Duopolio político

 

Juan Manuel García Ramos

 

El duopolio político entre el PSOE y el PP en la España de nuestros días no hace sino acrecentarse y convertirse cada vez más en una dicotomía imparable, en la división de una sociedad que sigue al pie de la letra lo programado por esas dos grandes organizaciones políticas: memoria histórica, por un lado, y beatificación vaticana, por el otro; diálogo con ETA sí y diálogo con ETA no; olita republicana socialista y convicción monárquica conservadora; guerra de Irak no y guerra de Irak dudas; periódico El País -por lo menos hasta ayer; hoy Público, el diario de Mediapro- y periódico El Mundo; Estados Unidos no y Estados Unidos sí; cambio climático sí y cambio climático más que dudas; defensa del Estatuto catalán y Estatuto catalán recurrido en el Tribunal Constitucional (o en lo que queda de él); cadena SER y cadena COPE.


La confrontación permanente no cesa entre PSOE y PP y nos deja, a los que no pertenecemos al ámbito ideológico de esos dos partidos, como espectadores mudos de una batalla dialéctica en la que ni entramos ni salimos. ¿Qué hacer?


Estoy cansado de zafarme de esos debates estériles y de aconsejar a mis amigos más íntimos que no caigan en esa trampa.


En cuanto a la memoria histórica, me quedo con algunas tesis que hablan del esfuerzo hecho durante la transición post-franquista por dirigentes políticos de todo signo y por partidos de toda condición para superar un periodo histórico del que todos fueron culpables aunque algunos fueran más culpables que otros, entre ellos el general que fue contra la legitimidad política establecida, todo hay que decirlo. ¿Empleamos la balanza?


Don Salvador de Madariaga nos dejó escrito que la Guerra Civil española empezó en 1934 con la guerra civil del PSOE de Indalecio Prieto y de Largo Caballero y se quedó tan tranquilo. Lo demás fue pura consecuencia. Un largo listado de errores de todas partes con los resultados nefastos que todos conocemos. ¿Volvemos sobre ellos? ¿De verdad?


¿Ponemos en cuestión la monarquía juancarlista y promovemos una republicanización de la vida pública española?


Si algunos creen firmemente en una Alianza de las Civilizaciones, ¿por qué no retirar las fuerzas armadas españolas de todas las guerras ajenas?


¿Qué periódico madrileño leemos para enterarnos de lo que realmente pasa: El País, El Mundo, Público?


¿Nos seguimos llevando mal con Estados Unidos y dejamos que la Casa Blanca siga potenciando a Marruecos como árbitro del Mediterráneo occidental?


¿Y el cambio climático? ¿Nos comprometemos en este nuevo Apocalipsis o descendemos a los datos objetivos?


Si les digo la verdad, de todos los asuntos propuestos, me interesa en especial éste por lo que puede amargarle la vida a la gente que se queda con la superficialidad de las noticias.


Se trata de no caer presa del pánico que nos inspira toda la cruzada de Al Gore y seguidores, como ya escribimos aquí con anterioridad y ahora volvemos a repetir con motivo del revival Gore.


Quizá el término medio de todo este nuevo problema (?) lo representen posturas como la de Claude Allègre, ministro de Educación de Francia entre 1997 y 2000, y autor de un libro que vale la pena leer con detenimiento: La sociedad vulnerable. Doce retos de política científica (Barcelona, Paidós, 2007). No me canso de recomendarlo.


Para Allègre, las amenazas climáticas no son tales amenazas y todo lo que rodea al sacralizado Protocolo de Kyoto está impregnado de dosis considerables de cinismo internacional y de demagogia.


Los teóricos del clima, ayudados de potentes ordenadores, previeron en 1970 aumentos de temperatura significativos en la superficie del globo. En esos años setenta hablaron de un ascenso de cinco grados de media para el año 2000. Llegó el 2000 e incluso hemos pasado por encima de él y aquellas predicciones resultaron ser falsas. He dicho falsas. La temperatura del globo se elevó hasta 2004 un máximo de 0,1 grados, es decir, cincuenta veces menos de lo previsto.


Se sabe que en el periodo Ordoviciano, hace cuatrocientos millones de años, la Tierra experimentó altas temperaturas debido a que los volcanes entonces cubrían toda la superficie terrestre y arrojaban a la atmósfera dióxido de carbono y otros gases captores de calor solar.


Aún hoy, la contaminación volcánica -unida a otros fenómenos naturales, como los terremotos- es la responsable de casi el 90 % de toda la contaminación atmosférica y sólo le queda al hombre un pequeño tanto por ciento de posible culpabilidad.


No obstante, Allègre se atiene a lo que él llama "algunos hechos sólidos": 1) El contenido de gas carbónico crece en la atmósfera; 2) El ser humano seguramente está detrás de esa evolución, aunque los archivos glaciares ya indican aumentos comparables o superiores cuando en la superficie del globo sólo había hombres prehistóricos; 3) El mecanismo físico del efecto invernadero es incontestable y, por tanto, el aumento del gas carbónico tendrá consecuencias sobre nuestro clima.


¿Qué consecuencias?


Allègre se arrima a la ciencia. A lo comprobado hasta hoy. Y nos cita las investigaciones de Anny Cazenave, del observatorio de Toulouse, especializada en materias como las referidas más arriba. El resultado de sus trabajos a partir de los satélites durante los últimos diez años es que el nivel del mar aumenta 2,5 milímetros al año, en decir, en cien años, ¡veinticinco centímetros!


En cuanto al protocolo de Kyoto, todos sabemos que se proponía reducir la emisión de gas carbónico en al menos un 5 % con respecto al nivel de 1990.


Según Claude Allègre, los europeos han aprobado Kyoto, pero no lo aplican. Los estadounidenses lo rechazaron hasta ayer mismo. Los rusos y los chinos también. Los chinos se niegan a frenar su desarrollo económico e industrial después de comprobar cómo Occidente ha contaminado el planeta a causa de un productivismo temerario. Ahora, dicen, les toca a ellos. Allègre se pregunta al final de su libro si no estaremos entrando en lo que algunos llaman la "civilización posthumana", el despertar de un sentimiento anticiencia propagado por los movimientos verdes más fanatizados, un culto tontorrón por todo lo natural. Allègre nos recuerda cómo el ser humano y la civilización liderada por él fueron capaces de reducir la crueldad y la brutalidad de las leyes de la Naturaleza.


¿Seguimos cayendo en los debates impuestos por el duopolio político español o nos dedicamos a frenar la pobreza mundial, las pandemias, las migraciones suicidas o la insolidaridad generalizada entre los distintos pueblos de esta Tierra ancha y ajena? ¿O nos centramos simplemente en volver nuestra vista y nuestras preocupaciones hacia esta Canarias en la que habitamos?


He recordado aquí algunas de mis viejas palabras para recuperar la frescura de nuestra mirada sobre el mundo y para no dejarme influir ni avasallar por las cuestiones que otros me impongan con intenciones inconfesables. ¿De qué se trata: de ganar como sea las próximas elecciones generales?