El dinero usurpado a los canarios

Nos parece acertada la decisión del Gobierno de España de suprimir el Impuesto de Patrimonio a partir de este año. Es absurdo e injusto pagar por los bienes que tiene cada persona, pues eso significa castigar el ahorro. De todas formas, conviene recordar que fue Fraga quien propuso suprimir dicho tributo hace muchos años. Entonces, desde la izquierda se le dijo que pretendía favorecer a las clases acomodadas. Nos sorprende, aunque -insistimos- también nos alegra que sea ahora un Gabinete socialista el que adopte tal medida.

Durante mucho tiempo las arcas del Estado se han lucrado con el impuesto sobre la riqueza de las familias, incluidas las familias canarias. Si esta tierra hubiese sido un país soberano, dicha riqueza se hubiese quedado en las Islas. Desde siempre, el oro, el cacao y el café de las colonias han ido a la Metrópoli. España pagaba sus guerras en Europa con el sudor de sus esclavos en América, así como con el oro y la plata que extraía de las minas del Nuevo Continente. En el caso de Canarias, desde los tiempos de la conquista a los españoles los ha guiado la rapiña. Primero invadieron estas Islas aprovechando sus armas para la guerra, más desarrolladas que las de un pueblo pacífico. Personas de bien que poco pudieron hacer contra el invasor, salvo luchar heroicamente hasta sucumbir. Los conquistadores, lo han demostrado recientes estudios genéticos, diezmaron a la población masculina y violaron a las mujeres. De estos trágicos acontecimientos surgió un mestizaje hispano-guanche que perdura hasta hoy.

Es esa parte de sangre aborigen que todavía corre por nuestras venas la que nos obliga a no traicionar la memoria de nuestros ancestros, de quienes somos herederos. Al mismo tiempo, el legado español nos aconseja respetar a España; conservamos su lengua, su cultura -adaptada a nuestra idiosincrasia con el transcurso de los siglos-, los lazos comerciales -aunque en el pasado los tuvimos más intensos con otras naciones europeas- y el respeto por una nación que ha jugado un papel importante en la historia universal. Pero eso no nos impide aspirar a la soberanía; a ser nosotros mismos un país con nuestra propia historia. Una tierra que no sea colonia de otra que actualmente es su metrópoli, sino una nación libre y soberana, con asiento en los foros internacionales y personalidad propia en el mundo.

Esto es lo que queremos para Canarias. Ahora bien, esas relaciones necesariamente amistosas con España no nos pueden cegar la vista y nublar el entendimiento hasta el punto de que olvidemos lo que ocurrió con los guanches. A tenor de los sufrimientos que padeció este pueblo, no entendemos que todavía quede alguien tan cínico para hablar de españolidad en Canarias. ¡Inconcebible!

Comentario de El Día, 16-06-2008