BARRABASADAS
Agustín
Mora
Hace algunos días el juez de la Audiencia Nacional, Baltasar
Garzón, atendiendo las peticiones de ocho Asociaciones por
Para elaborar este censo, Garzón, se ha dirigido
principalmente a los archivos de los ministerios de Defensa, Cultura e
Interior, así como a los ayuntamientos de Madrid, Córdoba, Sevilla y Granada.
Inexplicablemente, quedan fuera de la investigación el resto de
ayuntamientos más pequeños (tanto peninsulares como insulares) pero no por ello
con menos indicios de alojar en sus archivos espeluznantes cifras de
ejecuciones y enterramientos en fosas comunes.
Para dar un pequeño
ejemplo (y esto los historiadores honestos lo saben muy bien) podríamos
acompañar a la columna del Coronel Yagüe, que,
al mando de tropas legionarias, afianzó la sublevación fascista en Sevilla y se
dirigió, vía Extremadura, (cuyas dos provincias quedaron convertidas en
gigantescos cementerios) hacia Madrid. Entrevistado por el periodista
estadounidense, John T. Whitaker, sobre la masacre que iba dejando a su
paso tuvo una respuesta harto expresiva sobre los prisioneros: “Claro que
los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar 4.000 rojos conmigo
mientras mi columna avanzaba contrareloj? ¿Suponía
que iba a dejarles sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una
Badajoz roja?”. Esta era la ética militar de este personaje laureado por el
golpista Franco.
También, la
providencia del juez Garzón pide la “colaboración” de la Conferencia
Episcopal Española solicitando el acceso a los libros de difuntos en las
casi 23.000 parroquias españolas y, en primer lugar, la apertura del registro
de muertos republicanos en el Valle de los Caídos donde, según su
abad, están registrados 34.000 muertos.
Otro olvido de Garzón
para elaborar este doloroso censo ha sido, en mi opinión, no hurgar en los
archivos tanto de la Dirección General de
Ante esta decisión de
Baltasar Garzón se han levantado muchas voces críticas. Y nos dicen los
“críticos” que esta medida no ayuda a “cerrar las heridas” de la Guerra
Civil y la dictadura asesina. Como si esos “críticos”, herederos políticos del
genocida, no supieran que las heridas no se cierran con una capa de olvido. Para
cerrar heridas primero hay que desinfectarlas y sajar hasta donde sea
necesario; sacar a la luz pública la pus de la
historia de este país que se encuentra enterrada de la manera más abyecta y
vil.
Una vez se haya sajado
hasta la profundidad necesaria, una vez se hayan destapado todas las fosas
comunes, una vez salgan los muertos con la dignidad y el reconocimiento
merecido, una vez se hayan señalado responsabilidades y responsables del
genocidio… podremos hablar de “cerrar heridas”.
Es tremendamente obsceno
e indecente que se quieran “cerrar heridas” taponándolas con la desmemoria, con
toneladas de tierra que cubren tantas miradas de espanto, tantos gritos de
dolor y tantos gestos de impotencia apagados, sofocados por el impacto seco de
unos fusiles asesinos.
Quienes piden “cerrar
heridas” están pidiendo cerrar la historia, su propia historia cómplice en la
masacre de la Guerra Civil y el horror de la dictadura. Y lo peor de todo es
que están amparados por una Iglesia con tanta vigencia y poder como aquella que
bendecía los fusilamientos en las tapias de los cementerios. Eso les da
fortaleza para justificar sus crímenes pero les niega la paz de sus propias
conciencias, si es que alguna vez la tuvieron.
En estos días de
atrás, una de esas voces “críticas” con la medida del juez Garzón ha
sido la del superviviente “tiranosaurio” de nuestra historia más negra y
reciente. La voz de un mequetrefe camaleón que ha visto como su colaboración
con un régimen tiránico era lavada por la pusilanimidad política del postfranquismo.
Hablamos de Fraga.
El “ilustre” mayordomo del fascismo español, el que compartió Consejo de
Ministros con Carrero Blanco (felizmente elevado al cielo como mártir de
su propia cruzada), con Muñoz Grandes (otro militar africanista), con Camilo
Alonso Vega, etc. Este “Rasputín”, experto en
confeccionar “dossiers de la muerte” como el de Julián
Grimau (miembro del PCE ejecutado gracias al
“historial” que le preparó Fraga) o los de los anarquistas Francisco
Granados y Joaquín Delgado, también asesinados.
Este Fraga, “demócrata
de toda la vida” y Ministro de
Este personaje
siniestro, Fraga, critica al juez Garzón por su decisión de elaborar un censo
de los fusilados y desaparecidos. Aduce que “del otro lado hubo muchas más
barrabasadas, como es obvio…”. Y nos está llamando imbéciles, está
insultando la memoria colectiva de un pueblo que aún clama por sus
desaparecidos. Y habla con la chulería propia del falangista que se sabe
protegido por la tela de araña que su mentor, Franco, tejió para que los
crímenes quedaran en la más absoluta impunidad.
¿De que va este trilero de la política cuando nos habla de “barrabasadas”?
La primera y única barrabasada que se cometió en este país fue el propio golpe
de estado contra un gobierno legítimo y democrático, la II República.
Una barrabasada que costó un millón de muertos en una Guerra Civil que durante
tres años desangró al pueblo español y al que siguió una largo noche de 40 años
de dictadura en la que este falangista tuvo un destacado papel. Un papel que se
tradujo en muertes, represión, torturas, cárcel y exilio.
La providencia del
juez Baltasar Garzón está perfecta para devolver a las víctimas su dignidad y
reconocimiento y a sus familiares la tranquilidad y sosiego de reencontrarse
con ellos aunque sólo sea a través de una lápida, de una tumba familiar.
Garzón ya ha
intervenido en casos de genocidio similares al español (Argentina, Chile,
Guatemala, etc.) con la diferencia de que en estos casos la exigencia judicial
también ha buscado responsables (con nombre y apellido) de los asesinos. ¿Por
qué esta “ley de punto final” en España?
Ni olvido ni perdón.
Justicia.
13-09-08