Crisis, desaceleración y especulación
Juan
Jesús Bermúdez Ferrer
Nuestro modelo económico requiere de la permanente
aceleración (no es otra cosa el incremento anual del PIB y otras variables
crematísticas en un tanto por ciento): si cada año crezco un 2%, voy acelerando
cada vez más el movimiento de bienes, servicios, etc. Esta situación, del todo
anormal en un espacio finito, se convirtió en santo y seña de la organización
socioeconómica a partir, especialmente, de la era de los hidrocarburos.
Mientras se acelera la extracción y transformación de
recursos, se mantiene el pulso por la aceleración. Cualquier elemento que haga
disminuir ese ritmo pone en cuestión todo el edificio económico. No hay
contradicción entre crisis y desaceleración: son caras de una misma moneda.
Nuestro sistema se ha hecho adicto al crecimiento y, como sabemos, la deuda que
pagamos se satisface con el interés nacido de la expectativa del crecimiento en
el mañana. Por eso suben hoy los intereses del dinero: hay bastante menos
confianza en crecimientos futuros, por lo que se encarece su préstamo (salvo
para la devaluada economía norteamericana que no deja de mostrar síntomas de
grave agotamiento, reflejo paradigmático de declive del modelo global, y no
solo del de ese país, dado su papel rector hoy insustituible en las finanzas
mundiales). Y por eso también suben los precios: el capital huye de aventuras burbujiles para volver a su redil de atesoramiento de lo
esencial (y cada vez más valioso por insuficiente para la demanda mundial)
entre los que más tienen: es la forma de concentrar la inversión, el futuro y
las expectativas. Algunos llaman a ese proceso especulación, olvidando que una
de las patas esenciales de nuestras reglas de juego es el proceso de especular monetariamente con bienes finitos, prometiendo retornos
crecientes y esperanzas de rentabilidades sin mayor límite que la astucia del
inversor. La dinámica de juego con el dinero –contraviniendo las condenas
explícitas de filósofos, religiones y costumbres inveteradas– es el sancta santorum de nuestro acelerado modelo, diluyendo
cualquier barrera consuetudinaria que permitiera frenar esta huida hacia
delante: sabían los antiguos que la deriva de la moneda con interés no podía
traer nada bueno, y parece ser que tenían razón.
El freno de esta dinámica de éxito perverso y suicida
ha cogido al consumidor del Norte con el pie cambiado y la tarjeta de crédito
llena de débito, como está sorprendiendo a los de otros países que permanecían
acelerándose de forma singular para alcanzar –vano esfuerzo en una Tierra
redonda– a quienes nos situamos en las latitudes de mayor acceso a recursos del
Planeta. La situación de virtual meseta en la extracción mundial de petróleo en
los últimos tres años está pulverizando, en un espectáculo que la
globalización mediática nos permite ver casi en directo, la globalización que
creíamos eterna, la confianza en el crecimiento y la aceleración de