Una Constitución distante y ajena

En estos días observamos la crítica pertinaz de determinados medios de comunicación a las ideas de separatismo, independentismo y soberanía de la nación canaria. Conceptos que siempre han formado parte de los sentimientos más profundos de los isleños de bien, pero que hasta ahora muy poco, y muy pocas veces, se habían expresado con la claridad exenta de temores con que lo estamos haciendo nosotros. […]

Estos son los individuos con quienes se alían esos medios de comunicación; esos pasquines -algunos sin más difusión que una mera hoja parroquial- reacios, por orden de quienes los sustentan, a que el pueblo canario exprese sus aspiraciones de soberanía; a que seamos los canarios, y no otros, quienes decidamos nuestro presente y nuestro futuro sin las ataduras que nos han impedido decidir nuestro pasado. Llegados a este punto, nos preguntamos si tiene sentido acusar de separatistas a quienes defienden estas ideas. ¿Es separatismo la legítima e inaplazable aspiración a recuperar una situación anterior? Una situación, debemos recordarlo, que le permitía vivir en libertad a un pueblo sometido por conquistadores y mercenarios llegados de tierras muy distantes. Un pueblo que poseía sus propias estructuras sociales, algunos de cuyos miembros, además de perder en unos casos la vida y en otros sus tierras, fueron exhibidos en las cortes europeas como raros especímenes o, simplemente, vendidos como esclavos. ¿Es separatismo, insistimos, el deseo de reparar semejante injusticia?

También carece de sentido, a nuestro entender, criticar a los que hablan, por fortuna ya abiertamente, de la independencia de estas islas. Las islas -lo han dicho numerosos autores- son de los continentes. Por lo tanto, la dependencia natural de Canarias no es España, de cuyas costas nos separan nada menos que 1.500 kilómetros de distancia. No obstante, este argumento resulta superfluo a pesar de la fuerza que encierra en sí mismo, porque existe otro aún con más peso: estas islas ya eran independientes antes de la colonización española. De nuevo, nos encontramos con el hecho innegable de que no aspiramos a establecer un hasta ahora inexistente marco legal en el derecho internacional, sino a recuperar un estatus que existía hace más de medio milenio. No reclamamos la independencia, sino la restauración de una propiedad que siempre nos ha pertenecido. Aspiramos, y lo decimos sin titubear, a que Canarias sea un país libre y soberano. A que sean los canarios quienes hagan oír su voz sin necesidad de recurrir a intermediarios, como ocurre ahora, en los foros internacionales.

Nos hemos convertido, debido a trampas políticas, en una comunidad más del Estado español. Una de esas trampas es la propia Constitución. Un texto legal construido a mucha distancia de Canarias, y luego impuesto por la fuerza al pueblo de este Archipiélago. "Los canarios también votaron a favor de la Constitución de 1978", argumentarán nuestros detractores. ¿Y qué opción tenían?, preguntamos nosotros. ¿Podían rebelarse los isleños en aquellos todavía inciertos años de la transición democrática? Tres décadas después la pregunta es otra: ¿por qué debemos los canarios, que somos canarios y no españoles, acatar la Constitución española?

Son estos planteamientos los que deben hacer los diputados canarios en las Cortes españolas. Nos referimos a Ana Oramas y José Luis Perestelo en el Congreso, y a Alfredo Belda en el Senado. Ana Oramas ha gozado, goza y sigue gozando de nuestras simpatías tanto por su atractivo personal -dicho con todo respeto-, como por su inteligencia y su probada valía en la defensa de los intereses de su pueblo. Por eso queremos que no se limite a pedir más dinero y competencias para Canarias. Eso está bien, pero resulta insuficiente. El siguiente paso -un paso que no admite demoras- es pedir la soberanía. Ana Oramas, y José Luis Perestelo, y el propio Alfredo Belda tienen que dar a conocer ya las aspiraciones de Canarias sin miedo y sin temores. Sin ni siquiera ese pudor hacia la historia impuesta, o como consecuencia precisamente de dicha historia sobrevenida por la fuerza de las armas, que alguna vez ha citado Borges. ¿De qué tiene miedo Ana Oramas? ¿Acaso van a encarcelarla o fusilarla por manifestar lo que ya se comenta en muchos ámbitos de estas Islas? En los hogares, en la calle, en todas partes se habla sin cortapisas de que los canarios queremos ser canarios, y sólo canarios.

Respetamos, eso también lo hemos dicho siempre, a los que sienten o aman la españolidad. Un respeto que en ningún caso nos impide decirles que deben atemperar su carácter a nuestras costumbres o marcharse de aquí. Porque la españolidad es una argucia perversa cuando se utiliza para mantener a esta tierra bajo el dominio colonial de los españoles. No pueden recurrir a la españolidad quienes pacen en estas islas; quienes se alimentan con sus bienes y disfrutan de sus encantos. La españolidad es incompatible con la canariedad que reclamamos para Canarias y su pueblo. Una sociedad ansiosa, hoy más que nunca, de recuperar su propia identidad.

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Ana Oramas, Anita entre nosotros, no siga decepcionándonos. Pida de una vez la libertad de los canarios. No dilate más lo inevitable. Canarias y sus habitantes deben ser dueños de su territorio, de sus aguas y de su espacio aéreo. Aspiración que sólo se puede conseguir con la soberanía.

Comentario de El Día, 13-05-2008