El 9 de Octubre murió un hombre y tal…

 

"Díganle a Fidel que él verá una revolución triunfante en América Latina y díganle a mi mujer que se case de nuevo y que intente ser feliz."

 

David Fajardo Rodríguez *

 

 

Hace 41 años, tal día como hoy moría el Che (sobra decir Guevara, puesto que la grandeza hace comprensible los diminutivos) en tierra Boliviana, a manos (como no) de un títere mercenario del imperialismo, el sargento Terán.

 

   El tiempo es un fenómeno que tiende a minimizar la fama y los mitos, el transcurso del mismo apaga las llamas de recuerdo y hace volátil los símbolos. Sin embargo, con el Che ocurre todo lo contrario, es un icono que sigue vigente y sigue representando un norte ideológico hacia donde dirigir el camino para apagar la sed de justicia y de verdad.

Aquel que quiera indagar por los terrenos de la dignidad por los que el Che vagaba, deberá agarrar un petate y recorrer mentalmente los caminos simbólicos de Bolivia hasta terminar en la Quebrada del Yuro y morir un poco (para nacer enseguida como dijo quien todos sabemos) y hacer ese peregrinaje mental para comprender que impulsó a este prohombre a someterse a los distintos infortunios que acontecen en un contexto guerrillero y llevar a la praxis esa filosofía del hombre por el hombre.

 

   En la Quebrada del Yuro (como antes mocioné) el día de su muerte o desaparición física, quebró un hombre y se enderezó un mito. Nadie lo ha podido matar. Sin embargo, Gary Prado (quien apresó y ejerció de depresor del Che), sigue vendiendo –hasta día de hoy en distintos medios- un Che que daba pena físicamente (a mi me da que éste todavía no sabe lo que es la fatiga del combate y el hambre) y que no era merecedor de traspasar las puertas del mito (como si para la mitificación se debiese tener una salud y constitución física que permitiese matar con las manos al Minotauro y seguir el hilo el Ariadna caminando con las palmas). Pero este señor de conciencia oscura (al que en un encuentro literario le lanzaron el contenido de una copa sobre su cuerpo a la salud del Che) sigue manteniendo su postura a pesar de que el rigor histórico se decline hacia lo contrario, pero quiero y debo destacar una curiosidad, y es que en varias declaraciones que este pseudo-señor ha hecho, he detectado una actitud muy Pilatesca (de Pilatos y tal), diciendo que lo sucedido en la Higuera provino de una fuerza de ordenanza de más arriba y que él ni siquiera estuvo presente. Resulta curiosa esta tendencia casi terapéutica de librarse de culpas de la muerte del quien él considera un asesino. Paradojas.

 

   El resultado de lo ocurrido ese gris día de Octubre fue un cuerpo sin vida y un mito con vida. Un cuerpo que hasta muerto daba miedo y al que cortaron las manos para que los sesudos científicos de la CIA comprobasen que se trataba del argentino y así los yankees poder expirar y cerrar los ojos mientras se seguía explotando al pueblo latinoamericano sin consecuencia subversiva.

 

   Hace ya dos años o más, conocí a María del Carmen Ariet, una socióloga Cubana (creo también licenciada en historia) que dirigió las excavaciones de recuperación del cadáver del Che en el aeropuerto de Bolivia; esta señora dio una conferencia en la que tuve el honor de estar presente, basó sobre la fase del Che en el Congo (la menos entendida) y dijo algunas cosas curiosas, entre la que cabe destacar  una pequeña frase que alberga una gran profundidad: “al Che no hay que repetirlo”. Esta particularmente me llamó la atención y alborotó a algunos que analizaron la perla desde la superficialidad y tal como viene. Yo estaba totalmente de acuerdo, puesto que ponerlo como modelo limita la capacidad de ir más allá y puede amurallar o dogmatizar un camino que necesita una trayectoria diferente. El caso es que desde la magistralidad que proporciona el conocimiento, esta señora usando el vehiculo de la palabra limpió las corneas y enseñó como mirar la figura del Che. “Salvémosle de ser Dios”

 

   En este triste día, a esta triste hora, debemos recordar la imagen de aquel revolucionario movido por las alas del amor llamado Ernesto Guevara de la Serna (El Che) que donó su vida, su ser y existencia, a la noble causa de separar dos cosas que nunca se debieron unir: la humanidad y la injusticia.

 

   Ahora solo toca recordar a Lezama Lima cuando dijo: de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios de la ensoñación.

 

Termino esta evocación al recuerdo con una breve anécdota que me ocurrió hoy:

 

 

Esta mañana, allí me encontraba. Parado, recibiendo la caricia que producen las gotas de una tenue llovizna. Una caricia natura que riega los surcos fecundos de mi alma. Esperaba que abriese la librería de turno para comprar mi pan epistemológico (que no de trigo) y que forma parte de mi rutina nutricia.

 

Me dediqué a pasear por la acera de punta a punta como ansioso pero sin ansia, rumiando como era posible que el aniversario de la muerte del Che pasase inadvertido en los medios, como el recuerdo no se hacía eco en las mentes juveniles de los estudiantes de la ULL , celebrándose actos y conjuras hacia el sistema, ¿dónde quedó Mayo?, ¿Dónde quedó el 68?, ¿dónde quedó Francia?...Cada latido era un latigazo que flagelaba un alma que busca la lógica a toda costa (no la científica, no te asustes Gadamer) sino aquella que hace distinguir dónde se halla y reposa la verdad.

 

   De repente, sin previo aviso, bajó Martí del parnaso y me susurró al oído: ¿qué importa que el dolor saque el mar y nuble el cielo? El verso, dulce consuelo, nace alado del dolor.

 

   Ya no llovió agua, sino versos y en ese justo momento lírico, giré la cabeza y comprobé tras de mí una pintada de tribu Urbana con el rostro del Che, acompañada de un bello aforismo que decía: “un muerto que no para de nacer”. Y fue en ese preciso instante medio romántico, medio divino, donde en mis surcos, nació una inmortal  ilusión.

 

En Aguere, Canarias, a 9 de Octubre del 2.008.