El Ecuador y
la democracia en América Latina
Manuel
Medina Ortega *
El
Ecuador es un país que debería ser bien conocido en España, no sólo por los
tres siglos que vivimos en común y la impronta que dejó allí nuestra cultura sino
también por la importancia de la colonia ecuatoriana que vive y trabaja hoy con
nosotros. Sin embargo, para muchos españoles se trata de poco más que un
nombre, reconocible por las postales andinas y por la protección que otorga a
las especies biológicas en el archipiélago de las Galápagos.
Acabo
de participar en una misión de observación electoral del Parlamento Europeo en
Quito que, al objeto de seguir el referéndum para la aprobación de la nueva
Constitución el pasado 28 de septiembre, me ha permitido acercarme a la
realidad política, económica y social de esta república latinoamericana.
Ecuador
comparte con Colombia y Perú una división geográfica en tres zonas: la costera,
la andina y la amazónica. Unos quince millones de habitantes ocupan una superficie
algo mayor que la mitad de España, pero que cuenta con importantes recursos
naturales, desde el petróleo y minerales varios hasta cultivos como el cacao y
el plátano, explotando también recursos marinos como la gamba. A las riquezas
naturales hay que añadir un importante patrimonio artístico y monumental, que
va desde restos arqueológicos hasta el muy español casco histórico de Quito,
que fue el primer conjunto urbano al que
Entre
las características distintivas del Ecuador se encuentra su pluralismo étnico.
Descendientes de aborígenes americanos, colonos europeos y esclavos negros
africanos conviven entre sí y han constituido una sociedad mestiza muy
tolerante. Ahora bien, el mestizaje no ha conseguido superar las diferencias de
clase, con una profunda división en niveles de renta y formación cultural, que favorece
en general a los descendientes de europeos y tiende a perjudicar a los estratos
sociales formados por descendientes de indígenas y de esclavos africanos o de
carácter mestizo o mulato.
Esta
diferenciación de estatutos sociales y económicos relacionados con el factor
étnico convierte a Ecuador en suelo abonado para los movimientos
revolucionarios reivindicativos apoyados en las capas más desfavorecidas de la
población que se van extendiendo por toda
Los
que venimos siguiendo la política latinoamericana sabemos que es difícil
generalizar sobre esta parte del mundo. Después de casi dos siglos de vida
independiente, cada país ha ido adquiriendo una idiosincrasia propia. Ecuador
se caracteriza por la naturaleza pacífica de sus habitantes. A pesar de que el
país ha tenido ya veinte constituciones en 180 años y de que pocos presidentes
han agotado su mandato, la violencia es apenas conocida. Los cambios de
gobierno se producen mediante golpes palaciegos, sin derramamiento de sangre.
Las calles de Quito, por lo demás, son hoy tan seguras como las de cualquier ciudad
europea y el nivel de delincuencia no es superior al
que tenemos aquí.
Otra
característica de la sociedad ecuatoriana es la alta valoración que otorga a
los principios democráticos. Los ecuatorianos acuden con frecuencia a las
urnas, mantienen un alto grado de libertad de prensa y están siempre dispuestos
a salir a la calle para protestar contra cualquier gobierno que consideren que
pretende atentar contra los principios de la democracia o los derechos de las
comunidades étnicas.
Los
de
El
resultado fue el que anunciaban las encuestas: un triunfo arrollador del
Movimiento País, acaudillado por Rafael Correa, y una derrota de los
partidarios del no, entre los que se encontraba, por cierto, la muy poderosa
Iglesia ecuatoriana, a pesar de la declarada confesionalidad católica del
presidente Correa.
El
proceso electoral demostró el arraigo de la democracia y el carácter pacífico
del pueblo ecuatoriano. Desde Europa, sólo podemos esperar que la nueva
Constitución ayude a Ecuador a superar sus contradicciones económicas y
sociales, de modo que sus habitantes dejen de verse obligados en el futuro a
abandonar su país para alcanzar un nivel digno de vida. Esta segunda parte no
es fácil, sobre todo en la actual coyuntura internacional, pero los europeos
podremos contribuir de algún modo a ayudar al desarrollo económico del país.
* Manuel Medina Ortega es diputado del Parlamento Europeo
por el PSOE.
Fuente: diariodeavisos