Atlantología

 

Juan Manuel García Ramos

 

Pocos pueblos del mundo pueden presumir de una prehistoria imaginaria como la que poseen los archipiélagos de esta parte del Atlántico que ocupamos los canarios.


Acabo de leer el libro quizá más completo sobre la genealogía de la Atlántida, esa isla inmensa y mítica fabricada por Platón en sus diálogos Timeo y Critias, escritos en torno al año 355 ante de Cristo, y vuelvo a convencerme de la poca importancia que los canarios damos a esos orígenes que nos otorga la imaginación clásica y nos siguen otorgando otros muchos pueblos del planeta.

 

El libro en cuestión es La Atlántida. Pequeña historia de un mito platónico, y su autor es el historiador francés Pierre Vidal-Naquet, especialista en la Grecia antigua.


En esas breves páginas, se revisa el itinerario del concepto de la Atlántida desde su primera invocación impresa por parte de Platón hasta nuestros días, en los que se sigue especulando con la existencia de esa isla-continente oceánica -"más extensa que Libia y Asia juntas"- situada más allá de las columnas de Hércules, donde floreció una civilización antediluviana y donde, por primera vez, el hombre abandonó la barbarie y descubrió su humanidad, en medio de inmensas riquezas y de una flora y una vegetación paradisiacas.


A lo largo del libro de Vilar-Naquet abundan las referencias a Canarias, a Madeira y a Azores, como los últimos residuos, los "cerros-testigos", de lo que un día fue un territorio de excepción entre el resto de los territorios ocupados en el mundo conocido.


Esa idea de que los archipiélagos de Azores, Madeira y Canarias podrían considerarse los cerros-testigos de la Atlántida platónica la extrae Vilar-Naquet nada menos que de Charles Darwin, el autor de El origen de las especies (1859), pero también cita Vilar-Naquet al jesuita alemán Athanasius Kircher (1602-1680), quien llegó a afirmar que veía en las Islas Canarias los residuos de la Atlántida, y en los guanches a un pueblo misterioso sin duda descendientes de la epopeya atlante, una tesis que luego retomaría J. B. M. Bory de Saint-Vincent en un libro que tenemos a nuestra disposición a través de la traducción de 1988 de José Antonio Delgado Luis: Ensayo sobre las Islas Afortunadas y la antigua Atlántida.


Otro famoso viajero por Oriente en el siglo XVIII, J. Pitton de Tournefort, sostiene que la apertura del estrecho de Gibraltar es la consecuencia de la ruptura más antigua que crea el Bósforo y que puede que la espantosa irrupción que se produjo entonces en el océano arrojase a esa famosa isla Atlántida que describe Platón. Para Pitton Tournefort las Islas Canarias, Azores y América son quizás sus restos y no sería sorprendente que hubieran estado pobladas por los descendientes de Adán y Noé, ni que sus pueblos utilicen las mismas armas que los demás pueblos de Asia y Europa.


Cuando Francia crea en mayo de 1881 su protectorado de Túnez por el tratado de Bardo, el Ministerio de Instrucción Pública galo no deja de interesarse por el problema de la Atlántida y emite algunas notas redactadas por su funcionariado diplomático de entonces. En alguna de ellas podemos leer: "En el momento en que se admite con los geólogos que debió existir en otro tiempo, al oeste de España, un vasto continente cuyos últimos vestigios pueden ser las Canarias y las Azores, no hay ninguna razón para poner en duda las migraciones de las que esta gran tierra habría sido el punto de partida. El desplazamiento de sus poblaciones hacia Oriente sería, por tanto, la primera invasión extranjera del norte de África...".


En los albores del nazismo, se publica en Berlín, en 1922, un libro de Karl Georg Zschaetzch, La Atlántida, patria primitiva de los arios, con algunos mapas donde la Atlántida platónica aparece con un tamaño modesto entre África y América, pero la situación frente a las costas de Marruecos y Mauritania coincide plenamente con la de Canarias.


Este libro de Zschaetzch se inscribe en lo que Pierre Vilar-Naquet llama la atlantonomía, el deseo de muchos pueblos, entre ellos el alemán ya citado, de considerarse descendientes directos de una Atlántida idealizada, con genealogías procedentes de los dioses y limpias de toda mezcla racial, un pedazo del cielo en la tierra de los mortales. El atlantonacionalismo, al que se adscribieron autores como el teórico sueco Olaus Rudbeck, quien en una obra en cuatro volúmenes infolio, publicada en Uppsala entre 1679 y 1702, trató de demostrar que en Escandinavia había estado situada la Atlántida, es decir, el origen de toda la humanidad, que luego fue extendiéndose a todo el mundo. O atlantonacionalismo que practicaron las élites pensantes del emperador Carlos V, los italianos que se consideraban los padres de Cristóbal Colón o los intelectuales nazis, alguno de ellos ya citado. Lo cierto es que los canarios hemos estado en el centro de este debate sobre la Atlántida, que, como dice el mismo Pierre Vidal-Naquet, nunca termina de cerrarse, porque aunque la Atlántida no forma parte de la historia rigurosa de los seres humanos, sí forma parte de la historia de las opiniones de esos mismos seres humanos, y ha servido no sólo para alimentar toda una literatura utópica posterior a ella, sino para responder, siquiera por la vía de la pura especulación, a vecindades de usos, costumbres, ritos, etimologías compartidos por el Viejo y el Nuevo Mundo.


El mismo Vilar-Naquet nos cuenta, a través del relato de un naturalista veneciano, Gerolamo Fracastore, publicado en Verona en 1530, cómo los españoles que desembarcan en América interrogan a un sacerdote indígena sobre el significado del sacrificio que está a punto de ejecutar para una multitud de enfermos, y el hombre responde relatando la historia de su pueblo: "Sin duda, dice el sacerdote, el nombre de Atlas ha llegado a vuestros oídos". Los atlantes fueron antaño un pueblo feliz y querido de los dioses, pero por sus riquezas provocaron la cólera divina y ésta se manifestó en un doble castigo: por una parte, el hundimiento de la Atlántida, y por otra, la difusión entre los supervivientes, es decir, los americanos de esta terrible plaga: la sífilis.


Estamos, como dice el mismo Vilar-Naquet, en el campo de la mitología y la fábula, sin duda. Pero hay algunas otras preguntas sin contestar. Los ideólogos de la corte española del siglo XVI, Francisco López de Gómara y Gonzalo Fernández de Oviedo hacen descender a los americanos conquistados y colonizados por sus monarcas de los habitantes de la Atlántida, y el mismo López de Gómara pone el ejemplo de cómo ’agua’ se dice en México ’atl’.


Algunos teóricos del ocultismo han llegado a afirmar que la lengua maya es griega en un tercio de su vocabulario, algo que es inadmisible. Pero qué sucede con las vecindades fonéticas y semánticas de voces como la griega "theou kalia", "cabaña de dios", y "pótamos", "río", y la azteca "teocalli", "casa de los dioses", y el sustantivo "potomac", "río", localizado en territorios del este de los Estados Unidos, entre Maryland y Virginia, y, al parecer, en el léxico aymará de Bolivia.


El libro de Pierre Vilar-Naquet no hace sino refrescar y animar un viejo debate. Un apasionante debate para todos los canarios en particular.