La cuestión poblacional
Juan
Manuel García Ramos
Como nos acaba de informar el Instituto
Canario de Estadística (Istac), Canarias necesitó mil novecientos sesenta años en reunir un número de
habitantes que ahora ha tardado cuarenta y siete años en ver redoblado. Es
decir, en 1960 vivían en Canarias 966.177 personas; en 2007, 2.020. 947.
Le he oído decir al competente Roque Calero, catedrático de Ingeniería Mecánica
de
Muchos ecologistas, legítimamente preocupados por nuestros entornos
ambientales, han ignorado durante algún tiempo, o han querido ignorar, que la
degradación de nuestros espacios isleños no es ajena a una sobrecarga
demográfica inaceptable, y han despreciado a los que desde hace una década
planteamos medidas correctoras del crecimiento descontrolado de nuestros
padrones vecinales, cuando no han llegado a tratarnos, sin más, de xenófobos o
racistas por habernos atrevido a ejercer nuestro derecho a la advertencia.
Hoy ese exceso de población ha desbordado servicios públicos como la sanidad,
la educación, la seguridad, ha colapsado el tráfico de nuestras áreas
metropolitanas, cada día exige más carreteras, más aparcamientos, más
transporte público, más viviendas, más necesidades energéticas... Cualquier planificación
al respecto se vuelve en pocos años obsoleta.
A los que nos hemos preocupado de buscar alternativas a esta situación -el
Partido Nacionalista Canario puso sobre la mesa en 1998 un borrador de Ley de
Residencia para el debate político- nos alegró en su momento que el primer
diagnóstico ofrecido por el Comité de Expertos sobre Población e Inmigración el
23 de diciembre de
Ese Comité de Expertos, donde figuraba un reputado constitucionalista como
Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, venía a darnos la razón en los fundamentos
jurídicos que permitían al menos el inicio de un diálogo institucional entre
Nunca es tarde si la dicha llega, es lo que pensamos los que estuvimos desde
hace tiempo por una racionalización de nuestra demografía de acuerdo a
directrices como las invocadas por
Parece algo de sentido común. Tan de sentido común que hasta el presidente de
Malta, pequeño país, con menos kilómetros cuadrados que
Se supo adelantar a los acontecimientos, como pudimos hacerlo los canarios
antes de entrar a formar parte de Europa. Y lo curioso es que lo hicimos, pero
no llegó a plasmarse en los documentos definitivos de la adhesión. Me explico
una vez más.
En una página de un gran libro, el de la profesora de
Ni transitorio, ni definitivo: la recomendación de Saavedra se quedó en el
trayecto entre Madrid y Bruselas.
¿No es ahora el momento oportuno para negociar en
Se hace necesario un frente consensuado entre las distintas fuerzas políticas
de Canarias para elevar a las autoridades europeas un estado de la cuestión
poblacional de nuestras islas. Una posición conjunta y fortalecida por el
respaldo de la mayoría parlamentaria y apoyada por el gobierno del Estado
español.
La principal fuente de riqueza del Archipiélago exige de nosotros que no
convirtamos nuestros ámbitos insulares en macrociudades o en aglomeraciones
rurales donde reine el mal gusto arquitectónico y un urbanismo laberíntico de
callejuelas zigzagueantes donde no se distinguen las aceras del peatón del
asfalto de los automóviles. Un desorden elevado a categoría de legalidad merced
a clientelismos electorales y vistas gordas de los municipalistas de turno.
Lo exige el turismo y lo exige una convivencia que no podemos seguir
dinamitando. Las islas, algunas de ellas, se nos han vuelto extrañas de la
noche a la mañana. En apenas los cuarenta y siete años que han bastado para multiplicar
por dos el número de sus habitantes.