Para lograr esa libertad no
se puede permanecer con los brazos cruzados
Esta semana también hemos conocido, con motivo de
Hoy, casi todos los
países del mundo que fueron colonia se han emancipado y gozan de la libertad a
la que durante tantos años han aspirado, hecho que a
También Canarias, un
país distante y distinto, debe dejar de estar sometido
política y administrativamente. En este sentido, estamos convencidos de que
algún día, más pronto que tarde, recobrará la libertad que perdió un pueblo que
vivía pacíficamente. A propósito de esto, recordemos que Azores y Madeira eran
islas deshabitadas cuando llegaron los portugueses. Y si alguien aún tiene
dudas ahí está la historia que relata la vida del pueblo guanche y sus
menceyes, víctimas de los invasores. Por citar dos casos: Bentor,
en Los Realejos, y Tanausú, en
Claro está que para
lograr esa libertad no se puede permanecer con los brazos cruzados, sino que se
debe actuar. En primer lugar, lo hemos dicho en infinidad de ocasiones,
elaborando un estatuto especialísimo –ahora existe esa oportunidad– que abra las puertas a que esas aspiraciones
se hagan realidad no muy tarde. Al Gobierno de Canarias y a los sesenta
diputados que se sientan en los escaños del Parlamento les corresponde tomar la
iniciativa. A ellos, que muchas veces se les llena la boca hablando de las
necesidades de los ciudadanos o utilizan, tal vez con demasiada ligereza, el
término ciudadanía. Y todo ello de manera democrática, civilizada y pacífica,
muy diplomática. Pacíficamente, decimos.
Para aquellos que
todavía tengan dudas sobre lo que los canarios demandan, recomendamos la
lectura de la "Carta a Santa Cruz" de su alcalde, Miguel Zerolo, publicada el pasado domingo en EL DÍA. Según él,
ante tanto ninguneo y desprecio por parte de los dirigentes instalados en la
metrópoli, "los canarios están empezando a despertar y a decir un basta ya
que desde Coalición Canaria secundamos". Asegura Zerolo
que en CC "no es que nos estemos radicalizando, simplemente… hemos elevado
el tono y lo hacemos desde convicciones políticas constitucionales y que no descartan
procesos democráticos que dignifiquen a este país canario".
A juicio del alcalde
de Santa Cruz, si las Islas no reaccionan, corren el peligro de "acabar
plegadas a esa arbitrariedad interesada y política en forma de axioma que
defienden algunos socialistas, aquí y en Madrid, de que Canarias es parte de
una España de segunda clase; un mero botín electoral; una periferia, entonces
sí, radical".
No anda descaminado
Miguel Zerolo cuando alerta de esta situación, y en
estas mismas páginas no nos hemos cansado de advertirlo. Y aunque parece que
muchas veces caen en saco roto nuestros consejos –fruto de hacernos eco de lo
que los canarios reclaman– no tiramos la toalla,
porque estamos convencidos de que es nuestro deber.
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También queremos recomendar el artículo publicado hace siete días en
este periódico de nuestro colaborador Ramón Moreno Castilla, experto en Derecho
Internacional marítimo, que, en la misma línea de lo expuesto por Miguel Zerolo, llamaba la atención sobre la "sangrante y
cruda realidad de Canarias", pues, en su opinión, se trata de "¡una
monumental ficción político-jurídica!, que se corresponde con un demoníaco
entramado político-jurídico (¡ese falaz binomio!), que nos convierte en un caso
único y paradigmático del colonialismo mundial. No en vano, el Derecho
Internacional reconoce que, mientras España es una realidad europea, Canarias
es, inequívocamente, una realidad africana. Canarias no es España, al ser un
territorio de ultramar (más allá de… al otro lado de…). Otra cosa es que España
siga argumentando la soberanía política que todavía ejerce sobre este enclave;
argucia legal para dar validez a la apropiación de territorios por la fuerza de
las armas, como fue el caso flagrante de Canarias. ¿Sí o no?".
Sí nos preocupa, y no
podemos ocultarlo, que aún existan políticos, que se definen como
nacionalistas, que no tengan claro cuál debe ser su objetivo. Nos referimos,
por ejemplo, al presidente del Centro Canario (CCN), Ignacio González Santiago,
quien, lejos de buscar que Canarias alcance la libertad que reclama su pueblo,
anda enredado en pedir que el Gobierno del Estado incluya un ministerio
exclusivo para las Islas.
¿A qué juega el líder
del CCN? Si de verdad es nacionalista, algo que empezamos a dudar, lo que tiene
que conseguir es que Canarias llegue a ser un país
soberano, por la vía pacífica, política y diplomática. Ese es el objetivo del
nacionalismo y no lograr ministerios específicos para seguir sometidos a los
dictados de Madrid.
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Sólo el nacionalismo, no de etiqueta o manta esperancera,
puede hacernos personas dignas, no sometidas a políticos o a fuerzas de ningún
tipo. Teniendo claro este aspecto, es el momento de aprovechar el nuevo
proyecto de reforma del Estatuto de Autonomía propuesto por el presidente del
Gobierno canario, Paulino Rivero, para plantear un texto más sencillo. El
primer paso es corregir las injusticias que contiene el actual en su preámbulo
y que aquí hemos denominado las tres grandes mentiras –enumeración de las islas
por orden alfabético, el "gran" y el diseño del escudo–
para colocar a Tenerife y al resto de las islas donde se merecen. No hay
razones para mantener el "gran", a no ser que se pretenda romper la
concordia entre todos los canarios. Un estatuto que mantenga este término es
una infamia para el resto de las islas y sus redactores quedarán denostados de
por vida. No se puede repetir la hazaña del texto actual, que sólo beneficia a
Canaria.
El resto del mismo
podrá quedar reducido a dos artículos que estarán vigentes mientras se consigue
la libertad política y administrativa del Archipiélago. ¿Por qué tenemos que
continuar siendo una comunidad autónoma? ¿Porque una Constitución aprobada por
una mayoría de votantes continentales así lo dispone? Somos un archipiélago y
debemos ser autónomos, pero sin estar sujetos a ninguna autoridad política
ajena. Mantendremos lazos afectivos, pero queremos ser nosotros mismos, no
perder nuestra identidad de pueblo, nuestra manera de ser, es decir, que no nos
gobiernen desde miles de kilómetros, pues eso supone ser unos siervos de
cualquier chisgarabís instalado en Madrid que no conoce nuestra identidad,
nuestra idiosincrasia.
* Extracto del Editorial de El Día, 16-12-2007