ACOTACIONES A UN CRIMEN DE ESTADO*
Julián Ayala *
Mi aportación al tema principal de este número de Canarii lleva por título “El asesinato
de Javier Fernández Quesada, un crimen de Estado”, pues estaba convencido –y la
documentación manejada para elaborar el artículo me lo ha ratificado– que la
actitud de las autoridades e instituciones del Estado en la investigación
posterior al suceso fue una verdadera confabulación para ocultar la verdad sobre
el mismo, que todavía hoy, treinta años
después, sigue sin conocerse del todo.
Se echó
tierra al asesinato de Javier, se hizo burla del sentido más elemental de la
justicia, por una razón de Estado. Los Pactos de La Moncloa habían establecido
lo que ahora se llama una “hoja de ruta” (perdonen el tópico) por la que debía
circular la transición a la democracia. Todo lo que se saliera de ella debía
ser evitado, y si se producía, combatido con todas las armas del poder, entre
ellas las de la ocultación y la mentira. Eso fue lo que se hizo con la muerte
de Javier Fernández Quesada y con gran parte de los asesinatos a manos de la
fuerza pública ocurridos en aquellos tiempos en diversos lugares del Estado.
Contra la
visión cuasi-idílica y apta para la exportación de la transición española, se alzan estos crímenes que nunca debieron
haberse producido y que en su mayoría permanecen impunes, viciando de origen no
sólo el proceso de la transición sino el propio sistema democrático ligh en el que ahora nos movemos.
Para realizar
este monográfico nos hemos basado principalmente en documentos hasta ahora
inéditos, como son las actas de la Comisión de investigación nombrada por el
Congreso de los Diputados y ante la cual comparecieron y testificaron más de
treinta personas, y el decreto de sobreseimiento de la causa 200/1977 incoada
por la jurisdicción militar por la muerte del estudiante y las heridas causadas
a uno de sus compañeros. También hemos tenido en cuenta las informaciones
aparecidas en la prensa de la época. Yo mismo trabajaba entonces en El Día, que bajo la dirección de Ernesto
Salcedo era un periódico serio y fiable que procuraba prestar un servicio a la
sociedad, absolutamente en las antípodas de la sectaria hoja parroquial (con
homilía incluida los domingos) que es hoy. Muchas de las noticias y crónicas
que sobre los sucesos del 12 de
diciembre y los días siguientes se publicaron en El Día las redacté yo. Puedo decir, pues, que fui testigo, en parte
presencial, de aquellos acontecimientos que no creo sea exagerado afirmar que
marcaron a toda una generación de estudiantes y activistas sindicales y
políticos de la izquierda tinerfeña.
Los hechos
que condujeron a la muerte de Javier Fernández el 12 de diciembre de 1977están
enmarcados en el contexto de las luchas sociales que agitaban por entonces a la
sociedad tinerfeña. La crisis económica de los ’70 tuvo en Canarias, y
particularmente en Tenerife, una connotación especialmente conflictiva.
Importantes sectores económicos que integraban a gran número de trabajadores
fueron sometidos a una forzada reestructuración que dio al traste con muchos
puestos de trabajo. Entre los más importantes estaban el transporte
interinsular y el tabaco. Unos mil trabajadores de la empresa Transportes de
Tenerife, S.L., se encontraban en huelga desde el 13 de octubre y alrededor de
cuatro mil empleados de 15 empresas tabaqueras lo estaban desde el 14 de
noviembre. A ellos se sumaba un núcleo de trabajadores, reducido por su número,
pero importante por las tareas que realizaban en el sector portuario del frío
industrial, encargado de la conservación de los alimentos de la población.
Ninguno de los sindicatos firmantes de los Pactos de La Moncloa tenían presencia
en los citados sectores, representados por sindicatos autónomos, como la FASOU, en transportes, la Asociación de
Trabajadores del Tabaco y Derivados, y en el sector del frío la Confederación
Canaria de Trabajadores, de tendencia claramente
independentista y antisistema. Ante el agotamiento de algunas de las huelgas
(concretamente la de las guaguas), estos sindicatos, agrupados en lo que se
denominó Asamblea de Sectores en Lucha, convocaron una huelga general de
solidaridad para el 12 de diciembre. El llamamiento, al que se sumaron el SOC y
la Liga Comunista
Revolucionaria, tuvo escaso eco entre la población laboral (de las grandes empresas
sólo pararon los estibadores portuarios, adscritos a la FASOU, y la Caja General de Ahorros, donde
era mayoritario el SOC), pero sí fue ampliamente acogido por la vanguardia
estudiantil de La Laguna,
lo que dio lugar a la desproporcionada y brutal reacción de la guardia civil.
…
… …
El periodismo
está muy acotado por la realidad. Los periodistas que pretenden ser coherentes
en el ejercicio de su profesión se ven fuertemente encorsetados por esta
referencia a lo real, deben limitarse a exponer al receptor los datos de que
disponen con la mayor objetividad posible, sin dar vuelo alguno a la
imaginación. Pero como yo soy un periodista jubilado, ya de vuelta de corsés y
de acotaciones, me gusta a veces ponerme en la piel del protagonista de un
hecho ajeno e insólito y tratar de recrear aquellos momentos que marcaron su
viaje particular hacia la historia.
Así, he
imaginado que la lluviosa mañana del lunes 12 de diciembre de 1977, Javier Fernández Quesada se levantó tarde. La
noche anterior, había estado de tertulia en un bar de San Honorato, tal vez
comentando en algún momento de la conversación cómo sería la huelga convocada
para el día siguiente.
Javier asistía
como libre oyente al segundo curso de Biológicas y estaba más preocupado por el
examen de Bioestadística que iba a realizar el martes que por la marcha
concreta de las clases de aquel lunes, que se presentaba problemático en tal
sentido. Así, que no se apresuró a ir a la Universidad. Sus
hermanos, con los que convivía en el piso, habían marchado ya, y él desayunó y
salió a dar una vuelta por La
Laguna, donde pudo captar la tensión del ambiente, con los piquetes de
estudiantes y obreros recorriendo las calles del casco y la inusual presencia
policial en puntos estratégicos, como la Avenida de La Trinidad, la Glorieta del Padre Anchieta o el cruce de la Cruz de Piedra.
Sin prisas,
llegó a la Universidad
sobre las once y media o las doce, y fue al despacho de un profesor a quien quería realizar
una consulta sobre el examen del día siguiente. El profesor se encontraba
ocupado y como el asunto no era para resolverlo en unos minutos concertó una
cita con él para las cuatro de la tarde.
La Universidad estaba
casi vacía. Apenas se había impartido clases esa mañana y después de una
asamblea en el hall, la mayor parte de los asistentes o bien marcharon a sus
casas o bien fueron a engrosar los grupos que, en unión de obreros de los
sectores en huelga, pretendían extender el paro por la ciudad, obstaculizando
el tráfico y obligando a cerrar los comercios.
Precisamente
en las cercanías del campus universitario, en la calle Delgado Barreto, un
piquete había levantado una barricada y hostigaba con piedras y algún neumático
incendiado a un destacamento de la Policía
Armada que abajo, cerca de la Cruz de Piedra, custodiaba un camión cisterna
accidentado. Es posible que Javier se acercara a este grupo a saludar a algún
amigo o conocido y a interesarse por la marcha de los acontecimientos. Su
hermano Carlos se encontró con él en una de las zonas ajardinadas del campus.
Fue la última vez que lo vio con vida. La segunda vez que lo vio ese día, ya
anochecido, fue en el depósito del cementerio, para reconocer su cadáver.
Sobre las dos
y media de la tarde, la Policía
Armada se retiró de las inmediaciones del campus. Eufóricos,
los estudiantes que cortaban el tráfico en Delgado Barreto se fueron también,
unos a la Universidad,
donde se había convocado una asamblea para hacer balance de la mañana, y otros
a sus casas. Javier se quedó en la Universidad.
Dada la hora, seguramente se disponía a tomar algún tentempié
en el bar para asistir luego a la cita con su profesor.
Fue entonces
cuando varios números de la guardia civil, seis o siete, según los testigos,
irrumpieron en el campus a bordo de dos vehículos por la puerta que da a la Avenida de La Candelaria, donde había
estado apostado un retén durante toda la mañana. Rápidamente bajaron de los
coches disparando sus armas contra los estudintes provenientes de Delgado
Barreto y contra los que estaban en los jardines y en las escaleras de acceso
al centro. Tres de ellos subieron varios tramos de escalinatas sin dejar de
disparar hacia la fachada de la Universidad. Los estudiantes corrieron acosados
por las balas, unos hacia fuera del campus, por las calles Delgado Barreto y
Antonio González, y otros hacia la puerta principal del edificio. Entre estos
últimos estaba Javier, a quien algún testigo vio correr por el camino de coches
que hay a ambos lados de la escalera central. En esa escalera, dos o tres
peldaños antes de llegar arriba, fue alcanzado por una bala. La propia inercia
de la carrera le hizo subir trastabilleando los escalones que quedaban hasta caer
en el descansillo delante de la puerta, desde allí fue arrastrado por sus
compañeros al interior, donde expiró minutos después.
Dicen que el
guardia que lo mató era joven, bajo y delgado. Llevaba una gorra de visera, no
el tradicional tricornio, y disparaba una pistola sujetando la mano derecha con
la izquierda. En la confusión que siguió a la muerte de Javier y cuando lo bajaban
por la escalera para trasladarlo al Hospital, alguno de los presentes oyó cómo
sus compañeros lo llamaban “Polilla”, que es el sobrenombre que se da dentro
del Cuerpo a los agentes recién salidos de la academia.
De haber
seguido vivo, Javier hubiera cumplido este año los 54. Estaría casado
seguramente, quizá con la misma chica que se despidió de él con un beso la
noche de aquel domingo, sin pensar que iba a ser el último que le iba a dar. Es
posible incluso que tuviera hijos. Y aunque no era lo que se podría considerar
un estudiante modelo, es muy probable que dada su gran afición a las ciencias
de la naturaleza, hubiera terminado con aprovechamiento su carrera y hoy podría
ser investigador o profesor, quizá en esta misma universidad de La Laguna donde ahora lo
recordamos. Escribía, con buen estilo, reflexiones propias de un joven
sensible, como pueden ustedes comprobar en este número de Canarii. Quienes le mataron, no solamente robaron 30 años de vida a
una persona, causando un dolor sin consuelo a su familia, también truncaron de
golpe sus probables aportaciones a la sociedad, así como la oportunidad de
vivir a sus hipotéticos hijos. De un solo tiro mataron no uno ni dos, sino una
verdadera bandada de pájaros.
Por boca de
Sócrates, nos dice Platón, en el Gorgias,
que el malvado que causa un mal injusto es desgraciado. Lo es más si no paga la
pena debida y repara así su culpa, y lo es menos si paga la pena y alcanza el
castigo que se merece. “Cometer injusticia es peor que sufrirla”, concluía el
filósofo hace dos mil quinientos años. Pero los guardias civiles no suelen leer
a Platón, por lo que imaginamos que sus textos no los conmoverán poco ni mucho.
Al menos al coronel que ordenó disparar a mansalva contra ciudadanos inermes. Esta
falta de curiosidad por los clásicos no es su mayor defecto.
El mayor, en
este caso, fue la falta de humanidad y la cobardía demostrada por unos jefes,
unas autoridades y unas instituciones que se empezaban a llamar democráticas y
que protagonizaron unos hechos típicamente franquistas. Sobre ellos y otros
similares se ha levantado nuestra presente democracia. Así nos va.
La muerte de
Javier Fernández, fue un acto criminalmente gratuito. Le tocó a él como pudo
haberle tocado a cualquier otro de los que se encontraban aquel día en la Universidad de La Laguna. Javier era
un estudiante normal, sin especial relevancia política, pese a las versiones
interesadas, que posteriormente han tratado de convertirlo en una especie de
símbolo del nacionalismo y la
independencia de Canarias. Su muerte, como la del militante del PUCC Antonio
González Ramos, en 1975, y la del joven Bartolomé García Lorenzo, en 1976, debe
inscribirse en los últimos coletazos de la agonizante bestia franquista, si
bien agravada con la obscenidad oficial del simulacro de investigación y juicio
militar posterior, que fueron cerrados completamente en falso.
El asesino de
Antonio González Ramos, el tristemente famoso comisario Matute, fue procesado y
posteriormente amnistiado. Igual pasó con los policías que mataron por error a
Bartolomé García Lorenzo. Pero el carpetazo a la causa de Javier no se basó
siquiera en este tipo de requisitos formales. Simplemente el tribunal militar,
atendiendo sólo a las declaraciones del coronel jefe del 15º Tercio de la Guardia Civil y desatendiendo,
por “tendenciosas”, las declaraciones de las numerosas personas que
testificaron en sentido contrario, llegó a la conclusión de que la bala que
mató a Javier no había sido disparada por los guardias y, en consecuencia,
sobreseyó provisionalmente el caso. Que es tanto como decir que lo cerró
definitivamente, pues demasiado sabían que para nada existieron los
“francotiradores” o “pistoleros” a los que de manera ambigua hicieron alusión
en sus declaraciones los mandos de la Guardia
Civil, e incluso sigue sosteniendo hoy un individuo tan
cuestionado por su papel en aquellos hechos como el ex gobernador civil de
Tenerife, Luis Mardones Sevilla.
¿Qué más puedo
decirles? Aunque se me han quedado muchas cosas en el tintero, creo que ya me
he extendido demasiado. Ahora, ustedes tienen la palabra.
* (Palabras
de presentación del nº 11 de la revista de historia Canarii, correspondiente a abril de 2008. La Laguna, 26 de marzo de
2008)