El pensamiento de Leoncio Rodríguez

A los editoriales de los periódicos se les denominaba en otros tiempos "el fondo". El nombre reflejaba lo que en realidad es un artículo de este tipo: el fondo del pensamiento de un periódico; la esencia de su línea editorial. Fieles a este criterio, en EL DÍA diferenciamos los comentarios diarios de los editoriales. En los primeros se tratan asuntos cotidianos con un estilo más distendido, aunque sin renunciar al rigor. En cambio, cuando publicamos un editorial entramos en ese fondo antes mencionado de los asuntos que nos ocupan. Y no sólo eso; también tratamos de profundizar en el pensamiento de Leoncio Rodríguez; un gran patriota, un gran tinerfeño y un gran canario[…] Leoncio Rodríguez captó el alma y el sentimiento de los canarios. Su amor por esta tierra fue tan grande, que no sólo habló de las personas, de su historia y de sus costumbres, sino hasta de los árboles típicos de estas Islas.

Hombre de gran bagaje intelectual, sabía cuáles eran sus orígenes. Por eso jamás negó su ascendencia guanche. Aunque en lo político era español a la fuerza, su alma era guanche. Conocía sobradamente la historia para poseer una idea clara de lo que había ocurrido en el Archipiélago en el siglo XV, cuando las Islas fueron asaltadas y se produjo el genocidio de los aborígenes. Estos conocimientos de la historia le impedían sentirse español. Respetaba a los españoles, pero no se sentía español.

Leoncio Rodríguez sufrió en su propia persona la persecución de los españoles. Fue acosado por sus sentimientos tinerfeños cuando protestó por la división provincial decretada desde Madrid -las decisiones importantes para Canarias siempre se adoptan lejos de Canarias- por el dictador Primo de Rivera. Nefasto personaje que se dejó aconsejar por los pérfidos políticos canarios, a quienes no importó romper el Archipiélago con tal de robarle a Tenerife la capitalidad única.

No acabaron aquí las tribulaciones de Leoncio Rodríguez. También lo vejó Vicente Sergio y Orbaneja, gobernador civil de Tenerife en 1939, que actuaba como un auténtico virrey de España en la Isla. Orbaneja le robó, pistola al pecho, La Prensa; el periódico que con tanto entusiasmo fundó en 1910 y dirigió hasta ese aciago momento. Consumado el expolio, Orbaneja le entregó La Prensa a un partido español, FET de las JONS.

De todo esto debe saber mucho Ángel Isidro Guimerá, estimado colaborador de esta Casa, porque suponemos que se lo contaría su padre. Una persona integrada en dicho partido. Desde luego, respetamos su deseo, don Ángel, de no entrar en una polémica sobre el pensamiento político de Leoncio Rodríguez. Usted es una persona muy estimada en EL DÍA, y sabe muy bien por qué. Nuestro deseo es que siga colaborando con nosotros. El hecho de que lo mencionemos en este editorial se debe a las dos preguntas, o reflexiones, que hace en su artículo del domingo último. Ante todo, le agradecemos que elogie a Leoncio Rodríguez. Cuenta usted, asimismo, con el aprecio de nuestro editor y director, José Rodríguez Ramírez, que no tuvo amistad personal con su padre -mediaba entre ambos una apreciable diferencia de edad-, aunque lo conoció personalmente.

Se pregunta usted, don Ángel, si Leoncio Rodríguez hubiese suscrito la actual línea editorial de EL DÍA. Indudablemente que sí, porque era un hombre tremendamente tinerfeño. No olvide que Leoncio Rodríguez, lo acabamos de exponer, fue perseguido por los españoles. Vivió en una Isla que era parte de una colonia, y lo sigue siendo. Aquí desterraba España a las personas incómodas. Este fue el destino de personajes tan dispares como Unamuno o Franco. No los enviaron a Cádiz, Córdoba o Valencia, sino a Canarias. Lo mismo que hacía Francia con su Guayana, territorio colonial en el que confinaban tanto a los malhechores como a los políticos y militares considerados peligrosos para los intereses del Estado. Valen como ejemplo Papillón y el capitán Alfred Dreyfus. Ese lugar de expatriación ha sido una de las funciones de Canarias como colonia.

Se pregunta también Ángel Isidro Guimerá por qué se abre ahora el camino de la soberanía, diferente al elegido en 1978 cuando se aprobó la Constitución. Nosotros nos preguntamos qué alternativa les quedaba a los canarios. Aunque todos se hubiesen pronunciado en contra, la Constitución española se hubiera aprobado igualmente con el voto de los peninsulares. Como canarios, respetamos y acatamos, por imperativo legal, la Constitución española mientras esté vigente. Y cuando el Archipiélago sea un país soberano, la seguiremos respetando como haremos con la de cualquier país del mundo, pero ya no será de obligada obediencia para nosotros.

Le agradecemos estas reflexiones, don Ángel, pues nos han dado pie para profundizar en las ideas de Leoncio Rodríguez. No lo dude: si viviese hoy, pensaría, al igual que nosotros, que las riquezas de Canarias están latentes a la espera de que personas preparadas, y no los políticos actuales, rijan los destinos de nuestra nación.

Editorial El Día, 3-06-2008