Romper cadenas

Cada vez nos viene más a la mente el recuerdo de la historia de la tragedia del pueblo canario, el guanche, que fue invadido y tomado en propiedad por tropas mercenarias de los reinos de Castilla y Aragón. Son hechos conocidos que recoge la historia de Canarias. Hechos indiscutibles del atropello de un pueblo que tenía su estructura familiar, con padre, madre e hijos, todos criaturas de Dios, sus tradiciones y que convivía en paz. Un pueblo que no sucumbió, a pesar de tanta ofensa, ni se resignó a ser esclavo. Un pueblo que tuvo descendencia propia y forzada, pues sus mujeres sufrieron en sus cuerpos a los "acorazados". De ahí nació lo que hoy conocemos como "españolidad". Sus ansias de recobrar la libertad siguieron vivas, al igual que sus anhelos de constituir el país que fue, con su identidad plena y libertad arrebatada. Más aún hoy, bien entrado el siglo XXI, cuando el mundo ha dictaminado que los pueblos que algún día fueron libres y permanecen sometidos deben recobrar su soberanía.

Que nadie intente justificar la actual situación de Canarias con entramados político-jurídicos, con regiones y/o comunidades autónomas –cuando no somos una región, sino un archipiélago–, porque el hecho colonial es evidente y el pueblo canario no es el culpable de las políticas impuestas desde entonces por distintos gobiernos, ni por los millones de votos que obtuvo una constitución que daba a los españoles una propiedad que fue arrebatada con fuerza y alevosía.

Algunos se han referido a la desaparición del pueblo guanche sin tener en cuenta que su sangre sigue ahí, en las entrañas, a veces mezclada. Y aunque ha sido bien acogida, sin embargo su sentimiento, su misión, permanece oprimido y quiere explotar para recobrar su libertad. Su existencia y continuidad están recogidas en cientos de obras y gráficos mencionados en esta misma página en varias ocasiones.

Llegado este siglo, cuando mejor trato debería recibir el pueblo canario, mayor despotismo adoptan sus amos, dando la razón una vez más a EL DÍA, que desde siempre ha abogado por recobrar la libertad de forma pacífica, esperando el buen juicio de los que nos dominan y la fuerza de la razón de los organismos internacionales que imponen la descolonización de los pueblos sometidos y engañados, repetimos, por ese entramado político-jurídico.

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Cuanto nos desconsuela observar a determinados países que, oprimidos en su día, han recobrado la libertad. Países que incluso fueron ocupados sin estar habitados, no como ocurrió en este Archipiélago, que contaba con su propio pueblo.

Por su importancia y tantas otras circunstancias, Canarias desea recobrar su libertad, emanciparse. Sus habitantes quieren dejar de ser siervos y obedecer a políticas extrañas dictadas por personas situadas a 1.500 kilómetros de distancia. ¡Qué barbaridad! No pueden disimular su anhelo de alcanzar la soberanía.

Sin embargo, los políticos de estas Islas continúan perdiendo el tiempo con babiecadas políticas, de políticos babiecas o acomodaticios o quién sabe qué –ahí está el debate pasado y que se avecina sobre un nuevo e inútil Estauto de Autonomía– y no son capaces de entender que, tal y como apuntaba hace siete días nuestro colaborador Ramón Moreno, en nuestro Archipiélago "existe un evidente e innegable hecho colonial que perdura, desgraciadamente, después de más de quinientos años. Por ello, he venido sosteniendo, reiteradamente, que la cuestión canaria desborda el llamado marco constitucional español y ha dejado de ser una cuestión de Derecho interno para convertirse en competencia del Derecho Internacional, que ya ha sentado jurisprudencia al respecto". Sí señor, pero empecemos ya, no con estúpidos y costosísimos estatutos de autonomía; comen- cemos a dialogar con firmeza con Madrid, Bruselas y la ONU.

 

Extracto del Editorial del periódico El Día, 30 marzo 2008