¿Por qué no se atreve, don Paulino?
Decía el general
Franco que Gibraltar caería en manos españolas,
cuando llegase el momento, como fruta madura. La realidad es que Gibraltar sigue bajo dominio británico, no sabemos durante
cuánto tiempo. Quizá nunca retorne a España. Lo cual es injusto, porque se
trata de un territorio español colonizado por una potencia extranjera. La única
colonia que queda en Europa. Sin embargo, a España no le asiste ningún derecho
a reclamar la soberanía sobre el Peñón mientras le siga negando a los canarios
la que le corresponde como isleños y como descendientes de un pueblo, hemos de
recordarlo siempre, que fue masacrado durante una conquista brutal. Desde hace
seis siglos vivimos no como ciudadanos libres sino como personas sometidas.
¿Hasta cuándo seguiremos gobernados por la Metrópoli? Pues, sencillamente, hasta que
tengamos la valentía de reclamar lo que nos pertenece.
Respetamos a España y
a los españoles porque nos han dado su lengua y su cultura, pero no somos
españoles sino los legítimos herederos de una tierra que perteneció a un pueblo
diezmado y esclavizado. Sólo por esa circunstancia nos asiste el derecho divino
a reclamar nuestra soberanía. Es doctrina universal que todo hombre nace libre.
En consecuencia, los pueblos han de ser igualmente libres.
No lo negamos:
sentimos una sana envidia por otras naciones que en su día estuvieron sometidas
al yugo español y que hoy, por fortuna para sus habitantes, son países libres:
Cuba, Filipinas, las repúblicas sudamericanas, Guinea Ecuatorial… También son
nuestro referente otras islas que en su día estuvieron igualmente sometidas a
potencias europeas, como es el caso de Cabo Verde o Malta, y que hoy son países
independientes. Territorios con menos recursos que Canarias, pese a lo cual han
sabido encontrar su lugar en el mundo.
Conviene en este punto
que hablemos de la España
de las autonomías como una falacia. Desde el respeto que nos inspira la Constitución española,
que acatamos sin reservas mientras esté vigente en el Archipiélago, hemos de
puntualizar que el ordenamiento jurídico recogido en la Carta Magna de 1978
sitúa con la categoría de naciones a territorios peninsulares que en realidad
sólo son regiones españolas; comunidades unidas a la España continental en un
todo continuo. ¿Tiene sentido, por ejemplo, que Cataluña, el País Vasco,
Andalucía o Galicia sean competentes sobre sus carreteras? En absoluto. Las
vías de comunicación importantes que las atraviesan no acaban en sus
respectivas demarcaciones autonómicas. A veces ni siquiera comienzan en ellas.
Lo mismo ocurre con las corrientes de agua, la distribución eléctrica,
etcétera.
Cuán diferente es la
situación de Canarias. Somos un territorio situado a 1.600 kilómetros
de las costas peninsulares y a 2.000 de la capital del Reino. Nuestras
carreteras comienzan y acaban en cada una de las islas en las que vivimos, y la
electricidad, salvo en el caso de Lanzarote y Fuerteventura, que están unidas
por un cable submarino, se genera y se consume en cada territorio insular. Aun
sin contar con un idioma propio, hablamos de forma distinta. Nuestro español
está más próximo al de los países sudamericanos que al de cualquier región de la Metrópoli. En
definitiva, hay más diferencias en cualquier aspecto entre Canarias y Cádiz que
entre Cádiz e Irún, por citar a dos ciudades bastante
alejadas entre sí –la una muy al Sur; la otra muy al Norte– en la España peninsular. Los
ejecutivos que viven y trabajan en Madrid saben que una hora de avión los
traslada a cualquier lugar de España, incluso a Baleares. No así a Canarias.
Alguien ha dicho que
constituimos la España
lejana y la Europa
ultraperiférica. Ni lo uno, ni lo otro, pues estamos ante dos subterfugios que
utiliza el Gobierno de Madrid para impedir que nos liberemos y seamos un país
soberano. En Canarias no cabe hablar de emancipación o de referendos para la
autodeterminación. Los guanches vivían libres, y por lo tanto emancipados,
cuando fueron sometidos por los conquistadores y mercenarios españoles. En las
Islas no resulta pertinente llevar a cabo un proceso de autodeterminación, sino
de descolonización sin más, para dar cumplimiento a una resolución de la ONU. Ese es el primer
motivo para alcanzar nuestra soberanía antes del año 2010. El segundo, que a la
vez se sitúa en primer lugar visto desde la perspectiva no de nuestra cabeza
sino de nuestro corazón, es el respeto que le debemos
a nuestros heroicos antepasados.
Existe, no obstante,
una razón más: el trato que recibimos de los españoles. Tanto nuestros
representantes políticos como cualquiera de nosotros somos observados con
curiosidad cuando vamos a Madrid. Ocurre con nuestros diputados –también con
los que van a la capital del Reino para hacer política pura–, con nuestros
empresarios y también, insistimos en ello, con todos nosotros. Frecuentemente,
y debido a que siempre hemos sido un pueblo con un corazón generoso para
recibir con los brazos abiertos a quienes llegan de fuera –a veces, como en el
caso de aquellos a los que catalogamos sin ambages como godos, para humillarnos
con su vacua petulancia–, los forasteros nos han tomado por individuos simples
a los que resulta fácil engañar. Personas de mala ralea, que unen a su
presunción la más absoluta de las ignorancias. En definitiva, España ni nos
comprende ni nos quiere, salvo como curiosidades de feria.
Sería erróneo, no
obstante, basar nuestras ansias de soberanía y libertad en el mal trato que
recibimos de la
Metrópoli. Cierto que esas circunstancias, por otra parte
reales, serían suficientes en sí mismas para dar el paso valiente al que no se
atreven nuestros políticos por pusilánimes y por traidores al pueblo que los ha
elegido. Pero no hemos de justificar en tales agravios –aunque los ha habido y
los hay– los pasos que urge dar en pos de nuestra soberanía. Ser un país libre
significa, en el caso de Canarias, no un logro que debemos conquistar en el
futuro, sino el restablecimiento de un derecho, de una situación, que ya tenían
nuestros antepasados. Esa, juntamente con el merecido homenaje al pueblo
guanche, es el principal motivo de una lucha pacífica, basada en la razón y el
diálogo inteligente, para que nuestra bandera por fin ondee en la sede de la ONU junto a las de todas las
naciones libres del mundo. Todo ello sin olvidar las apetencias de Marruecos,
de las que sólo podremos librarnos si somos un país soberano.
Somos conscientes de
que debemos luchar contra muchos enemigos para alcanzar nuestras gloriosas
metas. No en vano viven entre nosotros muchos godos disfrazados con piel de
canarios, odiosamente empeñados en cantar a los cuatro vientos la españolidad
de nuestras Islas. Una actitud lógica, pues ellos no son isleños sino
ciudadanos de la Metrópoli.[…]
Editorial El Día,
22-06-2008