Crisis financiera y
alimentación
Wladimiro
Rodríguez Brito
Esta semana se
inauguró en Tenerife
La producción de
alimentos con métodos industriales con altos consumos de energía -mecanización
del campo, transporte y conservación en frío-, unido a mejoras genéticas ha
permitido mantener altos rendimientos en los suelos cultivados sin apenas campesinos,
reduciendo de manera importante la superficie cultivada.
Se malentendió que el
campo era posible sin ganaderos ni agricultores; viviendo en centros urbanos
más del 50 % de la población del planeta y quedando en el agro cifras
marginales de activos en los países industriales (en casi todos, menos del 10%
de su fuerza de trabajo).
En Canarias tenemos
cifras ridículas, ya que las estadísticas dicen que los agricultores no
alcanzan el 5% de la población. El caso argentino es un ejemplo de libro:
escasez de leche y carne y doblando los precios en los últimos meses en uno de
los países con mayor potencialidad ganadera del planeta. Así, encontramos campo
sin campesinos, pero los fertilizantes, la mecanización y la agroquímica no han
podido sustituir a los agricultores.
Por otra parte, a la
cesta de la compra dedicamos un bajo porcentaje de nuestros ingresos,
aumentando los gastos en otras actividades alejadas del agro. Así, hace 40 años
destinábamos a la alimentación más del 70% de los ingresos familiares y en los
últimos años hemos destinado menos del 20% y la mayor parte se queda en
industrias de transformación y distribución de los alimentos, degradando de
manera importante los ingresos a los campesinos y devaluando económica y
socialmente la actividad agraria. Esto ha provocado el alejamiento del campo de
un alto porcentaje de jóvenes y, en consecuencia, el abandono de las tierras de
rendimiento marginal y otros no marginales.
Se ha confundido
agricultura con industria. El campo no es una fábrica de tornillos; valga como
ejemplo que en 1993 España tenía 1.600.000 vacas. Plantearon que sobraban vacas
de leche, las dejaron en 750.000 y ahora no hay leche, pero incorporar vacas y
nuevos ganaderos al proceso requiere varios años. Ahora, cuando hacemos la compra
y vemos los precios de la leche, los huevos o la carne, lo asociamos a los biocombustibles y no hablamos de cómo hemos maltratado el
campo.
En el caso canario, se
han urbanizado los mejores suelos y se ha asociado a la agricultura como una
actividad marginal, esto es, trabajo antiguo poco rentable para personas
mayores. Aquí, en nuestras islas, los centros de Formación Profesional
relacionados con el campo apenas tienen alumnos. En las islas de
Aquí y ahora hemos de
cambiar el chip hacia el campo, apoyando un agro de autoabastecimiento en
aspectos básicos para tener una menor dependencia del exterior. Hemos de
potenciar la producción local, pero también limitar las importaciones de choque
que de manera coyuntural hunden los ingresos a los agricultores locales. Hemos
de entrar en una política que ponga recursos materiales y formativos y
educativos dirigidos a la potenciación del agro y el medio ambiente.
Tristemente, era predecible lo que está ocurriendo, pero estamos a tiempo para
tomar medidas y evitar que se agrave. Dediquemos unas líneas para hablar y
concretar una política agroambiental con los pies en el suelo, pues hasta ahora
parece que hay más preocupación por los problemas financieros que por la crisis
alimentaria, cuando debería ser al contrario.