El lenguaje de Dios

Enrique González

 

Ocurrió el Día de Navidad. Unos de esos días fríos de invierno. Un cielo sin nubes, de un azul claro. Sin amenazas de lluvia. Un suave viento traía del campo verde y mojado un olor de germinación recién inaugurada. En La Concepción de La Laguna [1], la misa de una. Aunque había luz artificial, eran los rayos de sol coloreados por las policromadas cristaleras los que alumbraban el templo. Había mucha gente, todos muy abrigados. Frecuentes golpes de tos. Matrimonios con o sin hijos. Ancianos, gente de cabellos blancos. Pocos jóvenes. Las voces de una familia lagunera, según una tradición de años, con sus villancicos, acariciaban los tímpanos y hacían vibrar los mejores sentimientos. El Evangelio del día fue el intrincado texto de la palabra, en el principio fue la palabra... La palabra, un convulso escalofrío para la mente. Un terremoto para la cotidiana calma. La Navidad es una invitación a reordenar las ideas, archivar los pensamientos y desempolvar las creencias.

Hay días en los que las circunstancias invitan a reflexionar. No siempre se suceden los motivos para ocupar la mente en pensamientos trascendentes. El misterio y la sorpresa de ciertos pensamientos se inscriben en ciertos encuentros y en determinados instantes, quizás, un rayo de luz, una música cargada de recuerdos o unas palabras llenas de contenido. Las prisas y lo cotidiano no dejan espacio para los grandes secretos. La visión apresurada de lo superficial impide ver lo escondido. Pero hay momentos en que los elementos se conjuran para que el pensamiento se retuerza en un gran esfuerzo para ver más allá de la realidad circundante.

¿Existe Dios? La gran pregunta. La única gran pregunta. El gran secreto. Los mismos que quieren construir un mundo sin Dios afirman que no hay una creación que no encierre un secreto. Dios es el secreto de la gran creación. A Dios se le niega, pero no se le olvida. Aunque se vaya contra Dios o se quiera vivir sin Dios, siempre se le tiene presente, aunque sólo sea para negarlo. Nadie niega lo que no existe. Analizando el sufrimiento, especialmente de los niños, se le niega como amo o como todopoderoso. Pero aun en una sociedad basada en la libertad, el rechazo y la rebeldía, donde el individuo tiene preferencia, y el bien y el mal se confunden en una zona sin límites precisos, se mantiene la ilusión de Dios.

Si Dios es la palabra. Si Dios es una expresión, algo que se manifiesta desde dentro, entonces tenemos algo dentro, en lo más escondido de la conciencia, que nos obliga a hacer y a decir, a hablar el lenguaje de Dios. No es lo mismo hablar de Dios que hablar la lengua de Dios. Hay quien habla de Dios pero no habla el idioma de Dios. Se habla de Dios pero se falta a la palabra de Dios. Es fácil hablar de las cosas de Dios pero es difícil soportarlas. Es fácil hablar de humildad, amor, generosidad y sacrificio, pero es muy difícil soportar y someterse a tales cosas. No mentir en una sociedad en que la mentira es de uso común resulta difícil. Sacrificarse en una sociedad en que el egoísmo es arma universal resulta difícil. No engañar en una sociedad que el engaño es elevado a la gran habilidad reservada para los inteligentes resulta difícil. Pero en lo difícil radica la fuerza del lenguaje de Dios. La extraña felicidad-facilidad, que cree vivir la sociedad actual, no necesita de sufrimientos redentores ni allanamientos para el cielo redentor. Se basta a sí misma. No reconoce que en los momentos importantes la facilidad se convierte en dificultad. Siempre habrá dificultad.

El lenguaje de Dios, las palabras de Dios, no son simples palabras, son palabras que dicen mucho del comportamiento humano. En una palabra, la palabra de Dios es un lenguaje que no sólo habla de cuestiones trascendentes sino, también, de asuntos humanos. Palabras que no son meras definiciones, son compromisos, son actitudes. Pensar en Dios es pensar en su divinidad y en su moral. Pero divinidad y moral no pueden separarse. Y la expresión, la palabra, sólo tiene valor si incluye su verdadero significado. Por los caminos de la hipocresía, la palabra que no sale del convencimiento se confunde con la mentira.

Hace años, por otro motivo, me atreví a insinuar que Dios está más presente en los libros de los ateos que en algunos libros piadosos. A pesar de la condenación y muerte de Dios por los ateos, Dios no está muerto para ellos, sólo es un simple juego que el lector descubre fácilmente. En los esfuerzos de los ateos por reconstruir un hombre sin Dios, un mundo honesto y libre sin Dios, se vislumbra con gran facilidad la presencia invisible de Dios. Los ateos, muchos considerados grandes pensadores, no hablan de Dios pero utilizan el lenguaje de Dios. Y lo utilizan cuando hablan de la convivencia humana, de los fines de la vida, de los derechos humanos y de tantas cosas, que todas ellas están en el lenguaje de Dios.

Y en la práctica de la vida, no creen más en Dios los que hablan continuamente de Dios que los que hablan como Dios, el lenguaje de Dios. Los que hablan como Dios no son vanidosos, ni egoístas; son humildes, generosos y amables. El Dios escondido, muchas veces ignorado, otras desafiado, otras negado, desde las oscuridades insondables de la conciencia les cuchichea en el oído interno lo que es recto, lo que no daña a los demás y, sobre todo, repite con insistencia la palabra respeto, respeto a los demás y a uno mismo.

Por unos momentos, mis ojos miraron al cielo, la mirada quedó detenida en la alta techumbre del templo, no pude llegar más allá, más allá está el secreto.

 

La Laguna [1]