Una
infame placa conmemorativa
Si
de verdad queremos alcanzar esa ansiada meta, basta con convencernos de que todo
lo que está en Canarias es nuestro, de los canarios. Nada tiene que ser de España
o de Marruecos, sino nuestro porque lo poseíamos antes del vil genocidio de
nuestros antepasados.
Existe
en el hogar canario de Madrid una placa conmemorativa, cuya fotografía
incluimos en este editorial. Su texto, repulsivo e indignante, reza así:
"Residiendo los Reyes Católicos en la villa de Almazán, en junio de 1496
recibieron la promesa de fidelidad de los reyes guanches de la isla de Tenerife,
a raíz de finalizada la conquista. El Hogar Canario de Madrid quiere dejar pública
constancia del singular acontecimiento histórico. Noviembre 1989".
Se
trata, como decimos, de un texto odioso. En primer lugar porque queremos
suponer, por simple sentido común, que la función primordial de una institución
como el Hogar Canario de Madrid es reivindicar la condición de colonia de estas
Islas, precisamente en la capital de
Sin
embargo, esta vergonzosa placa posee el valor añadido de reconocer que hubo
conquista y que los "reyes" -suponemos que se refieren a los menceyes-
guanches fueron llevados ante los entonces monarcas españoles, con el fin de
que les rindieran vasallaje. Una forma añadida de humillar a quienes no
pudieron defenderse de los invasores. No porque les faltase valor -arrojo les
sobraba-, sino porque el hecho de vivir aislados les impedía estar a la altura
tecnológica de quienes los diezmaron sin compasión. Los guanches, no lo
olvidemos, fueron masacrados pero no exterminados. Su sangre, mezclada con la de
sucesivas oleadas de colonizadores, ha llegado hasta nuestros días y corre por
las venas de los actuales isleños.
Esa
conquista despiadada, ese genocidio depravado, ese ignominioso sometimiento a la
esclavitud de un pueblo libre fue la obra de los españoles durante la
conquista. Esos españoles a los que tanto defienden los amantes de la españolidad
de Canarias ¡qué idea tan ridícula; qué enorme falacia!, con el beneplácito
de los pusilánimes y aun de los nacionalistas teóricos que, perdidos en su
retorcida retórica, son incapaces de levantar la voz en los foros españoles e
internacionales para pedir lo que nos corresponde: la soberanía que nos
usurparon las tropas regulares de Castilla, ayudadas por mercenarios y gentes de
la más baja condición. Personas sin el menor atisbo de caridad cristiana en
sus mancilladas almas, a las que no les importaba la muerte y destrucción que
causaban a su paso pues sólo les movía la codicia más feroz.
En
estas fechas, cuando España -y especialmente la ciudad de Madrid- ha celebrado
el bicentenario del 2 de mayo, han visto la luz multitud de ensayos, artículos
periodísticos y todo tipo de trabajos sobre lo que supuso el levantamiento del
pueblo contra los ejércitos imperiales de Napoleón. Insisten muchos estudiosos
de aquella revuelta, iniciada en las calles de Madrid pero extendida pronto a
todo el país, en que Napoleón estaba convencido de que teniendo de su parte a
la monarquía y a la rancia aristocracia española también tenía sometido al
pueblo. Craso error el cometido por el "Gran Corso". Llegó el momento
en que, harto del afrancesamiento de la corrupta clase dirigente, los españoles
se sublevaron contra el invasor. Pero esa guerra de independencia no quedó
circunscrita a las fronteras España. Sus ecos llegaron a
Mediante
ese sucio ardid de conferirnos el estatus de región autónoma, y de contentar a
nuestros políticos con las migajas que caen de las surtidas mesas de nuestros
amos godos, perpetúa Madrid seis siglos de opresión. Sin embargo, antes o
después llegará el momento de que el pueblo canario se alce contra el invasor,
como se sublevó el pueblo de Madrid contra la ocupación francesa. No hablamos
de una insurrección violenta -algo que detestamos y que, en caso de producirse,
condenaríamos sin paliativo alguno-, sino de un movimiento pacífico,
sustentado sólo en la invencible fuerza de las ideas.
La
sublevación del pueblo español contra Napoleón no es el único episodio histórico
al que podemos recurrir para apostillar nuestras ansias de libertad. ¿Recuerdan
los españoles cómo inició Don Pelayo la reconquista de
LA
historia, indudablemente, nos da la razón en nuestro pleno convencimiento de
que Canarias ha de recobrar la libertad cuanto antes, pues cada día perdido en
esta pacífica lucha nos aproxima cada vez más a un peligrosos precipicio: las
apetencias anexionistas no sólo de Marruecos, sino también de otros países de
África occidental. No podemos olvidar que estamos demasiado cerca de
Mauritania. Incluso podría darse el caso de que Canarias fuese reivindicada
como parte de su territorio por
La
tercera es la riqueza potencial de Canarias. En 1980, nuestro Archipiélago tenía
una dimensión económica semejante a la de Senegal. Sin embargo, hoy en día
hay que sumar el PIB de doce países de África Occidental para alcanzar el de
Canarias. Como nación soberana seríamos la quinta potencia económica de África.
Únicamente nos superarían Sudáfrica, Argelia, Nigeria y Marruecos, aunque en
este último caso por muy poco. En definitiva, dos millones de canarios
generamos tanta riqueza como treinta millones de marroquíes. ¿Cuál sería
nuestro límite como nación libre y soberana? Indudablemente uno muy superior,
porque podríamos establecer las relaciones comerciales que nos interesasen sin
necesidad de pedir permiso a nuestros amos de Madrid. Lo cual no significa
renunciar a los beneficios que nos ha proporcionado la cultura europea y, de
forma especial, la española. Jamás propugnaremos una ruptura absoluta con España.
Corresponde que mantengamos buenas relaciones en el futuro con
Para
alcanzar ese nivel de desarrollo al que podemos aspirar resulta indispensable
que nos libremos de la actual clase política, pues, salvo raras excepciones,
está obsoleta y desprende el hediondo olor de lo putrefacto. Necesitamos la
inteligencia de personas jóvenes con nuevas técnicas de gestión de esos
potenciales recursos, y también hombres y mujeres con la experiencia de la
madurez. Nuevos políticos, en ambos casos, con las ideas y las manos limpias;
es decir, sin la repulsiva contaminación de los actuales. En ese momento no
seremos el quinto país de África sino el primero, de la misma forma que
territorios más pequeños como Hong Kong o Singapur han sabido convertirse en
enclaves indispensables para la economía mundial. Si de verdad queremos
alcanzar esa ansiada meta, basta con convencernos de que todo lo que está en
Canarias es nuestro, de los canarios. Nada tiene que ser de España o de
Marruecos, sino nuestro porque lo poseíamos antes del vil genocidio de nuestros
antepasados.