¡Baja el petróleo!
Juan Jesús Bermúdez
La bajada importante del precio del petróleo tras
alcanzar su sorprendente pico cercano a los 150$ en julio de 2008, es
consecuencia, entre otros factores, del proceso de destrucción de la demanda de
crudo que está ocurriendo en todo el Mundo. Decenas de aerolíneas han quebrado,
disminuidas sus rutas y flota en el aire, y despedido a trabajadores; el
consumo de gasolinas baja en los EE.UU. y en numerosos países, por primera vez
desde hace casi quince años; la producción industrial y el consumo en general
se resiente, de forma paralela a la crisis crediticia, mientras varios países,
de los más consumidores del Mundo, están ya entrando en recesión. Como se ha
explicado, la meseta de producción de petróleo desde el año 2005 está en el
origen del ascenso del precio petrolero y ha colaborado muy mucho a reventar la
burbuja inmobiliaria mundial y de liquidez en los préstamos. Si hay grandes
incertidumbres sobre la posibilidad de seguir creciendo (el mayor consumo de
energía, en nuestro modelo económico, es básico a medio plazo para crecer
económicamente, como lo demuestran múltiples estudios de la relación entre PIB
y consumo de petróleo y “movilidad”), surge la duda sobre la devolución –con intereses– de los préstamos, que se conceden sólo porque se
prevé crecer, lo que implica que se desinflen las perspectivas de ampliar el
desarrollo de la actividad económica. Algunos economistas –muy poco
publicitados, cierto es– advierten de la inevitable interrelación entre valores
físicos y monetarios, y de que el valor del dinero está, en última instancia,
soportado con el trasiego de materiales y energía. Los crecimientos de la
demanda mundial de éstos no están encontrando respuesta con la misma fluidez en
el incremento de la oferta y los cuellos de botella aparecen, especialmente el
provocado por los límites energéticos, cuya disponibilidad barata y accesible
es la base de cualquier orden socioeconómico.
Esta tendencia bajista se encuadraría en lo que se ha
descrito como un proceso de “super pico del precio
del petróleo”, consistente en un permanente ajuste entre la oferta de crudo,
con crecimientos muy débiles, práctico estancamiento y posterior declive
(frente a los veloces ascensos en la producción en los años anteriores), y una
demanda ascendente por parte de los grandes consumidores y de otros países
(China, India, etc.) que, aunque muy lejos de las ratios de consumo
occidentales, han desarrollado crecimientos exponenciales extraordinarios.
El Mundo ha multiplicado casi por cuatro en las
últimas cuatro décadas el número de turismos, y generó en ese tiempo la
globalización basada en la movilidad y costes baratos, duplicando la extracción
de petróleo desde los años 70. La perspectiva de que esa situación se mantenga
es escasa debido a una realidad geológica a la que nos resistimos mirar: desde
hace 45 años vienen declinando los descubrimientos de petróleo, y hoy se
encuentra mucho menos de lo que se consume, amen de que los descubrimientos son
de peor calidad, menor tamaño y en zonas más inaccesibles; por tanto, con un
retorno energético menor y un coste mucho mayor. Esta tendencia es creciente,
añadiéndose la circunstancia de que los países con reservas cada vez exportan
menos porque sus economías consumen más, como ocurre ya con en Rusia, Arabia
Saudí, o los restantes estados del Golfo Pérsico, entre otros. Si añadimos a
ello importantes declives previstos en Angola (el propio Gobierno reconoce un
declive desde el año 2010), la perspectiva de que Indonesia o México dejen de ser
productores significativos en algo más de una década, la debacle de Nigeria,
que se encuentra impotente para contener el creciente movimiento armado que
sabotea las extracciones, o los problemas que registra la industria en todos
sus eslabones (refino, personal cualificado, transporte, conducciones, lugares
de exploración, etc.), podemos aventurar, como hacen muchos, unos precios con
tendencia alcista en los próximos años, y con los citados procesos de
corrección del mismo, conforme las economías del Globo inicien su transición,
en forma de depresión económica, a la era del petróleo cada vez más escaso y,
por lo tanto, más caro.