Ciudadanía y movimiento

 

 

Justo Fernández Rodríguez

 

Los dirigentes más reaccionarios del Partido Popular; los de las comunidades autónomas que gobiernan, solos o en coalición, Castilla y León, Valencia, Madrid, Murcia, La Rioja y Canarias, y los sectores más retrógrados de la Iglesia y de la Justicia, continúan intentando suplantar la voluntad popular, conformada en el Congreso de los Diputados y el Senado, impidiendo la aplicación normal de la Educación para la Ciudadanía, una asignatura similar a la que, actualmente, más de treinta países europeos han iniciado en los niveles de Enseñanza Secundaria. El punto de partida de esta asignatura se remonta al año 1997, en Estrasburgo, cuando Esperanza Aguirre era ministra de Educación.

Tengo que decir, contra la fácil crítica sobre mi aversión natural al Partido Popular y su acción política, económica y social que, cuando el PP ha planteado cuestiones que me han parecido positivas para los ciudadanos, no solo las he aceptado, sino que he tomado parte activa en su defensa; y puedo demostrarlo. Esperanza Aguirre, cuando era ministra de Educación y Cultura, en 1997, planteó una reforma para mejorar la enseñanza de Humanidades, que tuvo una fuerte contestación política, mediática y religiosa. En el programa La Mañana, de la COPE, con todas mis fuerzas, un día tras otro, asumí la defensa del proyecto, contra la opinión de muchos de mis compañeros de tertulia, pese a su cercanía ideológica con el PP.

El 31 de octubre de 1997, la entonces ministra y hoy presidenta de la Comunidad de Madrid me dirigió una carta, de la que extraigo un párrafo: "Te agradezco tus comentarios sobre el proyecto de Mejora de la Enseñanza de Humanidades en el que tengo el máximo interés. Creo que las explicaciones y opiniones que puedes dar en la radio enriquecen el proyecto y son de gran utilidad a la opinión pública". El 17 de diciembre me envió otra carta: "Quiero agradecerte muy sinceramente tus palabras de apoyo para mejorar la enseñanza de Humanidades. Por venir de una persona que, como tú, tiene posturas políticas distintas a la mía, tu apoyo tiene para mí un valor especial".

Lo que pretendo resaltar aquí es la hipocresía de la Jerarquía eclesiástica y el cinismo de los sectores más extremistas del Partido Popular, nostálgicos del franquismo, recordándoles lo que tuvimos que padecer muchos españoles cuando la educación se impartía con una indisimulada y enorme carga política fascistoide.

En los primeros años del franquismo, apoyada en la represión y el miedo, la Iglesia endureció sus criterios sobre la moralidad, imponiéndolos en púlpitos y confesionarios. Conservo algunos pronunciamientos públicos de relevantes personalidades de la jerarquía católica que evidencian hasta los extremos cómo se atemorizaba a los creyentes con los "peligros" del baile, el cine, la playa o la moda.

"El baile es gavilla de demonios, estrago de la inocencia, solemnidad del infierno, tiniebla de varones, infamia de doncellas, alegría del diablo y tristeza de los ángeles". Pastoral del cardenal Segura, arzobispo de Sevilla.

"El cine es la calamidad más grande que ha caído sobre el mundo, desde Adán acá. Más calamidad que el diluvio universal, que la guerra europea, que la guerra mundial y que la bomba atómica". Padre Ayala, S. J.

"Es muy verosímil que el espectáculo más inmoral, legalizado en la sociedad moderna, sea el que ofrece la playa... No hay, pues, en la conducta social de la mujer una acción más grave, más excitante al pecado feo, que la que realiza tranquilamente en sus baños públicos en la playa". Padre Quintín Sariego.

"Más que la literatura de albañal, más que ciertos espectáculos públicos, más que el arte obsceno, dañan las modas indecorosas. La carne viva y palpitante que, mal cubierta, exhibís por las calles, es más elocuente que los libros depravados, porque habla un lenguaje entendido por todo el mundo". Cardenal Goma, arzobispo de Toledo.

El catecismo se convirtió en una asignatura obligatoria en la Enseñanza Primaria, cuyas oraciones había que memorizar y leer al entrar en clase, y donde la represión y la violencia, incluso física, se aceptaba como fórmula para lograr determinados niveles de aprendizaje.

El Gobierno español, con el apoyo democrático de los ciudadanos, tiene que mantener relaciones con la Iglesia, pero esas relaciones no pueden basarse en la aceptación estricta de sus reglas morales, y mucho menos oficializar sus creencias religiosas. Ha de gobernar para todos los españoles y, entre éstos, existen numerosos colectivos que no admiten que los principios morales de una determinada creencia religiosa deban imponerse a la libertad de los que no aceptan, parcial o totalmente, ese tutelaje moral.

Legislar, en España, corresponde al Congreso de los Diputados, donde los representantes del pueblo, elegidos democráticamente por los ciudadanos, deciden el tratamiento legal que hay que dar a los nuevos desafíos de una sociedad que avanza, aunque algunas veces podamos dudar si lo hace en la dirección adecuada. Benedicto XVI, en su reciente visita a Francia, no solo aseguraba que la "laicidad del Estado" no es incompatible con la fe, sino que pidió "separar política y religión".

 

Espíritu nacional.

Durante seis años, mientras estudiaba el denominado Bachiller, desde el primer curso, tuve que padecer que la clase de Religión la impartiera el Párroco de mi pueblo y, por si fuera poco, el titular de la clase de Formación del Espíritu Nacional era el mismísimo jefe de Falange de Los Llanos de Aridane. Tuve que aprender, de memoria, el Cara al Sol y Prietas las filas. Mis conatos de rebeldía venían cuando tenía que contestar temas, entre otros, de semejante enjundia ideológica como los "Puntos de la Falange", el "Día del Dolor", el "Día de la Hispanidad" o el "Día del Caudillo". Y tuvieron consecuencias.

El 9 de febrero de cada año, cuando se celebraba el "Día del Estudiante Caído", Matías Montero, un joven falangista, estudiante de Medicina, asesinado cuando regresaba a su casa en 1934, después de haber repartido por la Gran Vía el periódico de la Falange, nos obligaba a desplazarnos hasta la Plaza de España y situarnos ante la puerta de la Parroquia de los Remedios, junto a la que figuraba el lema "Caídos por Dios, la Patria, el Movimiento Nacional y Franco", obligándome a que repitiera las palabras de José Antonio. Y así lo tuve que hacer durante seis años: "¡Camarada Matías Montero!". El resto de los alumnos contestaba: "¡Presente!". Yo continuaba: "Que Dios te dé tu eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que sepamos ganar para España la semilla que siembra tu muerte".

La verdad es que no almaceno ninguna reticencia por lo ocurrido en aquellos lejanos tiempos de dictadura franquista, ni la represión de que fuimos objeto, política, económica, cultural, sindical y social, durante cuarenta años. Lo que no puedo perdonar es que, pese a mis esfuerzos, después de más de cincuenta años, no haya logrado olvidar las letras del Cara al Sol, Prietas las filas o la oración del estudiante caído.