El plazo apremia
SI ALGUIEN TENÍA
DUDAS sobre el trato que desde hace siglos recibe Canarias por parte del poder
estatal, lo ocurrido esta semana con la reforma del Estatuto de Autonomía es
una prueba bastante evidente de lo que las Islas representan para Madrid. El
hecho de que Canarias sea la única Comunidad que no ha logrado sacar adelante
en las Cortes su proyecto de reforma y tenga que volver a elaborar un texto
alternativo es una muestra más de que somos un país sometido y colonizado,
política y administrativamente.
No es que el rechazo
nos cause una gran desazón, al contrario, nos alegramos de que haya sido así,
pues desde un principio advertimos de que no estábamos satisfechos con su
contenido. No sólo porque no eliminaba las humillaciones a Tenerife recogidas
en su preámbulo, sino porque las modificaciones realizadas, copiando en muchos
casos a catalanes y andaluces, no nos concedían las competencias y libertad que
este Archipiélago necesita para quitarse de encima el yugo de un Estado que nos
sigue tratando como una colonia situada a miles de kilómetros. Su fracaso, tal
y como expusimos en un Editorial el pasado jueves, es una buena oportunidad
para elaborar un documento que otorgue a Canarias lo que precisa. Y no se
trata, como dicen algunos, de romper abruptamente con España, país hermano al
que siempre nos unirán lazos afectivos, culturales, económicos…, sino de
redactar un estatuto especialísimo que haga justicia con este territorio
alejado, cuya naturaleza nada tiene que ver con el resto del territorio
peninsular, y ponga las bases para lo que realmente es y necesita: el país
canario y su soberanía, sencillamente. Y sin recelos ni estridencias, porque la
lógica y la razón, un mandato universal y la libertad y dignidad humana y de
los pueblos, lo exigen. Ya.
Se trata, en
definitiva, de dotar a Canarias de los mecanismos necesarios para, entre otras
cuestiones, poder regular la entrada de foráneos, sus aguas, sus puertos y
aeropuertos y su economía. Las Islas disponen de recursos suficientes para
desarrollar una economía próspera: turismo, construcción y agricultura, por
citar sólo algunos sectores, y podría, por qué no, al igual que otros
territorios de su tamaño o más pequeños (Irlanda, Shanghai,
Hong Kong, Singapur), ser
un referente en el campo de las nuevas tecnologías. Más teniendo en cuenta que
estamos hablando de un Archipiélago situado en un enclave singular y
estratégico con unas condiciones climatológicas envidiables y un sol que nos
puede asegurar el turismo si este sector se trata con mimo e inteligencia. Sólo
hay que ejercer lo que desde antiguo ha sido considerada la principal fuente de
riqueza de cualquier pueblo, el trabajo, el trabajo bien hecho, por supuesto.
Hay quien considera
que aspirar a conseguir este estatus es descabellado y no se recatan en
criticar abiertamente nuestro planteamiento. Quizás porque desconocen la
idiosincrasia de los canarios o simple y llanamente quieren limitar los deseos
de libertad de este pueblo. Algunos hablan de amenazas y del peligro de ser
invadidos –cobardes catastrofistas–, sin tener en
cuenta que el hecho de ser libres no significa estar desprotegidos –Puerto
Rico, Estado Libre Asociado, no tiene ejército, Costa Rica, tampoco, y Suiza,
sólo milicias–, pues Canarias, por su posición
estratégica, podría continuar bajo el paraguas de
También hay quien
quiere romper nuestras reglas de juego para impedir que Canarias logre esa anhelada libertad, sin ser conscientes de que la
lógica y la razón terminarán por imponerse. Es difícil comprender que algunos
políticos pierdan el tiempo, nuestro tiempo, con cartas marcadas y anticuadas en
lugar de buscar lo que el pueblo les demanda. Ese estatuto especialísimo que
venimos exigiendo tendría que terminar con tanta chatarra política y, de paso,
arrastrar la periodística para evitar que sigan haciendo daño al Archipiélago
y, sobre todo, a Tenerife.
No se trata,
insistimos, de romper abruptamente con el Estado, sino de apoyarse en los
medios y disposiciones nacionales e internacionales para que Canarias pueda
desarrollar, por ejemplo, sus propias relaciones diplomáticas y, a través de
ellas, conseguir que antes de 2010, sin violencia ni estridencias, repetimos,
con la razón y la palabra, se aplique la ley de libertad de los pueblos y que
los canarios alcancemos ese anhelo de siglos de no tener más amo que nosotros
mismos. Por todo ello, y en paralelo a la elaboración de la nueva reforma del
Estatuto de Autonomía se deben hacer las gestiones que sean precisas ante el
Comité de Descolonización de
Hasta hoy, nunca hemos hablado de independencia, de separatismo,
de crear un nuevo estado. Tan sólo hemos mencionado términos como soberanía,
colonia o país canario. Y nadie nos podrá negar que Canarias, desde que hace
seis siglos gente acorazada acabara con casi todos los aborígenes, ha sido
tratada como una colonia y ha vivido sometida y dominada. El simple
hecho de no ser un territorio continental, peninsular, sino un archipiélago
alejado, invalida que se trate a las Islas como una región o una comunidad
autónoma más. Si hasta ahora ha sido así es por mantener ligadas
a las Islas al Estado a través de una burda trampa política. Sin embargo, ha
llegado la hora de decir basta y recobrar la identidad y libertad de este
pueblo, administrando bien y honradamente nuestra riqueza material y humana.
Para ello hace falta
un estatuto especialísimo y no como el que ahora acaba de fracasar en las
Cortes, que en ciertos ambientes ya se había comparado a una
"pepona", por su inutilidad para otorgar a Canarias la libertad y
competencias que necesita. Es preciso un nuevo texto que contemple la soberanía
como una meta real, factible y que prevea todos los pasos que haya que dar para
llegar a ese fin. En caso contrario, cómo vamos a poder seguir viviendo los
canarios en esta precaria situación, dependiendo de los caprichos de la
metrópoli y de cualquier chisgarabís político de Madrid.
Y aquí volvemos a
recordar que en 2010 ya es un mandato universal obligatorio, el de
Y no es una
apreciación a la que haya llegado sólo EL DÍA. Lo denunciaba el pasado
fin de semana en estas mismas páginas el presidente del Cabildo de Tenerife,
Ricardo Melchior, al afirmar que "nuestro archipiélago y, más
concretamente, esta Isla han debido afrontar en numerosas ocasiones el
abandono, cuando no el desdén, de quienes en un momento u otro de
El despertar al que se
refería no hace mucho en este periódico el presidente del Partido Nacionalista
Canario en Tenerife, Juan Jesús Ayala, está ocurriendo. Somos un país y se
llama Canarias. A pesar de algunos mentecatos periodistas y colaboradores de Prensa
que han surgido recientemente aludiendo al derecho internacional y creyendo que
están en posesión de la verdad, se nos trata como a una colonia para
desterrados y hay quien pretende mantenernos desunidos para que el Estado
continúe poniendo su pata encima de los canarios. Es precisamente esta
situación la que nos lleva a preguntarnos cuáles son esos argumentos poderosos
que nos obligan a obedecer a la madre patria si ella fue la que nos maltrató
siempre y ahora nos trata mucho peor. ¿Qué clase de ciudadanos somos si ante
España, Europa y el resto del mundo no somos nada definido? Queremos ser
nosotros mismos, como Malta, Cabo Verde, las Seychelles u otros territorios aún más pequeños que
nosotros repartidos por el globo terráqueo. Queremos seguir siendo europeos y
de raza guanche, porque nuestras raíces y cultura lo son, pero libres y
soberanos, para no seguir dependiendo de la metrópoli y de cualquier soberbio
situado a
La fórmula a elegir
para conseguir este anhelo del pueblo canario nos da igual. Algún estúpido ha
dicho que
Pedimos a los
nacionalistas de verdad, no a esos de diploma y manta esperancera,
que sólo usan esta etiqueta para medrar, presumir de escaño y recibir un buen
sueldo, que se replanteen qué clase de Estatuto pretenden hacer y reflexionen
sobre cuál es el fin último del nacionalismo: la soberanía. El presidente del
Gobierno canario debe ser realista y ver que el futuro está ahí mismo, y debe
iniciar cuanto antes las negociaciones necesarias para desbrozar el camino y
plantear allí donde fuera necesario nuestras aspiraciones. La política que se
desarrolla en la actualidad sólo conduce a la misma crispación, al mismo
sometimiento y obediencia a Madrid, al mismo palo y tentetieso. El plazo
apremia.[…]
Extracto del
Editorial de El Día, 14-10-2007