La
soberanía no puede esperar
Cuando los
argumentos resultan explícitos y contundentes, la única forma de enfrentarse a ellos es a través de la
descalificación. Y harto explícitas y contundentes han sido las razones
aportadas desde estas páginas para que Canarias recupere
su soberanía, un debate social que, aunque latente desde hace décadas, se
encontraba aquejado en los últimos tiempos de una sempiterna somnolencia que
felizmente se ha superado a través de los editoriales de EL DÍA. De
igual manera, el despertar de ese sentimiento nacionalista, que desde estas
páginas hemos querido encauzar dentro de la más estricta legalidad, sin quebrar
en modo alguno el orden constitucional vigente, ha provocado que aflorasen
sentimientos encontrados, respetables todos siempre que no traspasen el umbral
de la pérdida del respeto a las ideas ajenas. Y es que, por lo visto, en estas
islas conviven dos tipos de demócratas: los que aceptan la disensión ideológica
con sus pareceres, tal es el caso de este periódico, y los que convierten la
democracia en una finca particular, fuera de la cual todo lo que distorsione
resulta indigno y peligroso. Apelamos por ello una vez más al respeto mutuo, al
intercambio de ideas que debe caracterizar a una sociedad civilizada como la
canaria, que aspira además, en el menor plazo de tiempo posible, a recuperar su
libertad.
Y es que los
porqués de la necesidad de recuperar la soberanía a través de un estatuto especialísimo consensuado con
el Estado español, el imprescindible restablecimiento del derecho de los
canarios a recuperar su propia identidad tras seis siglos de dominio español,
se encuentran a estas alturas lo suficientemente documentados como para dar el
siguiente paso, igual que la imperiosa urgencia de que España concluya el
proceso de descolonización que dejó a medias tras devolver la soberanía a sus
posesiones americanas, asiáticas y africanas, pero en el que olvidó, acaso por
circunstancias políticas coyunturales, a un archipiélago atlántico situado a
dos mil kilómetros de distancia. Llegado este punto, el papel del nuevo
Gobierno de Canarias resulta vital, toda vez que debe ser su presidente,
Paulino Rivero Baute, y los miembros nacionalistas de
su equipo quienes, capeando las lógicas presiones del resto de los componentes
del Ejecutivo, los representantes del Partido Popular, o lo que es lo mismo,
del poder estatal español, actúen de forma paralela en dos escenarios: por una
parte, en la negociación con España; por otra, en la defensa de la causa
soberanista canaria en los más importantes foros internacionales, desde
Naciones Unidas hasta la
Unión Europea pasando por la OTAN o la OSCE. El protagonismo en la escena mundial se
adivina crucial, toda vez que sólo de esa forma se podrán mitigar las continuas
presiones de la diplomacia española, que en las últimas décadas ha tenido el
camino expedito para convencer a la comunidad internacional de que olvide el
caso canario. Pero diversas circunstancias juegan en este caso a favor del Archipiélago
y en contra del Gobierno español, la más importante de ellas la declaración en
el año 2000, por parte de Naciones Unidas, del Segundo Decenio Internacional
para la Erradicación
del Colonialismo (2001-2010), una opción política y jurídica a la que puede
acogerse Canarias con sobradas y fundadas razones. Al mismo tiempo, no son
pocos los países americanos, africanos y hasta europeos que contemplan el caso
canario como una situación anómala, acaso como el del único territorio de la Unión Europea, junto
con Gibraltar, que cabe considerar como colonia.
El hecho de que
falten aún tres años para que concluya el decenio instaurado por la ONU permite planificar una acción que contemple el
despliegue internacional y la persistencia en el mensaje, aunque los días pasan
y sería poco conveniente quedarse mirando el calendario sin tomar decisión
alguna. Es decir: ha llegado la hora. El nacionalismo canario, en concreto el
que ocupa en estos momentos la legítima representación de los ciudadanos de
toda raza y procedencia que pueblan estas Islas, tiene ahora la oportunidad de
hacer honor a su denominación, de demostrar que sus ideales son realmente los
del nacionalismo, porque, seamos claros, el nacionalismo sólo puede desembocar
en un mar: el de la soberanía. Cualquier otro desenlace sería un burdo engaño a
quienes han depositado su confianza en tales representantes públicos.
Incomprensible y hasta indignante resultó hace pocos días escuchar a un
dirigente "nacionalista" en el Parlamento hablar de la situación de
Canarias dentro de 25 años en la coyuntura de la nación española. Ese
personaje, desde luego, no es un nacionalista, sino un mero superviviente
político que se embute en un disfraz ideológico que le permite cobrar una
suculenta nómina de la administración pública. Por ello resulta del todo
necesario que sólo se presten a participar en tan crucial proceso los
nacionalistas de verdad, los mismos que, una vez materializada la soberanía,
deberán consensuar con las restantes formaciones políticas el modelo de
gobierno ideal para las Islas, sopesando fórmulas tales como la separación
política y administrativa plena del Estado español, la libre asociación o la
aplicación de un sistema similar al de la Commomwealth
británica. Ese será el siguiente paso, y sea cual fuere el modelo elegido,
siempre deberán mantenerse, incluso reforzarse, los lazos afectivos, culturales
y económicos con España, un Estado que, aunque carente de la sensibilidad
suficiente hacia Canarias a lo largo de seis siglos, acaso porque jamás ha
dejado de tratar a las Islas como colonia, forma parte de la esencia misma de
los canarios. España debe ser siempre una de nuestras prioridades para todo lo
bueno, pero dejando de lado, por supuesto, los ámbitos político y
administrativo. Y llegará entonces el último paso, la consolidación de una
democracia occidental plena con partidos de todas las tendencias políticas,
desde conservadores y liberales hasta centristas, democristianos o socialistas,
con la característica común de que, ahora sí, las decisiones no se tomarán a
dos mil kilómetros de distancia. A partir de ese momento la totalidad de la
clase política pensará por y para Canarias, lo que abrirá nuevas perspectivas
de desarrollo siempre en el seno de la
UE y la
OTAN. A esas alturas el nacionalismo, una vez cumplidos sus
objetivos, ya no tendría razón de ser, y sus componentes se dispersarían entre
las diferentes organizaciones ideológicas existentes. […]
*** *** ***
PAULINO RIVERO, durante su visita al centro de emergencia para menores
extranjeros de Tegueste, dijo una verdad como un
templo: "...para Zapatero, el Estado termina en Cádiz", en alusión a
la inmigración. Cierto, porque de Cádiz hacia abajo, a unos dos mil kilómetros,
más o menos, está Canarias; no hay España, no hay Estado, sólo colonialismo.
Las Islas, disfrácense como se disfracen, con cualquier trama política, son una
colonia, lo cual es una indignidad para los canarios.
De acuerdo con el
orden legal y constitucional vigente, y con la razón y el mandato de Naciones
Unidas, debe concederse al Archipiélago, mediante un Estatuto especialísimo, la
soberanía. El resto llegará por añadidura. El siglo XX fue testigo de la total
descolonización. Quedan en la actualidad muy pocos países por lograr la
emancipación, entre ellos Canarias y otras islitas francesas en el Caribe.
Vivimos ya en el siglo XXI, y superados ya sus albores es hora de reclamar el
derecho a ser libres. Ya.
Extracto del Editorial del
periódico EL DIA, 30-09-2007