Un editorial y
varias puntualizaciones
La razón nos duele. Estamos solemnemente convencidos
de que el País Canario es una colonia; un territorio que puede y debe ser
libre; que puede y debe tener su asiento y su bandera en las Naciones Unidas.
Las argucias del Gobierno metropolitano de Madrid para mantener al Archipiélago
sometido se sustentan, por una parte, en el divide y vencerás, y por otra en
suscitarnos incertidumbres ante nuestro futuro. La realidad es muy distinta
porque los canarios, insistimos en ello, no necesitamos tutelas. Cuando seamos
libres, seremos unos afortunados hijos de las Islas Afortunadas.
Hemos vivido en una
tierra que
Los canarios saben que
la riqueza viene por el trabajo, no por la holganza. Por eso han sido
tradicionalmente un pueblo trabajador no sólo en su propia casa, sino en
aquellos territorios a los que han emigrado. Los ejemplos de Cuba y Venezuela
son elocuentes por sí mismos, como también lo es la noticia, recogida en
nuestra edición de ayer[27-05-08]], sobre la posible
participación de empresas canarias en la construcción de infraestructuras en
Polonia. Nos reclaman porque conocen nuestro tesón. Como pueblo trabajador, lo
mejor que tenemos son nuestros hombres y nuestras mujeres. El isleño genera
riqueza allá donde va. Si a esto añadimos nuestra importante posición
geoestratégica, el bienestar futuro no debe ser motivo de preocupación: lo
tenemos asegurado. Los canarios no vamos a ser menos que los asiáticos. Si
Singapur y Hong Kong se han
convertido en referentes imprescindibles del comercio y las finanzas mundiales,
también podemos serlo nosotros. ¿Por qué no han de salir productos al mundo con
el made in Canary Islands?
* * *
Hoy debemos referirnos
a los artículos publicados el último domingo por dos de nuestros colaboradores;
dos personas a las que leemos con admiración. Estamos convencidos de que ambos
son descendientes de los guanches que quedaron en esta tierra, porque aunque
los conquistadores masacraron a la población autóctona, no pudieron
exterminarla por completo. Se trata de grandes amigos por los que incluso
sentimos fervor. Motivo añadido para que lamentemos sus erróneos
planteamientos. Los argumentos expresados, tanto por Ángel Isidro Guimerá en su artículo "Canarias sí
es España", como por Enrique González en "Incómodo
silencio", carecen de sentido en hombres como ellos, cuyos antepasados
fueron sometidos y vendidos como esclavos por los conquistadores españoles.
Se pregunta nuestro
entrañable amigo Guimerá si CC proponía en su
programa la soberanía nacional de Canarias. Ciertamente no, y mal hecho, porque
unos nacionalistas auténticos no pueden consentir que estas Islas permanezcan
como colonias. No obstante, don Ángel, existe una contradicción en su
trayectoria política que debería explicar: si usted piensa que Canarias es
España, ¿por qué concurrió a unas elecciones municipales en las listas del PNC, partido
que desde su fundación, en 1924, aspiró a que las Islas constituyesen un país
libre y soberano? Urge, como decimos, esa aclaración. De lo contrario, alguien
podría pensar que es usted un oportunista; o que los nacionalismos valen para
que usted sea concejal, pero no para liberar a esta tierra.
También se refiere a
las conversaciones de Zapatero con el Rey de Marruecos; a "una hoja de
ruta para entregar a los moros Ceuta y Melilla". Estamos de acuerdo. Y
cuando el moro al que usted se refiere presione un poco más el Gobierno de
Madrid le entregará Canarias envuelta en papel de regalo, como le entregó el
Sáhara a su padre, el denostado Hassán II. Sólo un
Archipiélago soberano, con presencia en las instituciones internacionales,
garantiza que no acabemos formando parte de Marruecos. En ese aspecto, España
no nos ofrece ninguna garantía.
A Enrique González lo
consideramos un isleño de pura cepa. Leemos sus artículos con admiración, pues
destilan sentimientos canarios. Él es, sin duda, uno de los muchos guanches que
quedaron. Sin embargo, no nos valen sus argumentos para seguir unidos a España.
Si la razón para permanecer vinculados a la metrópoli es meramente económica, estaríamos
ante un matrimonio de conveniencia. Más aún: volveríamos a los odiosos casos
del pasado, cuando una mujer maltratada por su marido no podía abandonar la
casa de su martirio -ni al criminal que la esclavizaba- por carecer de
recursos. No es ese el pensamiento propio de un humanista como usted que,
además, ha vivido siempre en Canarias salvo durante la época en la que,
desgraciadamente, tuvo que trasladarse a
Comentario de El Día, 27-05-2008