Cargados de evidencias

 

Las últimas decisiones adoptadas por el Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero y los anuncios efectuados por algunos de sus ministros recientemente vienen a acentuar aún más la desangelada situación en que se encuentra Canarias con respecto al Estado[español]. El hecho de que las Islas se vayan a quedar con las migajas en el reparto de los Presupuestos Generales del Estado de 2008 y que el titular de Economía y Hacienda, lejos de rectificar, pretenda modificar algunos artículos de la Ley del Régimen Económico y Fiscal para no otorgar al Archipiélago lo que se merece son dos muestras más del trato colonial que desde Madrid se da a este territorio alejado. Si a eso unimos la negativa del Ejecutivo socialista a hacerse cargo de una parte de los menores extranjeros que arriban a las Islas en cayucos, pese a que Canarias no puede afrontar sola la atención de tanto joven inmigrante, y el poco eco que ha tenido en la Capital del Reino que el proyecto de reforma del Estatuto de Autonomía pase a mejor vida, algo impensable si hubiera sido otra la comunidad afectada, es muy difícil refutar que somos un país sometido política y administrativamente y que estamos tardando mucho en modificar el estatus de este Archipiélago para que pueda decidir por sí solo su futuro.

Ya hemos repetido hasta la saciedad que no se trata de romper de forma brusca con el Estado[español], sino de apoyarse en aquellos medios que están a nuestro alcance para que se haga justicia con estas Islas, situadas a 2.000 kilómetros de la metrópoli, pero con los mismos derechos o más que el resto del territorio peninsular. Y ahora que el proyecto de reforma del Estatuto de Autonomía tendrá que volver a elaborarse, es un buen momento para plantearse otros objetivos más ambiciosos. Entre ellos, dotar al Archipiélago de un estatuto especialísimo que recoja lo que Canarias precisa. […] ¿Reivindicar estas cosas es una apostasía o una realidad? ¿Es "independentismo"?  […] Están enrabietados por su fracaso profesional y empresarial y por el éxito y honradez política y de todas clases de este periódico, por su tinerfeñismo, por su canariedad... por su patriotismo.

Algunos se han jactado hasta la saciedad en censurar este planteamiento, que critican por descabellado, pero lo cierto es que cada vez hay más canarios que se suman a esta demanda y que no tienen ningún reparo en cuestionar la realidad actual de las Islas respecto a sus relaciones con el Estado. Así, en los últimos días hemos podido leer en otro medio de comunicación de las Islas como abiertamente se decía que "Canarias es, desgraciadamente, una insostenible colonia", debido a "una impuesta presencia española en nuestro Archipiélago, sustentada por la parafernalia del aparato del Estado que opera en Canarias; presente, por otra parte, en todos los estamentos de nuestra sociedad, e infiltrado en casi todos los partidos políticos nacionalistas. Y con la argucia de ir modificando el modelo político-administrativo; situación que es apuntalada mediante el decimonónico y ya periclitado de "soberanía política" (subterfugio legal para dar validez a la apropiación de territorios, práctica muy común en aquella época), contrario y opuesto al criterio emergente de "localización geográfica" consagrado en el Derecho Internacional contemporáneo. Y para obviar este precepto, que obliga a la potencia colonizadora, España esgrime ese manido "pretexto constitucional", consistente en seguir afirmando que "Canarias es española"; cantinela que no se sostiene en pleno siglo XXI, ¡se diga lo que se diga, o se pongan como se pongan!"

No estamos solos y, al igual que la lluvia fina va calando poco a poco, este sentimiento de rechazo a una situación del todo injusta cada día es más evidente, aunque determinados alcahuetes prefieran hacer oídos sordos y taparse los ojos. Cierto es que el comportamiento de determinados políticos de la metrópoli, en lugar de aplacar este disgusto lo está acrecentando. Uno de los ejemplos más sangrantes es el del vicepresidente segundo y ministro de Economía y Hacienda del Gobierno de España, Pedro Solbes, quien no satisfecho con haber ninguneado a Canarias en la negociación de los Presupuestos Generales del Estado de 2008, donde las Islas no alcanzarán ni siquiera la media de la inversión estatal, ha anunciado ya que está barajando la posibilidad de cambiar la Ley del Régimen Económico y Fiscal (REF) de Canarias para eliminar aquellos preceptos que obligan al Estado a que el Archipiélago reciba precisamente lo mismo que la media del resto de las comunidades autónomas.

¿Cómo se puede calificar este dislate del hombre que maneja las cuentas en el Gobierno de Zapatero? En una primera valoración podría definirse como una auténtica tomadura de pelo, pero si vamos un poco más allá, nos daremos cuenta de que la actitud del ministro de Economía y Hacienda, que pasa por ser una de las personas más sensatas del Ejecutivo socialista, refleja la poca importancia que para el Estado tienen las Islas. Y eso no se puede consentir. Se diga lo que se diga o se pongan como se pongan. Aquí o allá. No hay que olvidar que esos artículos que el señor Solbes pretende eliminar tienen como principal finalidad garantizar que la lejanía e insularidad de Canarias, que la convierten en región ultraperiférica de la Unión Europea, son compensadas a través de políticas específicas y suficientes, y el establecimiento de "un conjunto estable de medidas económicas y fiscales encaminadas a promover el desarrollo económico y social del Archipiélago. ¿Por qué si en Bruselas ven bien este tipo de disposiciones en Madrid ocurre lo contrario? ¿No será que a los hombres de la metrópoli les importa un bledo el desarrollo e integración de este territorio alejado que sólo visitan la época estival para pasar las vacaciones o durante las campañas electorales con el fin de arañar un puñado de votos? ¿Tan pobre concepto tienen de nosotros que son capaces –lo del REF es una demostración– hasta de saltarse las leyes?

¿A qué estamos esperando para solicitar lo que nos pertenece y quitarnos de encima el yugo de un Estado que nos sigue tratando como a una colonia situada a miles de kilómetros? Es hora de que los partidos llamados nacionalistas justifiquen que lo son de verdad; no, como hemos dicho otras veces, de diploma y manta esperancera. Y en este sentido reproducimos un párrafo del artículo del presidente del Partido Nacionalista Canario en Tenerife, Juan Jesús Ayala, publicado el pasado sábado en EL DÍA bajo el título "El nacionalismo o la nación como meta". Según el citado autor, "…la verdadera enjundia del nacionalismo es mirar hacia delante, hacia el futuro. De ahí que la meta de cualquier nacionalismo cívico sea ésa, la construcción de un territorio como nación. Se sabe de las acechanzas y traiciones que han tenido a lo largo de su existencia los pueblos para hacerse a sí mismos. No cabe duda de que el primer paso tiene que ser la consecución de un autogobierno, lo que, a pesar de las promesas de los que dirigen la política desde más allá, se trunca, se desvirtúa y se adormece (ahí el ejemplo del varapalo que se le ha dado desde Madrid al Estatuto de Canarias). Pero la realidad de los pueblos es más tozuda que los que intentan que sea todo lo contrario".

Todo un decálogo, tanto para los que presumen de ser nacionalistas como para aquellos que no lo son pero están de acuerdo con que es necesario cambiar el estatus actual de Canarias. Lo apuntamos en el Editorial publicado hace una semana, el tiempo apremia y hay que aprovechar la oportunidad que la actual coyuntura nacional e internacional nos ofrece para buscar una fórmula que satisfaga los anhelos de un pueblo que se siente humillado con la conducta de un Estado colonial.

*** *** ***

Lo hemos repetido casi a diario, es distinto ser peninsular que ser godo. El primero trabaja por y para Canarias, nos comprende y forma parte de nuestra familia. Otra cosa es el godo, que sólo piensa en sí mismo y en sacar el máximo provecho de las Islas, sin importarle nada lo de aquí. Esto los canarios lo comprenden, salvo los perros que ladran porque EL DÍA está muy alto y ellos están y son bajos. Entre ellos cabe destacar a tres, pedantes, petulantes, estúpidos y fracasados, que han ocupado cargos de responsabilidad en algunos medios de comunicación y que ahora se dedican a acusar de racista, xenófobo, independentista y muchas cosas más a este periódico. En esta Casa hemos soportado a un par de ellos y afortunadamente ya no están con nosotros porque no los queríamos. Otros siguen en la profesión porque sus empresas, nobles y honradas, no han podido deshacerse de ellos. Son periodistas godos. Sí, godos, con las cinco letras.

Ante ciertas acusaciones queremos dejar claro un aspecto. En una cosa si somos independentistas, en que somos independientes. EL DÍA no pertenece a ninguna empresa ajena a este sector. Ahí sí que somos independientes y podemos decirlo con la cabeza muy alta porque los lectores saben que nuestras páginas están abiertas a todo tipo de opiniones, al igual que por razón, historia y ansias de libertad, tenemos la independencia suficiente para expresar que queremos ser nosotros mismos, personas dignas y libres. Por ello, insistimos en que ser nacionalista no es tener un diploma u ocupar un escaño, sino es un fin, la soberanía. A eso aspiramos, de forma pacífica y dentro del plazo que ha señalado el mandato universal a aquellos países que dependen política y administrativamente de la metrópoli para que puedan ser libres. Y, por tanto, seres humanos y dignos, no sometidos a presiones, ni a mandos ejercidos desde muy larga distancia. Ser libres, nosotros mismos.

 

Extracto del Editorial de El Día, 21-10-2007