente.