El despertar
Juan
Manuel García Ramos
Se me ocurrió escribir sobre el despertar
cuando me encontré estos días con un caracol intruso subiendo por la puerta de
mi casa camino de una sombra amiga. Estábamos en los treinta y cuatro grados de
temperatura y el que no se escondía tiempo tenía.
Cuando fui a escribir sobre el caracol dudé entre llamarlo babosa o chuchanga,
pues todos esos rótulos me han acompañado a lo largo de la vida. Los canarios
llamamos a las cosas con las palabras de la infancia y luego descubrimos que o
la infancia estaba equivocada o las cosas no eran lo que parecían. El lenguaje
se escurre y nos crea la indecisión de los pueblos que no se sienten auténticos
progenitores de su lengua y se acomplejan a la hora de pronunciarse.
El instinto de conversación siempre limitado por nuestro instinto de
conservación, de prudencia ante el otro. De ahí el laconismo de nuestros
campesinos: sólo hablan cuando están seguros de lo que van a decir. Y de ahí
también la desconfianza ante el exceso verbal: "Mucho chau-chau y poco hace-hace". Ya podían aprender de ellos
tantos blogueros actuales que han hecho de la palabra
una mercancía en permanente rebaja.
Pero se trataba de que nos ocupáramos del despertar y no sólo fue el
caracol-babosa-chuchanga luchando desde su vulnerabilidad por salvarse de la
quema el que me incitó a ello, sino también una encuesta realizada por la
empresa Ad Hoc para la multinacional Phillips sobre "¿Cómo se despiertan los
españoles?". Dice ese curioso sondeo que los días laborables nos cuesta
despertarnos más, sobre todo a los canarios, pues un 70% lo hace a
regañadientes. Otra cosa son los fines de semana, cuando nos encontramos más
dispuestos a saltar de la cama. Parecidas reacciones tenemos también ante las
distintas épocas del año: en primavera y verano despertamos con mejor humor que
en otoño e invierno.
¿Y qué es lo primero que le gusta hacer a la gente al despertar? Pues practicar
sexo, en especial los hombres; el 43% de las mujeres prefieren desayunar de
forma sana y relajada. Por comunidades autónomas, los primeros que optan por el
sexo son los madrileños y los canarios; catalanes y gallegos, como el género
femenino, también se inclinan por un buen desayuno. No veo en esa encuesta lo
que se opina desde la edad adulta o desde algunas creencias religiosas, y digo
esto último porque leyendo una entrevista con el Dalai
Lama, el simpático Tenzin Gyatso,
me resultó sorprendente una respuesta que da al periodista de turno.
Dice el Dalai Lama en esas páginas que suele madrugar
mucho y que siempre se despierta hambriento: "Siempre que me despierto, lo
primero que siento es hambre, porque la noche anterior nunca he cenado. Un
monje budista no vuelve a hacer una comida, propiamente dicha, desde la hora
del almuerzo... Mi hermano pequeño -sigue aclarándonos Su Santidad- me toma el
pelo a veces diciéndome que el motivo real de que madrugue no es para rezar,
¡sino para desayunar!".
Que sinceridad tan hermosa la de este religioso, hoy tan preocupado además por
contribuir con sosiego a que el despertar de su pueblo tibetano ante el
totalitarismo chino no sea tan violento como hemos comprobado las últimas
semanas. Los pueblos también tienen sus despertares y el Tíbet
llevaba dormido desde 1950, cuando fue ocupado ilegalmente por China. Según
reconoció
En el ámbito de las sesiones plenarias de
Estas semanas últimas, el Tíbet ha vuelto a despertar
con el sueño de ser libre, y su máximo guía espiritual y político ha vuelto a
pedir paz en un ambiente de máxima tensión entre tibetanos y chinos.
El hambre de los desayunos del Dalai Lama es un estímulo
para madrugar, como el ansia de libertad de los pueblos los anima a ponerse en
marcha a pesar de los genocidios culturales y humanos sufridos. Nos vamos con
facilidad por las ramas cuando hablamos del despertar y nunca tan oportuna esa
frase hecha para seguir hablando de lo mismo.
La primavera insular es una fiesta en las ramas de nuestras jacarandas con sus
flores azul violetas, en las flores rojas de los flamboyanes, en las rojizas
anaranjadas de los tuliperos de Gabón o en las amarillas o azafranes de las
frescas acacias. En las fragancias del azahar de los naranjos o del jazmín de
noche. En el arrullo excitante de las tórtolas comunes o en los trinos de los
mirlos inquietos.
La primavera es la fiesta del despertar. Hasta mi caracol humilde ha roto los
tabiques de sus espesas babas a la puerta de su concha y se ha puesto en acción
sin pensar que los calores iban a ser tan intensos como inesperados.
Todo recomienza cada año con la primavera, incluso nuestras ganas de escribir
cada semana sobre lo que buenamente se nos ocurra y nuestros directores nos
permitan. No están los tiempos para demasiados optimismos, pero habrá que
seguir creyendo en nuestras propias fuerzas, porque nunca nos abandonan si
somos capaces de enfrentar adversidades tan injustas como las aludidas del
pueblo tibetano. No importa lo que nos apetezca más a la primera hora de la
mañana, si hacer sexo o irnos a desayunar con todo el apetito del que seamos
capaces.
El hambre no es sólo la mejor de las salsas, sino el antidepresivo más
eficiente. El hambre y el amor, pues ambos nos vuelven algo menos cobardes a la
hora de mirar al mundo cara a cara. Como un curso y recurso del que somos
protagonistas indefensos, un agotarse y comenzar con nuevos bríos.
Llegamos ya a mayo y el mundo entero se dispone a celebrar o a impugnar lo que
significó ese mes en el año 1968.
Otro recomienzo de los tiempos con su creatividad a cuestas: "Pidamos lo
imposible", se gritaba en las calles de París tras las barricadas, con la grandeur de De Gaulle desplazada
por el anticapitalismo de Herbert Marcuse,
en un primer momento romántico.
Luego el Partido Comunista Francés y los sindicatos galos terminaron llamando
golfos a los estudiantes que habían protagonizado la insurrección de izquierdas
más atractiva desde
Hoy muchos de aquellos aguerridos alumnos de Nanterre
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