De Civitate Dei (I)
Agapito de Cruz Franco
La concentración del 30 de diciembre de 2007 en Madrid convocada por la Conferencia Episcopal Española, fue un ataque a la familia, a la educación y a la
democracia. Las declaraciones de los representantes del partido convocante, Antonio Rouco Varela, Primado de Madrid, Antonio Cañizares, de Toledo y Agustín García Gasco
de Valencia, un atentado al buen gusto, la verdad, la tolerancia, el
respeto, y la libertad que debe existir entre organizaciones sociales y
políticas humanas, como los Estados Español y Vaticano. Además, un rechazo a
los valores de aquella ciudad celestial -que nada tiene que ver con institución
civil o religiosa alguna- y que en el
siglo IV el Obispo y Filósofo Aurelio
Agustín, abordara a propósito de las relaciones Iglesia-Estado en su obra “La Ciudad de Dios”.
La
defensa de la fe y las costumbres que estos políticos
hicieron, presididos por Cristóbal Colón
y amparados de cerca por la diosa Cibeles y el dios Neptuno, no tiene nada
que ver con la Fe
y el Evangelio de Cristo. Y más que con la Jerusalén del bien, con la Babilonia del mal, por
seguir con el paradigma teológico del Obispo de Hipona.
El mismo que sentara las bases del corpus ideológico -desde el helenismo
tardío, los grupos cristianos, y la República de Platón- de las Iglesias católica y
protestante. Con su filosofía de la historia, quien esbozara incluso el camino
para el advenimiento de la
Ilustración y posteriormente la Modernidad. Políticos, a los que
añadir el Secretario de la citada organización y Obispo Auxiliar de Madrid, Juan Martínez Camino, ex-director de la Comisión para la Doctrina de la Fe en España cuando la presidía en Roma el
conservador Cardenal Ratzinguer,
hoy Benedicto XVI.
La
enfermiza mentalidad de este sector de poder: persecución del catolicismo,
relativismo moral, laicismo fundamentalista o situación martirial de la Iglesia son de una total
disociación con la realidad. Más que con la Fe o la Iglesia, tiene que ver con una esquizofrenia
político-religiosa de la que no está ausente una estética estalinista. De hecho
si observamos la parafernalia y puesta en escena de la concentración madrileña,
el aspecto de sus líderes es calcado al de aquellos dirigentes comunistas de la Europa del Este, cuando
aparecían en público uniformados de negro y con su ideología del unísono al
micrófono.
Si
hacemos una radiografía de los discursos exhibidos, éstos no se sostienen. En
primer lugar ¿cómo es posible que argumente la razón democrática y la Constitución, un
político como el Obispo de Valencia que ha sido elegido a dedo por su Jefe de
Estado? Ya es hora de que el Vaticano se democratice y el Papa, la Curia y el Episcopado
(palabras del Imperio Romano que se corresponden con las
actuales Presidente, Gobierno y Embajada) sean elegidos por la Iglesia cada 4 años y no
por una cúpula cada generación. Iglesia y Jerarquía son cosas distintas. Así,
cristianos de verdad como, entre otros, “Somos Iglesia” -redes donde participan
hasta 150 colectivos de todo el estado español y que nada tienen que ver con
estos señores de negro- podrían opinar y decidir. En
segundo lugar, tenemos el eufemismo de “familia cristiana” (nombre por cierto
de una revista del Opus). La familia cristiana no
existe. Lo que se conoce como tal es la familia tradicional, una evolución
habida en las relaciones parentales surgida con los
estoicos antes de Cristo y que el Cristianismo como Religión Oficial del
Imperio con Constantino transmitió a la posteridad como una nueva forma de
familia. La familia cristiana nuclear en la que engañosamente se dibujan la Virgen, San José y el Niño
es una creación fantástica de la teología canónica. El colmo, en la crítica del
integrismo radical católico a propósito
de la familia tradicional, es que se diga que el Estado español destruye ésta
cuando lo que hace es protegerla y proteger además, a otros modelos de familia
que los nuevos tiempos -como confirma la sociología- han traído, como la
monoparental o la homosexual.
Sobre
la lacra histórica del Concordato Estado Vaticano-Estado Español (no
Iglesia-Estado) hay que decir que un Estado no debe inmiscuirse en el otro, y
menos si es subvencionado.