¿Canarias, moneda de cambio entre España y Marruecos?

 

Juan Manuel García Ramos

 

¿Seremos los canarios algún día moneda de cambio entre España y Marruecos?

 

Será Canarias sólo una conversación entre un periodista peninsular y un jefe de Estado? Nos cuenta Martín Prieto, en un artículo publicado en el diario El Mundo el pasado lunes, que en su día Felipe González le comentó que no empezaba a negociar con Marruecos la situación de Ceuta y Melilla porque acababa negociando las Canarias. Valioso testimonio.


Según el mismo diario madrileño, Ceuta es española desde su retrocesión por Portugal en el Tratado de Lisboa de 1668, y Melilla desde que fue ocupada por tropas de los Reyes Católicos. Marruecos se constituyó como Estado independiente en 1956.


La historia es la historia aunque la política muchas veces quiera quebrantarla a su antojo. La geografía es otra cosa.

Ha sido una semana algo dislocada para las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos y no llegamos a averiguar a quién se le ocurrió que los Reyes españoles visitaran en estas fechas los viejos emplazamientos en el Magreb.

¿Fue La Zarzuela la que quiso neutralizar sus horas bajas monárquicas?


¿Es una casualidad que el mismo día que don Juan Carlos y doña Sofía aterrizaban en Ceuta, Rodríguez Zapatero, en la sesión de control del Senado, proclamara que "muchos de los objetivos y de las grandes aspiraciones" de la II República, de la que este año se cumple el setenta y cinco aniversario de su proclamación, están en "plena vigencia" gracias a las políticas impulsadas por su Ejecutivo, y definiera a Azaña como una figura "reconocida por todo el espectro político e ideológico"? Sorprende asimismo que al ministro de Asuntos Exteriores lo cogiera todo este asunto de puente en Essaouira, la bella ciudad del Marruecos Atlántico, Patrimonio de la Humanidad. En el país presuntamente ofendido.


Lo cierto es que Mohamed VI, el Parlamento y el Gobierno marroquíes se han enfurecido y han lanzado diatribas contra España para todos los gustos y posibles disgustos.


Para ellos, la geografía está primero que la historia y sus ansias anexionistas y beligerantes constituyen una apreciada estrategia para silenciar los consabidos conflictos internos, entre los que se encuentra el emergente fundamentalismo islámico, cosa que todos tenemos que lamentar.


Digo que la semana ha sido pródiga en dislocaciones porque si fuera poco lo sucedido diplomáticamente entre España y Marruecos, el sábado pasado se anticipó el número dos de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, incitando a los musulmanes del Magreb a reactivar la guerra santa contra los intereses de Estados Unidos, Francia y España en los países del Africa norte.


Para el siniestro al-Zawahiri, Argelia, Libia, Túnez y Marruecos son aliados naturales de Occidente y deben convertirse en blanco de acciones terroristas.


En esa misma comparecencia, Al Qaeda reivindicó también la devolución de Ceuta y Melilla a Marruecos como un gesto de complicidad con los musulmanes radicales de la zona.


Por su parte, para enrevesarlo todo más, el juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, ha ordenado estos días atrás la apertura de diligencias previas por los delitos de genocidio y torturas contra ciudadanos saharauis cometidos presuntamente por altos cargos de la seguridad marroquí en los años setenta y ochenta. Garzón admite así a trámite la querella interpuesta en septiembre de 2006 por asociaciones de defensa de los Derechos Humanos y familiares de presos y de desaparecidos en el Sahara Occidental.


Hay un proverbio africano que nos dice que el río se llena con arroyos pequeños, y las últimas jornadas políticas han hecho gravitar sobre Marruecos excesivas presiones. Quizá excesivas presiones para un régimen no demasiado equilibrado, aunque los apoyos franceses y estadounidenses que recibe lo salvan por el momento.


De todo lo sucedido, me quedo con esa conversación entre el periodista Martín Prieto y el en su día presidente Felipe González.


De más está decir que las autoridades españolas que han visitado Marruecos desde hace muchos años han tenido conocimiento de los mapas oficiales de ese país vecino donde tanto Ceuta, Melilla y las demás posesiones españolas en el Mediterráneo magrebí, como las Islas Canarias, estaban incorporadas a la vieja idea de Hassan II del Gran Magreb, proyecto ya iniciado en 1975 con la anexión del Sahara Occidental.


Después de la visita de la Corona española a Ceuta y Melilla, lo que Mohamed VI ha considerado una ofensa, el monarca alauí ha declarado que ese viaje tendrá consecuencias para los intereses españoles, y entre esas consecuencias ya ha anunciado que anulará toda vigilancia para evitar la salida de pateras de sus costas hacia Canarias, lo que ya hemos comprobado estos días.


Todas estas bravuconadas resultan sorprendentes si tenemos en cuenta que Marruecos es el primer país africano beneficiado por la ayuda al desarrollo pagada por España y que, frente a las Canarias, se están llevando a cabo inversiones multimillonarias en infraestructuras de todo tipo por esa vía de apoyo bilateral. Todo un contrasentido.


La complicidad del Gobierno de Zapatero con Marruecos en el contencioso internacional del Sahara Occidental de nada le ha valido. Cornudos y apaleados una vez más.


¿Seremos los canarios algún día moneda de cambio entre España y Marruecos?


Más nos vale estar preparados para una situación de esa naturaleza aunque ahora nos parezca más que improbable.

Las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos han sido siempre muy locas, imprevisibles. Marruecos no está con miramientos.


Marruecos lleva más de treinta y dos años sin responder ante la comunidad internacional por su ocupación ilegal del Sahara. Desde que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, en dictamen de 16 de octubre de 1975, dejó claro que no había ningún tipo de soberanía marroquí ni mauritana sobre el Sahara español descolonizado tras la Marcha Verde de 20 de octubre de ese mismo año de 1975.


Dictámenes del Tribunal de La Haya e innumerables resoluciones de Naciones Unidas han sido sistemáticamente desoídos por las autoridades marroquíes.


No son fáciles las relaciones con un país como Marruecos. Ni por parte marroquí ni por parte española se ha dado en los últimos treinta años el necesario entendimiento diplomático y eso es algo que a los canarios nos debe preocupar especialmente.


En el entretanto, los canarios hemos perdido nuestros derechos históricos sobre el banco pesquero canario-sahariano, lo que nos ha obligado a amarrar nuestra flota; han desaparecido nuestras relaciones comerciales con el Sahara, nuestra vieja zona de influencia en el continente; no terminamos de establecer la mediana oceánica con Marruecos para saber a qué atenernos en lo que se refiere a la explotación de nuestros suelos marinos, y sufrimos una inmigración irregular proveniente de las costas marroquíes que hasta hoy ha tenido en buena parte el visto bueno sordo de sus autoridades.