Agustín Mora
Este
es el título de un disco que la comprometida cantautora mexicana, Judith
Reyes, grabó en su exilio francés después de ser detenida y torturada en su
país en el año 1969. El disco, que circuló de manera clandestina durante muchos
años en los ambientes estudiantiles y obreros de México, fue considerado
como un dramático grito y una durísima denuncia contra el gobierno dictatorial
de Gustavo Díaz Ordaz en la década de los sesenta y que culminó con la
matanza de
Europa
se encontraba inmersa en la resaca de los movimientos estudiantiles y de
trabajadores, sobre todo en Francia, y siguiendo atentamente los
acontecimientos que se desarrollaban en Checoslovaquia después de la
invasión soviética el día 20 de agosto de ese 1968.
Los
trágicos sucesos de Tlatelolco se dieron dentro de una coyuntura social,
política y económica que estaba al borde del estallido social, como así ocurrió
finalmente. Hay que sumar un agravante para entender los nervios y “justificar”
la feroz represión desatada por el gobierno mexicano contra el movimiento
estudiantil: México era el país anfitrión para celebrar los Juegos Olímpicos
que se desarrollarían entre el 12 y el 27 de octubre.
No
interesaba, en absoluto, al gobierno mexicano dar una imagen de altercados,
manifestaciones, descontento popular, etc. sabiendo que estarían, a nivel
internacional, vigilados con lupa. Era necesario limpiar las calles, las
universidades y los centros de trabajo de estudiantes y obreros “dirigidos
por organizaciones comunistas”. Se hacia preciso dar una imagen de paz y
tranquilidad social aunque fuese la paz de las cárceles o los cementerios.
Así,
pues, manos a la obra. Utilizando como justificación para la limpieza de
“subversivos” una reyerta que se dio el 22 de julio entre estudiantes del Instituto
Politécnico Nacional (IPN) y de la preparatoria, Isaac
Ochotorena (incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México,
UNAM), los granaderos (cuerpo policial muy temido) y tropas del ejército
invaden el Politécnico empleándose duro contra los estudiantes. La represión es
brutal. Hay decenas de detenidos y heridos.
La
respuesta de los estudiantes de ambas universidades es contundente. Dejando
atrás sus rencillas se unen convocando un paro general. Exigen la libertad de
los detenidos, autonomía universitaria, justicia y democracia real.
“… Se amenaza al
estudiante/con la represión al día /y el prestigio de la escuela /en manos de
la policía…” (Judith Reyes).
Este incidente
estudiantil fue la mecha que hizo explosionar el descontento popular. El
Presidente Díaz Ordaz justificó la dura represión bajo la fachada
de “la lucha contra la conspiración comunista internacional” (tuvo buen
maestro en el dictador español), para lo cual se atrajo el apoyo y la simpatía
de la embajada de EE.UU., la prensa y la jerarquía eclesiástica del país.
“… El
gobierno que ahora /manda soldadotes a mi escuela, /me reprime y me sofoca / y
la sangre me rebela…”
No cesa el
hostigamiento contra los estudiantes y así, el día 2 de agosto,
El 26 de agosto una
multitudinaria marcha se dirige al zócalo de la capital, donde se quedan a
pernoctar, y en la madrugada del 28 las puertas del Palacio Nacional se abren
para dar salida a tanques del ejército. Más detenciones.
El 13 de septiembre
tiene lugar “La marcha del silencio”. Ese día el Consejo Nacional de
Huelga da a conocer un pliego de peticiones al gobierno: Libertad para los
presos políticos (en esos momentos ya sobrepasaban los 1.600), destitución de
determinados mandos de granaderos y del ejército, extinción del cuerpo de
granaderos, etc.
El Gobierno, lejos de
dialogar con CNH, ordena al ejército invadir la
Ciudad Universitaria de
“…Diez mil soldados
salieron de los cuarteles/ Con tantos tanques de guerra que daba horror,/ Era en el mes de septiembre, un día dieciocho,/ Año del
sesenta y ocho, muy tricolor/ Igual que bestias con botas, han pisoteado/ El
patio, el libro, la escuela y la dignidad,/ Fueron a mearse en las aulas y
convirtieron/ En un cuartel mi querida Universidad…”
El movimiento
estudiantil, poco a poco, pierde ese carácter exclusivo para convertirse en
“movimiento popular”. Trabajadores de todos los ramos y campesinos hacen frente
común con los estudiantes. Las manifestaciones llegaron a alcanzar el número de
hasta 180.000 participantes pese a las amenazas de decenas de miles de
policías, blindados del ejército y “la mano oculta” de
Y llegamos al día 2 de
octubre de 1968. Ese día, por la tarde, está convocado un mitin en
“El dos se octubre
llegamos/ Todos pacíficamente/ A un mitin en Tlatelolco/Quince mil en la
corriente/ Año del sesenta y ocho/ Que pena me da acordarme,/
La plaza estaba repleta/ Como a las seis de la tarde…”
La plaza se llena de
estudiantes, obreros, campesinos, mujeres y niños (se calcula, según diversas
fuentes, entre 8 mil y 15 mil personas). Sobre las seis de la tarde comienza el
mitin; entonces, una bengala se eleva al cielo. Es la orden para matar.
“De pronto rayan el
cielo/ Cuatro luces de bengala/ Y aparecen muchos hombres/ Guante blanco
y mala cara…”
En un extremo de la
plaza y en algunas bocacalles, se habrían situado unos 8.000 militares, 300
medios armados entre tanques, medios blindados y jeeps con ametralladoras
(según el periodista y escritor, Paco Ignacio Taibo II).
En el otro extremo, en los tejados, dentro de
“…Zumban las balas
mortales/ Rápido el pánico crece/ Busco refugio y la tropa/ En todas partes
aparece…”
A la luz de las
bengalas comienzan los disparos. Inician la matanza los francotiradores del “Batallón
Olimpia” pretendiendo hacerse pasar por estudiantes radicales. El ejército
responde a los disparos y los manifestantes quedan en el centro de la plaza
atrapados entre dos fuegos.
“…Alzo los ojos al
cielo/ Y un helicóptero miro/ Luego sobre Tlatelolco/ Llueve el fuego muy
tupido…”
Según Paco Ignacio
Taibo II, quien en el año 1993 encabezó una “Comisión
de
“…Piras de muertos
y heridos/ Solo por una protesta/ El pueblo llora su angustia/ Y el gobierno
tiene fiesta…”
Diez días después de
la matanza el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz pudo respirar tranquilo. México se
había liberado de la “amenaza terrorista orquestada por el comunismo
internacional” y se podían celebrar los Juegos Olímpicos en un clima de “paz
social”.
Pedro Ramírez
Vázquez, Presidente del Comité
Organizador de las Olimpiadas de México-68, justificó la masacre y felicitó al
gobierno por su valiente decisión. ¿Espíritu deportivo?
Por otro lado la
periodista italiana (nada sospechosa de izquierdista) Oriana Fallaci,
corresponsal en México para “L’ Europeo” y que fue herida en la plaza manifestó
lo siguiente:
“No, no voy a dar
ninguna entrevista. Quiero que la delegación italiana se retire de los Juegos.
El mundo entero se va a enterar de lo que pasa en México, de la clase de democracia
que impera en este país. ¡Qué salvajada! Vi a muchos
heridos, mucha sangre. La policía no atendía a mis gritos, no llamaron a mi
embajada. Aquí los han matado sin posibilidad de escapar…”
Cuarenta años después,
esta fecha, 2 de octubre de 1968, sigue grabada a sangre y fuego en el corazón
de los mexicanos. Esto es así porque nunca hubo reparación ni justicia; porque
los asesinos andan sueltos. Unos han muerto, como Díaz Ordaz, pero otros
campean sin que se les haya exigido responsabilidades por la masacre. Tal es el
caso de Luis Echeverría, entonces Ministro de Gobernación y responsable directo
de la represión.
También es el caso de
los mandos militares y policiales, prensa adepta al gobierno y Jerarquía
Católica (como siempre).
Ningún gobierno del
Partido Revolucionario Institucional (PRI) posterior a Díaz Ordaz (hasta el
último de Ernesto Zedillo) ha hecho movimiento alguno para depurar
responsabilidades tanto políticas como penales. El silencio ha sido su
respuesta.
Ahora, con los
gobiernos del Partido de Acción Nacional (PAN), Vicente Fox se dedicó a
poner zancadillas a las comisiones de investigación que se abrían y el
Presidente actual, Felipe Calderón, no habla de eso… no sabe… él era muy
joven cuando sucedió la masacre…
Y estamos como siempre;
ante otro caso de impunidad como en la dictadura franquista o como se ha
querido hacer en países como Chile o Argentina. De ahí, la necesidad de seguir
trabajando, luchando para que la deuda con las víctimas de Tlatelolco sea
saldada juzgando a sus responsables como autores de un “Crimen de Estado”.
“Honraré a los
caídos luchando, Tlatelolco no fue su final, un glorioso vivir tendrán cuando/
construyamos una nueva sociedad…”
6-09-08