Hugo Chávez: ¿por qué es el "malo de
la película"?
Marcelo Colussi
Venezuela está hoy en el ojo del huracán
mediático. ¡Y no es para menos! Sucede que allí está dándose un complejo
proceso que puede abrir perspectivas insospechadas para el campo popular, no
sólo de esa nación sino de Latinoamérica y, ¿por qué no?, del mundo. Ahí, en
medio de un mar de petróleo, gracias a la iniciativa de un líder carismático
como pocos, todo un pueblo se ha puesto de pie reflotando viejos sueños que
estas pasadas décadas de neoliberalismo feroz parecían haber condenado a la
desaparición. Allí, pese a esa historia de país petrolero y de miss Universos
donde por décadas todo se arregló gracias a la renta del oro negro maquillando
la pobreza estructural del país, yendo más allá de esos estrechos marcos ("petróleo
y mujeres bonitas") se ha vuelto a hablar de socialismo, de
antiimperialismo, de revolución. Y es la figura de ese líder: Hugo Chávez, el
principal artífice de todo ello.
Por años, luego de las dictaduras que barrieron
Latinoamérica creando un clima de terror que aún hoy persiste, y después de
planes ultraliberales impuestos por las potencias del Norte en donde el mercado
se entronizó como nueva deidad intocable privatizándose todos los aspectos de
la vida social, la sola mención de palabras como esas: "socialismo" o
"antiimperialismo", pasaron a ser afrentas al pensamiento dominante.
Se llegó a decir que "la historia había terminado", presentándose la
globalización capitalista como el punto máximo del desarrollo humano. En ese
nuevo escenario mundial que se configuró luego de la caída del campo socialista
europeo de la década de los 90 del pasado siglo, fuera de Cuba y su revolución
manteniendo una voz de alternativa –a quienes se presentaba como los dinosaurios
sobrevivientes de una época ida ya para siempre–, el discurso hegemónico fue
marcado por el gran capital. Por dos décadas el pesimismo envolvió a los
movimientos revolucionarios haciendo creer que, como dijera la tristemente
célebre Margaret Tatcher, "no hay alternativa". Y así, el campo
popular retrocedió en forma monumental. Lo conquistado con esfuerzo en un siglo
de luchas (derechos laborales, avances sociales, mejoras en las condiciones de
vida de las grandes mayorías), se perdió en un santiamén mientras los restos
del muro de Berlín se vendían en trocitos como regalos para turistas.
En ese contexto de desmovilización, de
resignación, en Venezuela aparece un militar nacionalista con un llamado
patriótico y contra la corrupción: Hugo Chávez. Su proyecto inicial no era
socialista. Así fue que no dudó en tomar las armas para derribar a un gobierno
elegido democráticamente, pero corrupto, en nombre de esos ideales
moralizantes. Derrotado en su intento "moralizador" en 1992, no
desistió en su proyecto. Volvió a la carga, y en el marco de elecciones
democráticas, ganó la presidencia en 1998. Se inicia así un nuevo período para
el país caribeño y, andando los años, ello se va constituyendo en una fuente de
esperanza para el campo popular, ya no sólo en Venezuela sino en toda la región
latinoamericana. Se había iniciado
Todo ese complejo acontecer que se viene
dando en el país no es, en sentido estricto, una revolución socialista. No lo
es, si lo evaluamos desde los modelos de socialismo que se conocieron en el
transcurso del siglo XX. ¿Qué es, entonces, esta revolución? No es fácil
decirlo. Pero lo que está claro es que ni es una "tiranía" ni Hugo
Chávez es un "dictadorzuelo loco" que tiene sojuzgado a su pueblo,
tal como lo presenta a diario la industria mediática internacional.
¿Qué está pasando entonces en Venezuela? Así
de sencillo: una figura fuera de lo común como Hugo Chávez ha ayudado a
encender nuevamente esperanzas adormecidas años atrás.
Para entender ese proceso, hay que entender
qué es Venezuela. Hay que partir por decir que este país es uno de los grandes
productores petroleros, aportando el 15% del crudo que consume Estados Unidos
en la actualidad. Y que, además, tiene las reservas probadas más grandes del
mundo –en la franja del río Orinoco–, que podrían explotarse hasta fines del
presente siglo. Esa enorme riqueza para un mundo donde el petróleo es uno de
sus bienes fundamentales, ha signado su historia reciente como sociedad.
Esa es
La llegada de Chávez al Ejecutivo comenzó a
producir movimientos. No fue la revolución cubana de la década del 60, sin
dudas. El contexto internacional era otro muy distinto, y el socialismo había
pasado a ser "mala palabra" para ese entonces, en el medio de la ola
neoliberal que barría el mundo. El mismo Chávez, de hecho, no se presentó como
socialista. Pero la fuerza de los acontecimientos fue radicalizando la
situación, a pesar del propio Chávez incluso. El pueblo venezolano venía de una
de las más grandes e históricas movilizaciones de todo el continente contra los
planes neoliberales: el Caracazo. Esa explosión de protesta popular en 1989 –brutalmente
reprimida, con un número de muertos que nunca se precisó pero que llega a
varios miles, más de 5.000 según algunas estimaciones– abrió los ojos a una
población históricamente abandonada, cuyo silencio se compraba con las limosnas
que dejaba el petróleo. Luego de esa movilización, el descontento quedó
flotando. La llegada de Chávez al palacio de Miraflores no hizo sino darle
nombre a ese malestar y buscarle salidas.
Para decirlo resumidamente: esta es, ante
todo, una revolución chavista. Pero
ahí estriba también, justamente, una de las grandes debilidades del proceso:
todo se concentra en la figura del líder. ¿Qué pasaría con esta revolución si
ahora desapareciera Chávez? Probablemente, no se mantendría. Y ese es un límite
peligroso para un proceso que se pretende transformador de la realidad social.
Es difícil, cuando no imposible, lograr que los cambios en juego puedan
asegurarse y profundizarse cuando dependen sólo de la habilidad política del
conductor. En casi una década de desarrollo,