El
lenguaje de Dios
Enrique
González
Ocurrió
el Día de Navidad. Unos de esos días fríos de invierno. Un cielo sin nubes,
de un azul claro. Sin amenazas de lluvia. Un suave viento traía del campo verde
y mojado un olor de germinación recién inaugurada. En
Hay días en los que
las circunstancias invitan a reflexionar. No siempre se suceden los motivos para
ocupar la mente en pensamientos trascendentes. El misterio y la sorpresa de
ciertos pensamientos se inscriben en ciertos encuentros y en determinados
instantes, quizás, un rayo de luz, una música cargada de recuerdos o unas
palabras llenas de contenido. Las prisas y lo cotidiano no dejan espacio para
los grandes secretos. La visión apresurada de lo superficial impide ver lo
escondido. Pero hay momentos en que los elementos se conjuran para que el
pensamiento se retuerza en un gran esfuerzo para ver más allá de la realidad
circundante.
¿Existe Dios? La gran
pregunta. La única gran pregunta. El gran secreto. Los mismos que quieren
construir un mundo sin Dios afirman que no hay una creación que no encierre un
secreto. Dios es el secreto de la gran creación. A Dios se le niega, pero no se
le olvida. Aunque se vaya contra Dios o se quiera vivir sin Dios, siempre se le
tiene presente, aunque sólo sea para negarlo. Nadie niega lo que no existe.
Analizando el sufrimiento, especialmente de los niños, se le niega como amo o
como todopoderoso. Pero aun en una sociedad basada en la libertad, el rechazo y
la rebeldía, donde el individuo tiene preferencia, y el bien y el mal se
confunden en una zona sin límites precisos, se mantiene la ilusión de Dios.
Si Dios es la palabra.
Si Dios es una expresión, algo que se manifiesta desde dentro, entonces tenemos
algo dentro, en lo más escondido de la conciencia, que nos obliga a hacer y a
decir, a hablar el lenguaje de Dios. No es lo mismo hablar de Dios que hablar la
lengua de Dios. Hay quien habla de Dios pero no habla el idioma de Dios. Se
habla de Dios pero se falta a la palabra de Dios. Es fácil hablar de las cosas
de Dios pero es difícil soportarlas. Es fácil hablar de humildad, amor,
generosidad y sacrificio, pero es muy difícil soportar y someterse a tales
cosas. No mentir en una sociedad en que la mentira es de uso común resulta difícil.
Sacrificarse en una sociedad en que el egoísmo es arma universal resulta difícil.
No engañar en una sociedad que el engaño es elevado a la gran habilidad
reservada para los inteligentes resulta difícil. Pero en lo difícil radica la
fuerza del lenguaje de Dios. La extraña felicidad-facilidad, que cree vivir la
sociedad actual, no necesita de sufrimientos redentores ni allanamientos para el
cielo redentor. Se basta a sí misma. No reconoce que en los momentos
importantes la facilidad se convierte en dificultad. Siempre habrá dificultad.
El lenguaje de Dios,
las palabras de Dios, no son simples palabras, son palabras que dicen mucho del
comportamiento humano. En una palabra, la palabra de Dios es un lenguaje que no
sólo habla de cuestiones trascendentes sino, también, de asuntos humanos.
Palabras que no son meras definiciones, son compromisos, son actitudes. Pensar
en Dios es pensar en su divinidad y en su moral. Pero divinidad y moral no
pueden separarse. Y la expresión, la palabra, sólo tiene valor si incluye su
verdadero significado. Por los caminos de la hipocresía, la palabra que no sale
del convencimiento se confunde con la mentira.
Hace años, por otro
motivo, me atreví a insinuar que Dios está más presente en los libros de los
ateos que en algunos libros piadosos. A pesar de la condenación y muerte de
Dios por los ateos, Dios no está muerto para ellos, sólo es un simple juego
que el lector descubre fácilmente. En los esfuerzos de los ateos por
reconstruir un hombre sin Dios, un mundo honesto y libre sin Dios, se vislumbra
con gran facilidad la presencia invisible de Dios. Los ateos, muchos
considerados grandes pensadores, no hablan de Dios pero utilizan el lenguaje de
Dios. Y lo utilizan cuando hablan de la convivencia humana, de los fines de la
vida, de los derechos humanos y de tantas cosas, que todas ellas están en el
lenguaje de Dios.
Y en la práctica de la
vida, no creen más en Dios los que hablan continuamente de Dios que los que
hablan como Dios, el lenguaje de Dios. Los que hablan como Dios no son
vanidosos, ni egoístas; son humildes, generosos y amables. El Dios escondido,
muchas veces ignorado, otras desafiado, otras negado, desde las oscuridades
insondables de la conciencia les cuchichea en el oído interno lo que es recto,
lo que no daña a los demás y, sobre todo, repite con insistencia la palabra
respeto, respeto a los demás y a uno mismo.
Por unos momentos, mis ojos miraron al cielo, la mirada quedó detenida en la alta techumbre del templo, no pude llegar más allá, más allá está el secreto.