De Civitate Dei (y II)
Agapito
de Cruz Franco
Para el Concordato -y la subida del 34% de
financiación por parte del Gobierno-, no hay razones históricas, sociales,
culturales, educativas o de propiedad de la Iglesia de Roma. Ocurre lo propio con la
musulmana y judía. O las cristianas visigótica, mozárabe y protestante.
Perseguidas por aquella. Claramente separadas del Estado. Sin subvención
alguna.
La defensa de intereses creados, riquezas,
prebendas o privilegios, ha estado siempre tras los conflictos religiosos
¿Anticlericalismo? Supuestamente procedente de la Guerra de la Independencia cuando
algunos curas enardecían al pueblo para, bajo la defensa de la patria, esconder
la pérdida de su status, continuó hasta la Guerra Civil. La
beatificación de los 498 caídos del bando franquista es parte de la
manipulación. Pero el anticlericalismo no existe. Si acaso, a quien se podría
adjetivar como anticlerical, como contrario a la Iglesia y en beneficio de
una ideología, sería a gran parte de la Conferencia Episcopal
y de la Jerarquía.
De hecho, su teología integrista se ha acercado a la conservadora religión
ortodoxa y a las posturas teológicas del fundamentalismo islámico. Olvidándose
de su carácter universal -católico- ha proyectado el cisma del Siglo XXI.
Recogieron velas con Juan Pablo II, tras la extraña muerte de Juan
Pablo I, tomando partido por una ideología y
no por el Evangelio. Basado en el Amor y la Pobreza. No en la Obediencia y la
represión sexual. A años luz del Concilio Vaticano II y de Juan XXIII,
coexisten dos Iglesias Católicas. Una la de los verdaderos cristianos. La otra,
la integrista, que, abriendo una brecha en su seno, ha vuelto a dar la espalda
a la Iglesia
en la Santa Misa.
Hay rasgos patéticos en esta ideología retrógrada: la irresponsabilidad -ante
el SIDA- de prohibir el preservativo; la condena de las relaciones sexuales
extramatrimoniales (Jesucristo sería hoy crucificado si se demostrara su
relación con la Magdalena);
el no rechazar oficialmente en su legislación canónica la Pena de Muerte; el apoyo
expreso a la Guerra
de muchos de sus Obispos; la intolerancia -en lugar del perdón y caridad
evangélica-; la confusión entre educación y proselitismo; la cercanía política
a la extrema derecha, el constante goteo de pedófilos,
etc. El Obispo de Tenerife, Bernardo Alvarez ha
identificado escandalosamente homosexualidad con pederastia: "Sólo un 6%
de los homosexuales se deben a cuestiones biológicas; no hay que confundir la
homosexualidad como necesidad existencial de una persona, con la que es
practicada como vicio. La persona practica, como podría practicar el abuso de
menores".
Para disculpar los abusos cometidos por sacerdotes: "Hay adolescentes de
13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo, y, además,
deseándolo. Incluso si te descuidas, te provocan". El Cónsul del
Vaticano llevó su razonamiento hasta lo estrafalario al relacionar
homosexualidad y decadencia de civilizaciones. Hubiera completado su esperpéntico
discurso con la necesidad de echar abajo la Basílica de San Pedro proyectada por la mente de
un homosexual, Miguel Angel Buonarroti, el genial creador de La Piedad, el David o la Capilla Sixtina
y a las que el Sr. Alvarez le metería piqueta.
Por sus hechos los conocerán, dice el Evangelio. Si Jesucristo volviera,
empuñaría de nuevo el látigo para expulsar del Templo a tantos mercaderes: la COPE, Popular TV, Estado
Vaticano, Banca Ambrosiana, riquezas y propiedades inmobiliarias... "Dos
amores construyeron dos ciudades" comienza San Agustín "La Ciudad de Dios"
("De Civitate Dei")
Para continuar el Padre de la
Iglesia: "Los ciudadanos de la ciudad terrena están
dominados por una necia ambición de dominio que los induce a subyugar a los
demás: los ciudadanos de la ciudad celestial se ofrecen uno a otro con espíritu
de caridad y respetan dócilmente los deberes de la disciplina social".
Y termina con una visión de libertad, paz, reposo y contemplación del sumo
bien: "Ibi vacabimus
et videbimus, videbimus et amabimus, amabimus et laudabintus". Los cristianos tienen la palabra. Y la
acción. Ad maioren Dei gloriam.