La humillación de un pueblo noble
Hay razones políticas, geográficas y sociales para
que Canarias sea un pueblo soberano y libre. Sin embargo, también es de suma
importancia en la consecución de este anhelo el recuerdo de nuestros
antepasados, y la consiguiente obligación que tenemos de honrar su memoria. Con
frecuencia nos hemos referido al genocidio que sufrió el pueblo guanche a manos
de las tropas regulares de Castilla, acompañadas por mercenarios y otras gentes
de la peor condición. Una vez vencidos, los aborígenes de estas Islas no fueron
tratados con la dignidad que reservaban los europeos para sus enemigos
continentales. Muchos de ellos fueron reducidos a la esclavitud y exhibidos,
como si fueran animales exóticos, en las cortes del Viejo Continente.
Como muestra,
transcribimos literalmente una parte del artículo publicado el pasado sábado en
el suplemento
Así trataban los
españoles a nuestros antepasados. Ese era el destino reservado para los
dirigentes de un pueblo que poseía su estructura familiar y social; un pueblo
que amaba a los suyos y que tenía sentimientos como cualquier persona creada
por Dios; es decir, creada libre. Sin embargo, para los Reyes Católicos eran
simples objetos de los que podían disponer según les viniese en gana. Nada les
impedía incluso regalarlos, si ese era su capricho del momento.
¿Podemos sentir
simpatía por quienes conquistaron esta tierra? ¿Podemos permanecer impasibles y
sumisos como esclavos resignados a su suerte, ante quienes consideraban a los
menceyes guanches como meras atracciones de feria, como simples bufones para
solazar el aburrimiento de los nobles europeos? ¿Qué dicen de todo esto los
enamorados de la españolidad?
Cada día, y sin
excepción, recibimos mensajes de apoyo de muchos canarios de bien que
consideran muy oportuna nuestra actual línea editorial. A todos ellos les
respondemos que es nuestra obligación, como tinerfeños y canarios, reivindicar
nuestro derecho a ser un pueblo libre y soberano. No obstante, algunos de estos
amigos que nos alientan consideran que vamos demasiado rápido. A lo cual
nosotros les preguntamos ¿por qué? ¿Por qué hemos de seguir esperando para
exigir lo que en derecho nos corresponde? Ya no estamos en el siglo XV sino en
el XXI. Seiscientos años de esclavitud son demasiados. ¿Cuánto tiempo más nos
toca esperar? ¿Quizá otros seis siglos? ¿Tal vez un milenio? […]
Extracto de
la Editorial de El Día, 15-07-2008