Crisis económica y corrupción

 

Justo Fernández Rodríguez

 

A estas alturas, existen pocas dudas sobre la responsabilidad última de la crisis financiera, que condiciona el crecimiento económico de la mayoría de los países, especialmente de los más desarrollados, y provocado la desorientación de gobiernos, organizaciones sindicales -que todavía no han hecho nada- y una gran parte de ciudadanos. Adiós a las ayudas para aminorar la pobreza o al cumplimiento de los Objetivos del Milenio de la ONU.


No solo lo han hecho los mayores especialistas económicos internacionales. Hace unos días, Angela Merkel, canciller alemana, responsabilizaba a EE.UU. de la crisis, por no haber hecho nada para obligar a los mercados financieros a autorregularse o establecer una supervisión que evitara utilizar el dinero de los ciudadanos para tapar la desastrosa gestión de quienes obtienen desorbitados beneficios, por administrar, bien o mal, bancos e instituciones. Ahora, el ministro de Hacienda alemán, Peer Steinbruch, ha acusado al Gobierno estadounidense de haber permitido, por omisión de su deber de regulación, la peor crisis financiera internacional "en décadas". Tampoco Nicolas Sarkozy se ha mordido la lengua, explicando las causas de la crisis. "Ha habido demasiado abuso, demasiado escándalo", ha dicho, pidiendo una "revisión a fondo del sistema financiero y monetario mundial". El candidato demócrata, Barack Obama, tambien acusó a las políticas del Gobierno de Bush de ser las causantes de la actual crisis, pese a que lleva años pidiendo "que se modernicen las reglas financieras para responder a los desafíos del siglo XXI."


Ahora, cuando ha explotado la crisis, para taparse las vergüenzas, el Gobierno de Bush, ha ordenado al celebérrimo FBI que investigue a más de veinte entidades financieras, culpables de la crisis. Solo la estupidez supina y la indignidad política pueden explicar que los máximos dirigentes del Partido Popular insistan en hacer reo de la crisis financiera mundial a Rodríguez Zapatero que, lógicamente, también ha responsabilizado a Bush y a los neocon a los que "tanto aplaudían Aznar y Rajoy".


Mientras todo esto ocurre, los informes de organismos internacionales, por medio de encuestas y estudios, certifican que la corrupción, en todas sus variantes, continúa aumentando. Se mantiene la percepción de que los partidos políticos, los gobiernos locales y los parlamentos son las instituciones más corruptas, seguidas por las empresas, la policía, el sistema judicial y los medios de comunicación.


La democracia exige combatir toda forma de corrupción en el ejercicio de la función pública para evitar distorsiones artificiales de la economía, de los costes de las obras públicas e impedir el deterioro de la moral social, fortaleciendo el respeto a las instituciones.


Honestidad, ética, coherencia y transparencia son conceptos que los políticos utilizan en campaña electoral para lograr que los ciudadanos depositen en ellos su confianza olvidándose de ellas en cuanto toman posesión del cargo.


En la presentación del informe anual sobre el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de 2008, Huguette Labelle, presidenta de Transparency Internacional (TI), señaló que "en los países más pobres, los niveles de corrupción pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte, si lo que está en juego es el dinero destinado a hospitales o agua potable". "Los altos niveles de corrupción y pobreza constantes que asolan a muchas sociedades del mundo representan un desastre humanitario continuo que no puede ser tolerado".


El Índice de Percepción de la Corrupción clasifica los países según el grado de corrupción percibido entre los funcionarios públicos y políticos. Los datos se obtienen de sondeos a expertos y empresas, llevados a cabo por varias instituciones independientes y acreditadas.


En los países o regiones más pobres, la lucha contra la corrupción exige instituciones políticas, sociales, policiales y judiciales que funcionen adecuadamente. Sin embargo, muy al contrario, en su gran mayoría han de sufrir las consecuencias de gobiernos, parlamentos, poder judicial y medios de comunicación indiferentes o implicados en la corrupción y una sociedad civil indiferente o sumisa ante el poder político y económico, del que espera algún favor personal o limosna general. La corrupción pone en peligro la lucha mundial contra la pobreza e impide lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU.


La clasificación mundial de los 180 países estudiados por TI sitúa a los principales países de la Unión Europea entre los veinte menos corruptos. Dinamarca (1), Suecia (2), Finlandia (5), Suiza (6), Países Bajos (8), Austria (12), Alemania (14), Noruega (15), Irlanda (16), Reino Unido (17), Bélgica (20), Francia (23) y, en el puesto 28, España, sólo por encima de Portugal, Italia y Grecia.


En España, la corrupción alrededor de la especulación urbanística se incrementa de costa a costa y archipiélago a archipiélago. Mientras, muchos ciudadanos se preguntan cuándo explotarán los evidentes casos de corrupción de su ciudad, ya sea Castellón, Valencia, Madrid, Las Palmas o Tenerife, donde se barajan nombres concretos de políticos y empresarios imputados por la Justicia y cuyos casos paracen olvidados de los jueces.

Cada día, con indignación y, lo que es peor, con mayor indiferencia, una buena parte de los ciudadanos, fuera de los círculos clientelares del poder, son espectadores del nepotismo, fraudes, malversación, extorsiones, sobornos, tráfico de influencias, amiguismo, información privilegiada, privatización de servicios públicos o recalificación de terrenos rústicos en urbanizables, que proliferan alrededor de ayuntamientos, cabildos o diputaciones; y son testigos, lamentablemente mudos, del cinismo y la desvergüenza con la que actúa una buena parte de los políticos.


La corrupción urbanística produce diversos efectos en tres niveles: social, económico y político, y todos ellos afectan a la calidad de la democracia: deterioro del medio ambiente; sobreprecio de la vivienda; nuevos modelos de ciudad, dinero fácil y anomia social; crecimiento económico sin desarrollo y pérdida de credibilidad de las instituciones y de la democracia.


Manuel Villoria, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, relator de Tansparency Internacional, analiza la situación: "Del análisis de la legislación aprobada y de la que está en marcha, la principal conclusión que se puede sacar es que, en España, el Gobierno está preocupado por la corrupción y está poniendo medios para combatirla plenamente". "El ámbito de mayor preocupación es la política de suelo y el urbanismo". Lógicamente, cuando se empieza a combatir seriamente la corrupción los casos afloran. El Informe de Greenpeace, "Destrucción a toda costa" (junio 2006), contabiliza 102 casos de corrupción urbanística o sentencias condenatorias de gobiernos locales por sus incumplimientos de la normativa urbanística y medioambiental.


"Por esta razón, la ciudadanía española no es, contra lo que podía esperarse, muy crítica con el actual gobierno en esta materia; de hecho, España es uno de los tres países de Europa donde los ciudadanos dan una puntuación más alta al Gobierno en su lucha contra la corrupción". Lo siento, pero, no puedo creérmelo. Volveremos a tratar el tema de la corrupción...