Nacionalismo y soberanía: origen y fin

Criticar, atacar incluso, resulta sumamente sencillo, máxime cuando tales reacciones obedecen a la más pura irreflexión. Es acaso lo que ocurre con los editoriales que publica EL DÍA desde hace unos meses, en los que se postula de forma nítida y contundente a favor del logro de la soberanía para Canarias, aunque manteniendo siempre lazos afectivos, lingüísticos, culturales y comerciales con España. Los argumentos que avalan tal postura se fundamentan en un concienzudo análisis de la historia y la realidad del Archipiélago, y se podrá estar conforme con ellos o disentir en todo o en parte, pero de lo que no puede caber duda es de que las exposiciones que aquí se realizan parten de la premisa de que vivimos en el siglo XXI, de que lo que ocurrió seis siglos atrás queda muy lejos y distorsiona en una realidad nueva y cambiante. Que se haya mantenido una determinada situación durante centurias no quiere decir que dicha situación sea hoy en día buena ni aceptable, sobre todo cuando las condiciones en las que se encuentran las Islas han variado notablemente en las últimas décadas, conformando en estos momentos un panorama idóneo para dar el paso siguiente, el ansiado, necesario y definitivo salto hacia la recuperación de la identidad perdida. Se trata, además, de la consecuencia lógica de un pensamiento editorial que parte del propio fundador de este medio de comunicación, el recordado y añorado Leoncio Rodríguez, quien siempre defendió una Canarias autónoma, incluso en tiempos donde tal idea se topaba con las represalias que administraba el orden vigente, una etapa histórica en la que, si algo caracterizaba a este archipiélago atlántico, era la pobreza de sus habitantes, un nivel de vida en no pocas poblaciones rayano en la miseria. El historiador Julio Yanes subraya en su análisis sobre Leoncio Rodríguez que tenía una "visión progresista, ecologista y solidaria de las Islas Canarias", a lo que se sumaba, recuerda también, su pensamiento autonomista. Pasados los años, tales planteamientos permanecen vigentes en el ideario de este periódico, que como ya subrayamos el domingo pasado expresa sus opiniones en los editoriales, igual que cualquier otro diario del mundo, y jamás a través de la pluma de sus colaboradores, tal y como se empeñan en hacer creer, porque, desde luego, sus propios responsables no se lo creen, desde un determinado medio de comunicación de Las Palmas. Pero claro, hay que vender periódicos, y si para ello es necesario confundir al lector, engañarlo vilmente, escribir sin reparo alguno que los artículos de Antonio Cubillo representan la opinión de EL DÍA, para qué perder el tiempo. Nos apena tal falta de profesionalidad y, sobre todo, tamaña falta de respeto hacia sus lectores. Por estos lares tenemos muchísimo más aprecio, todo el que podemos, por quienes nos leen, objetivo último de nuestros desvelos por practicar un periodismo moderno, veraz, honrado y, digan lo que digan, que lo seguirán diciendo, carente de ataduras.

Y es que la historia avanza y las situaciones cambian, y si hace sólo unas décadas postularse en pro de la soberanía podía considerarse un derecho pero nada más, un deseo carente de una coyuntura económica, política y social que permitiese su materialización, en la actualidad Canarias cuenta con todos los requisitos para dar ese paso. La pacificación del Estado español tras la transición, la entrada en Europa y la posterior convergencia con los países del continente, junto a la palpable mejora de los ratios económicos del Archipiélago conforman el escenario idóneo para convertir en realidad el sueño de Leoncio Rodríguez y la legítima aspiración del movimiento nacionalista canario. Las Islas disfrutan en la actualidad de unos parámetros de bonanza económica que, sumados a una ingente actividad empresarial, conllevan un grado de autosuficiencia similar al de cualquier país libre. Por supuesto que parte de la economía depende de las importaciones, pero lo mismo le ocurre a estados tan aplastantemente poderosos como el alemán, el francés o el británico. El imparable proceso de globalización económica, junto a la vocación europeísta de Canarias, e incluso las iniciativas del capital privado de las Islas para salir al exterior e invertir, conforman un paisaje idóneo para plantearle al Gobierno español la urgente conveniencia, como así lo ordenó la ONU al declarar el periodo 2001-2010 Segundo Decenio Internacional para la Eliminación del Colonialismo, de poner en marcha los procesos legales necesarios para reconocer la soberanía de las Islas. Tal proceso, insistimos, llevaría aparejada la salvaguarda e incluso el reforzamiento de los lazos afectivos, económicos y culturales con España, pero jamás los administrativos y políticos, que tanto daño han hecho y siguen haciendo al Archipiélago […]. Se trataría, además, de un proceso ajeno a la violencia, en el que el objetivo sería el logro del consenso entre el movimiento nacionalista canario y las autoridades españolas, empezando por la rectificación de las mentiras incluidas en la reforma del actual Estatuto canario, un texto que en el mejor de los casos se convertiría en un paso intermedio previo a la aprobación del documento donde se reconociese una soberanía hacia la que se encuentra irremediablemente abocado cualquier movimiento nacionalista porque, simplemente, si no fuese así, no sería nacionalismo.

Porque si alguna razón tienen quienes arremeten contra estos editoriales sobre la necesidad de dejar de teorizar acerca del soberanismo es porque, sencillamente, ha llegado la hora de pasar a la práctica, de que los responsables de las formaciones nacionalistas, embarcadas en las últimas semanas en un necesario proceso de reunificación, icen de una vez la bandera de la historia y se apresten a dirigirse con valentía y determinación a quienes con mano dura e impasible gobiernan las Islas desde la distancia, una fea costumbre surgida hace seis siglos que ya es hora de corregir. Antes, no obstante, deberán evitar posibles interferencias teledirigidas en dicho proceso, que bien podrían estar protagonizadas por personajes del talante de Román Rodríguez, el ex presidente pro canarión que se ha convertido en el más fiel aliado en Canarias del poder estatalista. Investido de un supuesto ideario nacionalista, su papel, llegado el caso y si le dan oportunidad, sería el de dinamitador de todo cuanto oliera a unión a favor de las siete Islas. Él representa tan solo a una de ellas, a los poderes fácticos de Canaria, y créannos si les aseguramos que lo tiene bastante claro, lo suficiente para que el ministro de Economía se haya reunido con él al tiempo que ninguneaba a los dos diputados de Coalición Canaria en el Congreso, lo suficiente para que sus aliados socialistas lo mantengan al frente de una comisión, privilegio hasta ahora desconocido para un miembro del Grupo Mixto. ¿Son necesarias más pruebas? ¿No es eso colonialismo? Pero acaso lo más triste es que haya políticos tinerfeños que se han empeñado en seguir ese juego, en convertir la adulación hacia los poderes estatales y el proselitismo contra cualquier idea que ponga en duda la idoneidad del actual estado de cosas como principales preocupaciones de sus quehaceres políticos. Ahí están, si no, para demostrarlo, esos dirigentes socialistas tan tendentes al falso progresismo, a quienes se refería hace poco el todavía secretario general del PSC, Juan Carlos Alemán, quien ha ocupado tal cargo, cómo no, hasta que Madrid ha querido. Lo mismo les da desequilibrar las Islas y someterlas aún más al yugo colonial desde una ponencia parlamentaria que desde un artículo de opinión. Lo importante para ellos es que quienes deciden a lo lejos sigan haciéndolo, que esta ridícula autonomía que padecen las Islas se afiance y, cómo no, que el actual estado de cosas se consolide, permitiendo que una isla, Canaria, sede de las delegaciones del poder estatalista, haga y deshaga a su antojo y rinda cuentas tan solo ante quienes reposan sus posaderas en los lejanos despachos de Madrid. El resto, es decir, conejeros, majoreros, palmeros, gomeros, herreños, tinerfeños, ahí quedan, con el único remedio de callar y obedecer a Zapatero, Rajoy, Blanco, Acebes, Caldera... Y a quien rechiste, pobre de él.[…]

Gane quien gane en las próximas elecciones generales, PSOE o PP, perderá Canarias, por lo que ha llegado por ello la hora de que Paulino Rivero ejerza de presidente de todos los habitantes del Archipiélago, sin distingos ni favoritismos, y ponga en marcha ante España y los organismos internacionales un proceso que, lejos de ser un mero capricho editorial, sino la aspiración y desesperación de un pueblo, se adivina como la única salida al oscuro callejón del sinsentido en el que se han convertido estas desafortunadas Islas, víctimas de un despótico colonialismo que dura ya demasiado tiempo. Tal iniciativa se debe emprender en beneficio del pueblo canario y, sobre todo, de Tenerife. Y no se puede esperar más, así que no queda otro remedio que gritar ¡ya! El Estatuto y otras políticas similares se han quedado en un simple pasatiempo.

Extracto del Editorial del periódico El Día, 23-09-2007