El tiempo médico

 Enrique González 

Se acercan las elecciones generales. En un intento de convencer al electorado, se presentarán, con todo el despliegue publicitario posible, los distintos programas de los diferentes partidos políticos. Los programas, aun­que parezcan distintos y aparentemente alejados, en el fondo tienen muchos puntos de coincidencia. A fin de cuentas lo que se refleja en ellos es lo que la gente demanda. Sería estúpido y desastroso intentar reducir los beneficios socia­les alcanzados y, de éstos, el más importante, es el de la atención a la salud.

 

   No parece que la Sanidad sea el tema más conflictivo. Hay otras cuestiones, como el terrorismo, la economía, la política territorial, la vivienda... que, según se vislumbra, preo­cupan más al electorado. Quizá, porque se cree que en Sani­dad ya no se puede dar más de lo que se ha dado. En otras épocas se utilizó como arma electoral la atrevida y utópica frase de "Sanidad para todos". Si nos situamos a pie de obra, a nivel del enfermo y del médico, la satisfacción no corres­ponde a las promesas hechas en las anteriores elecciones.

 

   Es inútil repetir los grandes avances de la medicina y las indudables mejoras en la asistencia médica. Se ha conseguido un gran progreso en el espacio de la medicina, en su exten­sión a dolencias antes incurables y antes mal atendidas por falta de medios. La medicina ha extendido como nunca su campo de acción. Ya no queda espacio para remedios de escasa eficacia, ni espacio para enfermedades de origen descono­cido, ni espacio para zonas del cuerpo humano sin recono­cer, ni espacio para el abandono de indigentes. Pero la medi­cina no sólo es espacio sino, también, tiempo. Tiempo para enfermar, tiempo para el diagnóstico y tiempo para el tratamiento. Cada enfermedad tiene sus tiempos. No se trata sólo de conocer los órganos o tejidos enfermos, de evidenciar un diagnóstico exacto. Hay que valorar los tiempos de cada faceta del enfermar.


   Ya los griegos, los sabios griegos, compararon la medicina con una obra de teatro con tres actores: médico, enfermo y enfermedad. Es evidente que en los nuevos tiempos se ha unido un nuevo intérprete, el administrador, el burócrata, el que maneja el dinero, y, sobre todo, el que maneja el tiempo médico. El que establece el tiempo para el diagnóstico y el tiempo para el tratamiento. El tiempo vulgarmente conocido por y mejor reflejado en las temidas y protestadas listas de espera.

 

   El enfermo, la enfermedad y el médico conocen lo que es el tiempo médico. El enfermo no puede esperar, el diagnós­tico tiene su momento, el tratamiento tiene su oportunidad en el tiempo. Los retrasos en medicina se pagan con fraca­sos, y los fracasos, con vidas. Ya se sabe el valor de una vida. Mientras tanto, el administrador sanitario, del signo político que sea, se preocupa de presupuestos, de eficacia sanitaria, que las estancias hospitalarias sean cada vez más cortas, tan cortas que se reduzcan a nada. Por si fuera poco, aparece la competencia en la carrera de los más costosos aparatos para las más avanzadas tecnologías.

 

Un gran amigo, inteligente conocedor de la medicina, hace unos meses dio una magnífica conferencia sobre los adelantos técnicos de la medicina. Al final, algunos de los oyentes que­daron convencidos de que el camino de la medicina termi­nará en un punto donde los enfermos, sin apenas hablar y ni siquiera quejarse porque no hay tiempo para ello, pasarán por unos aparatos que determinarán el diagnóstico y el tratamiento exactos. Algo así como pasar por el control policial en los aeropuertos. Los médicos, sustituidos por técnicos, y los téc­nicos, a las órdenes de las máquinas. Es posible que llegue­mos a tales niveles técnicos. Y uno se pregunta dónde quedarán las habilidades médicas, dónde irá a parar la relación humana. No hay que olvidar que la medicina de todos los tiempos está basada en el principio más humano de todos los humanos: un hombre que necesita ayuda de otro hombre que puede dársela.

 

   La relación entre el médico y el enfermo está cimentada en la relación de una persona que tiene una enfermedad -un enfermo- con otra persona que sabe medicina -un médico-. Y que, por encima de los conocimientos médicos y la misma enfermedad, están las personas que se han de encontrar, rela­cionar y ayudar. Dos voluntades frente a frente, con un obje­tivo común: la curación. Las personas tienen sentimientos, pasiones, creencias, maneras de reaccionar, modos de vivir y formas de enfermar, y hasta ganas o desgana de curar, por­que para algunos la vida es un tránsito por verdes praderas cruzadas por aguas cristalinas; pero otros están cansados de vagar por obscuros y tétricos sótanos. Es en la verdadera rela­ción personal de la medicina donde el tiempo es tan nece­sario o más que el espacio. El tiempo sólo lo determina los parámetros que marcan los verdaderos actores de la medi­cina: médico, enfermo y enfermedad.

 

   Las horas de una urgencia, los días de espera para una con­sulta ambulatoria, los meses para una prueba diagnóstica y los años para una necesaria y vital intervención quirúrgica no pueden depender de los presupuestos ni de las limitacio­nes hospitalarias. El tiempo médico no puede ser regulado por administradores sanitarios. Aunque los presupuestos tie­nen sus límites, los enfermos no pueden soportar el peso angus­tioso de los retrasos y, sobre todo, la enfermedad no espera; la enfermedad es impaciente, sabe que su tiempo está marcado.

 

   Sería bueno que los programas electorales que nos van a meter por debajo de la puerta llevaran un mejor tratamiento del tiempo médico. Se prometió una sanidad con espacio médico total, con asistencia para todos, hospitales para todos y médicos y medicamentos para todos. La promesa quedó incumplida por falta de presupuesto. Se puede entender, por­que el dinero no da para más. Pero el tiempo médico, aun­que también depende del dinero, tiene un añadido más barato: simplemente, más dedicación y una buena dosis de humanidad. El tiempo médico es un asunto entre el enfermo y el médico, los que saben lo que vale una hora o un minuto en una vida, una vida irrepetible.