Hacia una codecisión

 

Juan Jesús Ayala

Situar el término codecisión en los entresijos del debate es sinónimo de altas miras políticas, ya que lo que se pretende significar con él es no permanecer enrocado en una sola disponibilidad ni de criterios ni de toma de decisiones. O, mejor aún, es compartir responsabilidades ya asumidas y que están en la conciencia colectiva de los interlocutores.

Con el posicionamiento del término, una vez que se asume se marca el lindero de pasadas y aun de algunas actuales componendas políticas. Cuando se avanza en la búsqueda de situar las cuestiones a dos bandas, cuando no es uno el que dicta y otro el que copia sino que ante una situación nueva o difícil lo que se pone en la mesa de la discusión es compartir, es decidir entre ambos, el camino que se pretende transitar será mas dignificante y positivo.

Las transiciones políticas, y más concretamente la aceptada y recorrida tras la Constitución española de 1978, no se han quedado enquistadas. Unos, no cabe duda, así lo desean y hacen esfuerzos para que esto continúe así, sin modificación alguna, pero otros hay que miran hacia el futuro de sus pueblos con más realismo y persiguen estimular la maquinaria democrática para que una deseada "segunda transición" no se haga esperar.

Y esa segunda transición deberá hacerse dentro de una estricta visión política de cómo está desarrollándose la vida de nuestro entorno y pulsar qué políticas de carácter ombliguistas están en el camino de la inoperatividad y qué nuevo rumbo debe ser considerado.

No obstante, las reticencias guardarán su celo en cualquier esquina y aquellos que pretenden tener las cuestiones controladas dentro de sus decisiones y espacio no estarán por esta labor. Pero los hechos son muchas veces más tozudos que las exigencias y componendas personales y las razones históricas de los pueblos son aun más determinantes.

De ahí que las respuestas ante muchas preguntas que permanecen en el aire vendrán, estoy seguro, por el nuevo camino de la codecisión.

Codecidir es un verbo que está tomando presencia activa porque las exigencias de los territorios así lo ponen de manifiesto. Y con ello se logrará un mejor y más amplio espacio donde se instaure la verdadera esencia de la democracia; en la que los implicados decidan y adopten posicionamientos y acuerdos que redunden en beneficio de unos y de otros. De eso debe tratarse y de nada más.

El discurso ramplonero es continuar empecinados en que la historia es inamovible y considerar que los acontecimientos deben ser dirigidos ahora y siempre desde un solo y único puente de mando. Y no.