¿Qué hacemos ante la corrupción?

 

Justo Fernández Rodríguez

 

La corrupción política es uno de los mayores obstáculos para el funcionamiento participativo de la democracia y un desarrollo económico equilibrado; dificulta el ejercicio de los derechos humanos e impide una justa redistribución de la renta. La corrupción siempre ha estado unida a la política, lo que no quiere decir que todos los políticos sean corruptos. Los informes más recientes, ya sean de organizaciones internacionales, ONGs o instituciones especializadas, coinciden en denunciar el incremento en la corrupción municipal, autonómica, estatal o internacional, con independencia de los sistemas de gobierno, democráticos, autoritarios o dictatoriales. Pocos escapan a la corrupción. Hasta instituciones como el Banco Mundial y la propia ONU han llegado las acusaciones.


La corrupción generalizada viola los derechos democráticos, políticos y humanos, condenando a una buena parte de la población, al desempleo, la desprotección social, el hambre y el desamparo. Los políticos y funcionarios públicos corruptos no sólo son culpables de delitos comunes, sino de graves violaciones de los derechos humanos.


La corrupción adopta múltiples formas. La más extendida es la relativa a las compras de bienes y servicios, bajo la influencia de sobornos y comisiones. Las más importantes se ocultan detrás de las privatizaciones del sector público, recalificación de terrenos y, especialmente, tras los proyectos de grandes obras públicas, como puertos, presas, aeropuertos, carreteras, tranvías o abastecimientos de agua.


El coste de la corrupción, desde el soborno, la extorsión, el tráfico de influencias, la información privilegiada, el favoritismo o el nepotismo, tiene efectos devastadores sobre las economías. Distorsionan el mercado y fomentan la competencia del soborno, en lugar de la calidad y el precio, condenado al subdesarrollo y la pobreza a decenas de millones de personas en países industrializados y subdesarrollados. El Banco Mundial, en 2003, estimaba que el total de las sumas distribuidas anualmente por sobornos y pagos no declarados superan los 120.000 millones de dólares.


La clase política, o una buena parte de ella, no parece depositaria de los valores de la honestidad y ética imprescindibles. Las cúpulas de los partidos políticos, sean de ámbito estatal o nacionalistas, de izquierdas o derechas, cuando están en el poder dedican más esfuerzos a tapar, disimular u ocultar los casos de corrupción que afectan a sus cargos públicos que a tomar medidas drásticas y ejemplarizantes de erradicación de esa lacra que hemos de pagar todos los ciudadanos, especialmente los de menor capacidad económica.


El principio constitucional español, que ordena a los poderes públicos promover las condiciones y normas que faciliten el acceso a una vivienda digna a los españoles, impidiendo la especulación del suelo en beneficio del interés general, ha sido escandalosamente prostituido, precisamente por quienes tenían la obligación de evitarlo, los gestores políticos de ayuntamientos, diputaciones, cabildos o autonomías, y aquellos que debían impedirlo, jueces, fiscales y magistrados de tribunales superiores, que, en muchos casos, han compartido espectaculares seguimientos mediáticos con inhibiciones y silencios poco explicables. La competencia del Gobierno central, en esta materia, es prácticamente nula.


Que la especulación inmobiliaria y la construcción de obra pública son importantes lubricantes de la corrupción política no necesita demostraciones científicas. Lo sabe la mayoría de los ciudadanos, aunque no actúen en consecuencia. Las prácticas corruptas abundan en todas las fases de los proyectos de construcción. Algunos no hubieran, siquiera, llegado a la etapa de planificación sin la motivación o el incentivo de la corrupción.


El boom inmobiliario generado, después de la modificación de la Ley del Suelo (1998) por el Gobierno de Aznar, con la complicidad de Coalicion Canaria, que conceptuaba como principio el "todo urbanizable", con la excepción de algunos reductos protegidos, dio lugar al urbanismo descontrolado, que actuó como efecto llamada de la especulación y la corrupción generalizada en ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, dando lugar a un encarecimiento del 155% del precio de la vivienda y del 500% del precio del suelo.


Una prueba, incontestable la daba el informe Greco sobre España en 2003. Gobernaba el Partido Popular, encabezado por Aznar, y el informe reiteraba "la ausencia de una estrategia global contra la corrupción", así como la falta de un "reforzamiento de la Fiscalía Anticorrupción, dotándola de más medios y una mayor transparencia, independencia e implicación personal".


Si, por una decisión municipal, algo que vale uno pasa a valer cien, la corrupción tiene su mejor caldo de cultivo. El catedrático de Ciencia Política Manuel Villoria, experto en corrupción, advierte: "En otros países europeos, la calificación o recalificación de un terreno no implica para el propietario la obtención de plusvalías, porque no aumenta su precio. Es la sociedad la que obtiene el beneficio de que ese suelo se convierta en urbanizable". Muy bonito para que sea verdad... en España.


Aquí, pocos pueden sorprenderse por la desvergüenza de personajes sin escrúpulos, que utilizan los cargos públicos como una oportunidad de enriquecimiento, a cambio de favorecer los intereses de los empresarios o grupos empresariales que se mueven alrededor de los ayuntamientos, cabildos, diputaciones o gobiernos autónomos, dispuestos a recompensar a quienes se muestren dispuestos a acceder a sus pretensiones, ambiciones e intereses, violentando la legalidad, ciscándose en la ética y perjudicando los intereses generales de los ciudadanos.


En Canarias, en medio de la pasividad conformista, con tintes masoquistas, de la ciudadanía, en corrupción competimos ventajosamente con Valencia, Madrid, Galicia, Murcia, Baleares o Málaga. El clientelismo, el abuso de poder, el cohecho, la prevaricación, la privatización interesada de servicios públicos, las contrataciones a dedo de suministros y obras, los concursos públicos amañados, parecen ser la base de actuación de algunos políticos que, inevitablemente, condicionan negativamente la vida de los ciudadanos, reduciendo los servicios mínimos exigibles, en sanidad, educación, cultura, viviendas sociales, transporte público o atención social. Las obras públicas y las infraestructuras, en muchos casos, no prioritarias e, incluso, innecesarias, multiplican por cuatro la duración anunciada y el coste inicial presupuestado, teniendo que ser rectificadas, modificadas o reformadas después de cada una de las repetidas inauguraciones, con foto.