CANARY ISLANDS IN THE YEAR 2030 (V)

(Canarias en el año 2030)

 

José I. Díaz

 

Serían las 8:30 de la mañana, cuando me despedí de John Cabronetti, tomando con mi nieto Min-Soon el taxi o Yellow Cab, como lo llaman ahora en Canarias, conducido por una despampanante morena, cuyos picudos pechos tocaban el volante. Me preguntó en un inglés tejano; Good Morning Sir, ¿where you like to go? (Buenos días señor, donde desea ir), si no hubiera estado presente mi nieto Min-Soon, a pesar de mis 92 años de edad, aun se me empinaba con las docenas de afrodisíacos chinos que solía consumir, para conservarme sano y fuerte, con gusto le hubiera respondido satíricamente; ¡Deseo que me lleve Vd. a un buen motel con cama de agua, para que pasemos un buen rato juntos mamita! Pues como dice el dicho; “A gatos viejos le gustan los ratones tiernos”, es decir, que a los viejos verdes nos gustan las mujeres jóvenes. Respondí entonces en inglés, please take us to the Al Capone Rodeos Airport. Yes Sir. Fue un viaje muy corto de unos 20 minutos por la autopista canamerican, cobrándome 75 dólares por el trayecto al aeropuerto.

 

Nada mas pisar en hall de Al Capones Rodeos Airport me dirigí a la ventanilla de las aerolíneas Air Mauritanie, la cual, según el propietario del San Remo Hotel, era la compañía más económica para viajar entre islas, y era cierto, ya que me cobraron 500 dólares por los dos pasajes, mientras que en otras aerolíneas nos costaban 750 dólares, con impuestos incluidos. La azafata me dijo que me apresurara a pasar por los controles, ya que se demoraban como mínimo 30 minutos, pues chequeaban hasta el trasero de los viajeros, no por si llevaban  drogas, sino bombas o material explosivo, ya que los grupos pro islámicos de Al Khaida se encontraban infiltrados y actuando cuando menos se lo esperaban los yanquis en las islas. Me quitaron hasta un cortauñas que portaba en la bolsa de aseo.

 

En viaje en Air Mauritanie fue muy confortable, aunque de vez en cuando el avión daba que algún que otro tumbo, por los sirocos saharianos. Nos sirvieron durante el trayecto un té verde con hierbabuena  y una torta redonda rellena de miel y gofio. Parece ser que se ha puesto de moda en Mauritania y Marruecos, el milenario gofio canario, usándolo muy a menudo en pastelería, dado sus ricos nutrientes naturales, que en nada tienen que envidiar a la propia carne. La azafata que se llamaba Zaida, no dejaba de mirar a mi nieto Min-Soon, se había prendado de su bella fisonomía varonil asiática-canaria, y por último, antes de bajarnos del avión, se atrevió a preguntarle por su dirección digital. Por lo que me di muy buena cuenta que las mujeres islámicas, que antes iban cubiertas con el velo, se han modernizados demasiados rápido, y son ellas ahora quienes tienen la voz cantante para piropear o dirigirse directamente a los hombres. Lo del velo, hasta cierto punto, era una manera de pasar desapercibida, sin que nadie las conocieran en la calle, ni su propio esposo, por lo que era bastante usual el ponerles los cuernos a sus esposos con el rollo del velo, metiéndose en el coche o la casa de su amigo, sin que nadie la reconociera. Me acuerdo de una anécdota durante mi residencia en Tánger, en que una señora esposada iba detrás de su marido con la cabeza gacha, y solo se fijaba en el color de los pantalones de su esposo, que eran azules, hasta que se adentraron en el Zoco de la ciudad, con un gran bullicio de gente que compra y vende. Ya pasado un buen rato, el marido miró para detrás, pensando que su esposa lo seguía, encontrándose con la sorpresa de que no le seguía, ya que su esposa con tanta gente en el Zoco, sin darse cuenta había seguido a otra persona que portaba los mismos pantalones azules que su marido.

 

Pues bien, llegamos al conocido Elisabeth Hilton Hotel, en cual se encontraba en reforma, y el recepcionista me ofreció la habitación 310 con una buena vista al atlántico, ya que el hotél se encontraba situado en la famosísima Cantera Beach, es decir, en el corazón marinero de la ciudad, aunque la zona se había convertido en un lugar de diversión, encontrándose rodeada de bares de alternes, whiskerias, restaurantes, todos ellos regentados por clanes rusos eslavos, al igual que la prostitución, sobresaliendo las jóvenes bellezas rusas de cabellos dorados y ojos azules con unos cuerpos despampanantes, que incitaban demoníacamente a los transeúntes, invitándolos a que pasasen a beber en sus negocios, y saunas con yakuzzi, y masaje manual que incluían todos los servicios extras, su precio nunca sobrepasaba los 200 dólares estipulado por la ley. El botones que nos llevó las maletas hasta nuestra habitación, rondaría los 50 y picos de años, se quiso hacer el gracioso, y me paso una tarjeta de una casa de citas en la Farray Square, diciéndome que todas eran jovencitas de todos los colores, y que no sobrepasaban los 18 abriles de edad. Y si le entregaba su tarjeta a la madame, me haría, como obsequio de la casa, un buen masaje tailandés. Antes de cerrar la puerta de nuestra habitación, y darnos las buenas tardes, el insolente me puso la mano abierta a la altura de mi barbilla, para que le diese una propina, saqué mi billetera del bolsillo del pantalón, le puse diez dólares en su mugrienta mano, ya que las tenía morenas, no por tomar el sol playero, sino por no lavárselas diariamente.

 

Hoy no tenía ganas de salir del hotél y dar un paseo como tenía por costumbre, ya que me encontraba un poco cansado por el trajín y nerviosismo del viaje, aunque mi nieto Min-Soon salió a pegarse un baño a la playa. Yo me quedé viendo la televisión local, donde actuaba en Trío “Sweet Water” (Agua Dulce), una versión gringa del Trío Los Panchos, pero en el plano humorístico. Mi nieto, no tardó ni media hora en regresar de la playa, para decirme que el agua estaba llena de aguavivas y que no se podía andar por la arena de la playa, ya que por donde menos te lo esperabas, te encontraba una jeringuilla, que la solían utilizar, y luego tirar en la arena los drogatas, cuando se  pinchaban sin caérsele la cara de vergüenza, delante de adultos y criaturas, siendo una cosa normal en todas las playas del litoral canario, frecuentadas en su mayor parte por adictos a las drogas, dado que el turismo hacía cerca de dos décadas que dejó de llegar a Canarias, por la salvaje masificación de la construcción, los destrozos medioambientales, y los altos precios de los carburantes a escala mundial. Se puso de moda, para los europeos, viajar a los países del Norte de África o Magreb, a tan solo 13 kilómetros de distancia desde el Estrecho de Gibraltar. Países que ofrecían precios asequibles a todos los bolsillos, hoteles de alto estándar, y bellísimas playas de arena cristalina, a lo largo y ancho de los océanos Atlántico y Mediterráneo, por lo que las Canarias se habían quedado obsoletas y fuera del circuito turístico europeo.

 

Sobre las once de la noche, apagamos el televisor, nos deseamos buenas noches y apagamos las luces de la habitación, ya que mañana domingo, tal vez tendríamos un día un poco ajetreado con la visita que me hacía el historiador Anthony Machin de Telde City.