LA EMIGRACIÓN Y SU TRASCENDENCIA EN LA HISTORIA
DEL PUEBLO CANARIO (VI)
Andrés García Montes
En entrega anterior ofrecíamos algunos datos
sobre la formación de clases sociales en Venezuela en el periodo colonial,
aspecto fundamental para comprender y evaluar en su justa dimensión algunos
aspectos históricos que la historia oficial escrita por las castas dominantes,
quienes la adaptan, tergiversan o ignoran, de acuerdo a sus exclusivos intereses. De allí el énfasis que
sobre el particular haré en esta
entrega, con el propósito que el lector tenga elementos de juicio para
que elabore sus propias conclusiones.
Para finales del siglo XVI y primeras
décadas del siglo XVII, se inicia la
conformación de una poderosa clase oligárquica constituida fundamentalmente por
los descendientes de los conquistadores, nobleza o destacados servidores de la
corona, los que se conocían con los nombres de criollos, españoles criollos,
españoles americanos o patricios y en la provincia de Caracas -y esto es muy
importante -, se les conocía con el apelativo de “Mantuanos”. Esta élite en Venezuela siempre fue muy reducida, pues para
1810, comienzo de la lucha por la independencia, estaba formada por no más de
500 familias y unas 2,500 a
3,000 personas. Esta casta se caracterizó por mezclar la raza y la
posición social con el poder público, o
sea; el ejercicio y control de todos los
hilos del poder, desde cuya cumbre institucionalizaron una bestial, férrea y
fanática, discriminación racial, con el resto de las clases sociales a quienes excluían,
despreciaban, maltrataban y segregaban, a tal punto, que el investigador Michael
Mckinley llega a afirmar: “que el liderazgo casi
colectivo ejercido por élites dirigentes de la provincia –se refiere a Caracas–
era, quizá único en el imperio”.
El radicalismo y la prepotencia de esta
casta se puede apreciar en los siguientes hechos: En el siglo XVI los pardos y
blancos pobres o de orilla, gozaban de algunos derechos propios de los
europeos, como ser admitidos en órdenes sagradas, poder contraer matrimonio con
blancos, ocupar ciertos cargos públicos, acceso a ocupar cargos militares de cierta altura, entre
otros. Para comienzos del siglo XVII, año 1621, se les prohíbe el acceso a
cargos públicos, para 1643 se excluye a los pardos del servicio militar en las
tropas permanentes, para obstaculizar el que pudieran ocupar puestos de mando.
Hacia el 1650, en el primer auge en la producción y exportación cacaotera ya
brillaba un grupo de familias que conformaban esa élite
social, tales como: Los Tovar, Mijares, Ponte, Palacios, Blanco, Liendo, Bolivar, entre otros. Sus
prejuicios de grandeza y exclusividad rayaban en el fanatismo, tal como lo
denota que para 1692 el Cabildo de Caracas, bajo su control, acordó no dar
preferencias al peninsular Manuel de Urbina, Marquéz
de Torre Casa, por estimar que sus sentimientos eran muy igualitarios. Estas
reducidas castas oligárquicas criollas
con gran poder, extendieron sus tentáculos y para finales del siglo XVII, comienzos
del XVIII, ya habían transformado en instituciones bajo su mando y control los
cabildos y ayuntamientos, siendo Caracas la
más conflictiva de las provincias de lo que hoy es Venezuela, pues allí
vivía la oligarquía mas rica e
influyente, hasta el extremo de darse el lujo de entrar en contradicciones y
enfrentar a los españoles que a nombre de la Corona ejercían el gobierno, pues la defensa de
sus intereses y privilegios de clase no conocían fronteras en su empeño
racista, segregacionista, excluyente y egocéntrica.
Para mediados del siglo XVIII, esta élite,
conformada por los hacendados mas ricos, ocupaban la
cabeza de los Cabildos y ejercían en gran medida la dirección de las milicias,
monopolizando los títulos nobiliarios en su mayoría comprados a la Corona. En consecuencia, en
estas condiciones no debe extrañarnos que se rompiera la ”Paz
Colonial“, al subir los Borbones al poder del imperio
español y encontrar las Arcas Reales vacías, lo que les llevó a implantar un mayor control en el imperio
buscando los recursos que el dispendio Real exigía.
En Venezuela ese control se llamó “La Casa Guipuzcoana“ que no fue otra cosa que el monopolio que le dio la Corona a un grupo de vascos
para que controlaran la producción y exportación agrícola de la Venezuela de entonces,
gran productor de cacao y otros rubros agrícolas muy buscados y apetecidos por
los franceses, ingleses y holandeses, que adquirían a través de la práctica del contrabando.
Estos señores, con el apoyo sin límites de la Corona, implantaron sus
controles, ellos les compraban los productos a los productores, entre ellos a
los mantuanos, al precio que querían y pagaban como y cuando les daba la gana,
monopolizando el derecho a la exportación, buscando la mayor ganancia y
respondiendo de la mejor forma a las
exigencias de las Reales Arcas. Como si lo dicho fuese poco, la compañía
redujo a su mínima expresión el lucrativo contrabando que con el tabaco, el
añil, el café, los derivados de la caña de azúcar y principalmente el apetecido
cacao, los productores de la época sostenían con los franceses, holandeses e
ingleses, lo que arriba de las jugosas ganancias, la venta de contado les
permitía disponer rápido de los recursos y por si fuese poco, ello les libraba
de pagar los impuestos a la
Corona. Sobre lo dicho, hay que añadir el esfuerzo de los borbones en democratizar la férrea y brutal discriminación
racial y económica, que chocaba de frente con los prejuicios sociales del mantuanaje caraqueño.
En septiembre de 1728, se estableció por capitulación la Compañía
Guipuzcoana por orden de Felipe V y comenzó el fomento de las
primeras reacciones a favor de la ruptura del yugo colonial. Poco más de 7 años después, estalla lo que es calificado
como la primera rebelión popular de la llamada América Hispana y el único
enfrentamiento serio que sufre la
Corona antes de las luchas por la independencia, pues puede
considerarse que se inicia en 1735 y culmina en 1752, en este lapso de 17 años
de enfrentamiento al trono, en forma un tanto pasiva, salvo los tres últimos
años de (1749 a 1752) que puede
catalogarse de una franca preguerra, la que es comandada por un canario.
Juan Francisco de León. Dada la
importancia y trascendencia de este hecho,
transcribo lo expuesto por Juan Morales
González en su obra “La
Diáspora” con el siguiente subtítulo “ La
emigración del canario y su influencia en los procesos socioculturales de
Venezuela”.
“… en 1749, se da el levantamiento de
carácter político–económico más importante en Venezuela hasta esa fecha, acaudillado
por el canario Juan Francisco de León.
Dada la importancia histórica de este
canario, se hace una sinopsis histórica
del movimiento que protagonizó, cuyo contenido es el siguiente: Juan Francisco de
León nació en Canarias, Isla de El Hierro en 1692, no se sabe cuando llegó a
Venezuela. En 1727 fue capitán poblador y fundador de la villa de Panaquire, en el valle del mismo nombre, en la región de
Barlovento, donde ejerce el cargo de Teniente Cabo de Guerra.
En Panaquire fue
promotor e iniciador del cultivo del cacao, principal producto que Venezuela
exportó por mucho tiempo y cuyo comercio, junto con otros productores, era
objeto de monopolio por parte de la Real
Compañía Guipuzcoana
de Caracas. Grandes extensiones de tierra que abarca el Valle de Panaquire, estaban pobladas de haciendas de cacao, muchas
eran de canarios y otras dirigidas por éstos que utilizaban mano de obra
esclava. Todos estos productores desde hacía tiempo se encontraban molestos por
los abusos de los comerciantes vascos, pues amparados en el monopolio que les
había dado la Corona,
entre los cuales se les obligaba a entregarles sus cosechas y éstos las pagaban como querían y
cuando querían. Por imposición de la compañía es nombrado el vasco Martín de
Echeverría para sustituir en sus funciones de Capitan
y Teniente Cabo de Guerra a Juan Francisco de León. Esta fue la gota que rebozó
el vaso, ya de por si caldeado. Los hacendados criollos y canarios, los
agricultores, principalmente isleños, más otros sectores, como el clero y buena
parte del mantuanaje caraqueño un tanto encubiertos,
seguidos de sus esclavos y peones, se organizan y desconocen la autoridad
recién nombrada y piden que se nombre a alguien que no tenga vínculos con la
compañía, agrupándose en torno a Juan Francisco de León. Así se forma el
levantamiento contra el monopolio impuesto por la Corona que fue dirigido por
este “canario arrecho“, según el decir del Dr.
Francisco Herrera Luque en su muy conocida obra Los Amos del Valle. Los
sublevados avanzan hacia Caracas pasando por Caucagua,
Guatire, Guarenas y otras poblaciones de menor importancia en las que se van
incorporando nuevos descontentos, armados con pocas armas de fuego, picos,
palos, machetes, cuchillos y otros objetos contundentes.
Llegan a Chacao,
el 19 de abril de 1749 y envían representación escrita ante el Gobernador y
Capital General de Venezuela, Luis de Castellanos, en la cual se pide la
disolución y cese de la
Compañía. Al no recibir respuesta, Juan Francisco de León avanza
con sus huestes y acampa en la Plaza Mayor
(hoy Plaza Bolivar), frente a las Casas Reales, residencia
oficial del Gobernador, Éste trata de interrogar a la multitud desde el balcón
y Juan Francisco de León le increpa pidiéndole la expulsión del país de todos
los vascos, es llamado y éste va, para parlamentar. El militar canario insiste
en el deseo de todos los suyos. Convocada una asamblea de notables, Juan
Francisco, ratifica por escrito la voluntad de sus representados, aclarando que
la insurrección no es contra el Rey, al contrario, obedecen y acatan sus
autoridades, pero si piden que cese la compañía por los males que acarrea al
país y se establezca la libertad de comercio. Temeroso ante las dificultades,
el Gobernador huye el 3 de mayo a La
Guaira disfrazado de fraile. Hasta allí va Juan Francisco y
espera la llegada del nuevo representante real, Juan de Arriaga,
quien le convence que debe esperar.
Dos años y medio después, llega el
Gobernador y Capitan General de Venezuela, Felipe
Ricardos, quien con el respaldo del Rey y por gestión de los representantes de
la compañía, la restablece nuevamente.
Ante tal situación, Juan Francisco de León
organiza sus huestes, pero ya habían cambiado los tiempos. Parece que la Corona había neutralizado
al clero y al mantuanaje, pues habían movido sus
hilos y Juan Francisco estaba acompañado sólo del pueblo llano y los pequeños y
medianos productores. Pronto comprendió que no podía llegar lejos, y en febrero
de 1752 se entregó prisionero, siendo enviado a Cádiz el 2 de marzo del mismo
año. Falleció en el Hospital Real, en Cádiz, el 2 de agosto de 1752.
Declarado traidor por el Gobernador, su casa
en la Plaza de la Candelaria en Caracas
fue arrasada y sembrada de sal, “para que ni hierba nazca“, según el decir del
Gobernador, y sobre sus ruinas se colocó un padrón de ignominia, cuyo texto
denota el tipo de justicia que siempre caracterizó el fanatismo y los complejos
de grandeza de la metrópoli sobre sus colonias.
Dicho monumento a la ignominia y la
degradación fue demolido por otro tipo de justicia, la de la independencia, que
llega con los ejércitos libertadores y los terrenos en acto de justicia
histórica, son devueltos a los herederos de este rebelde isleño.
El 16 de marzo de 1949, doscientos años
después y como monumento recordatorio de que la justicia histórica
llega derribando el tiempo y la distancia, la Gobernación del
Distrito Federal acordó colocar frente al sitio donde estuvo la casa de Juan
Francisco de León una lápida conmemorativa con motivo del vicentenario
de su gesta, cuyo texto dice:
“Aquí estuvieron las casas del Capitán Juan Francisco de León, Caudillo del
movimiento contra la
Compañía Guipuzcoana. El Gobernador Felipe
Ricardos mandó demolerlas y sembrarlas de sal, por acto del 5 de febrero de 1752, publicado en esta misma
plaza. El magnánime Capitán León sacrificó vida y
caudales al servicio de su país. La ciudad de Caracas le rinde homenaje, hoy
que se cumplen doscientos años de su entrada en ella, XX de abril MDCCXLIX –
MCMXLIX”.
En 1793, el antiguo museo Barlovento de Caucagua se bautizó con el nombre de Juan Francisco de
León. El puente sobre el Río Tuy, en la vía a Panaquire,
lleva su nombre. La mano justiciera de la historia sigue su curso y hoy
desplaza a segundo término a los soberbios, miopes y serviles, que ayer tomaron
infames medidas valiéndose de su fuerza bruta y eleva a su víctima al pedestal
que su coraje y valentía conquistó. Así
en él, se personifica quien por vez primera un representante del pueblo
venezolano, “llegue a ser cabeza visible de gobierno en la capital del país“ como bien apunta el gran intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri”.
La historia sigue barriendo el ensuciado
camino por los fanáticos del pasado en los altares del poder. Así la
historiadora Analola Borges nos dice:
“La tropa que acompaña a Juan Francisco, integrada por canarios,
mulatos, indios, negros y mestizos … era una plebe decente … no roba, no mata, no
quema … Manifiesta una y otra vez su lealtad al Rey, no ataca las fuerzas
militares que se le oponen porque son del ejército de su Majestad. Pero están
firmes en su programa económico que defienden para salvar al país de la ruina
general según creen”.
También en la Isla de El Hierro (Canarias),
con la ayuda de canarios y venezolanos, se levantó un monumento a su memoria.
Así la tierra que le vio nacer, también perpetúa su acto, para orgullo de
nuestro gentilicio.
“Pariodando a Analola Borges podemos concluir: Así canarios y venezolanos han venido
escribiendo la historia de Venezuela, donde
la rebeldía del canario se desata ante la inmensidad de esta tierra amplia y
generosa, frente a lo reducido y estrecho del ámbito isleño, que engendra
hombres pasivos y sosegados solo en apariencia, pero que se tornan torbellinos
ante el abuso y la injusticia, la usurpación y el atropello a sus derechos,
virtudes que se forman y consolidan al calor del proceso histórico vivido y que
queda ampliamente demostrado en la influencia y participación en los ejércitos
que logran la libertad de los países de América Latina”.
Hasta aquí, lo dicho por el autor, que es una
síntesis del libro titulado “Juan Francisco de León y su Descendencia ( 1979 )”, escrito por nuestro gran investigador David W
Fernández.
Completo la versión sobre este canario con
los siguientes datos, tomados de un trabajo de María del Pilar Rodríguez,
titulado “Siglo XVIII, 1810 y Población Canaria en Venezuela”. Cuyo texto es el
siguiente:
“ … En marzo de 1749 se alza Juan Francisco
en los Valles del Tuy, se le unen pobladores de Caucagua,
Guatire, Guarenas y otras poblaciones de la zona. Está al frente de 1800
hombres, pero también le siguen los pobladores de los Valles de Aragua y de
Maracay, que llegan a las puerta de Caracas con 3500 hombres. En agosto, viendo
las promesas incumplidas, se reúnen alrededor de Juan Francisco una fuerza de 9000 hombres: una fuerza inmensa
para el momento. Su hijo, Nicolás Cristóbal de León, nacido en Caracas y
fundador de El Guapo, será el primer venezolano que recluta, en ciudades y
villas interioranas, un ejército popular de blancos, mulatos, indios, negros y
mestizos, para combatir abiertamente a la Corona, donde se dan vivas
a la Patria
venezolana”. Es necesario aclarar al apreciado lector, que éste fue detenido
junto con su padre y enviado a España. Regresando a Venezuela posteriormente.
Otro episodio de gran trascendencia lo
protagoniza el canario Sebastián de Miranda Ravelo,
pues sobre el hecho de ser el principal protagonista de un acto histórico de
una gran proyección, fue el padre del Generalísimo Francisco de Miranda, el más
relevante precursor de la independencia americana y la figura más universal que
ha parido la sociedad venezolana.
Don Sebastián de Miranda, hombre que poseía
una buena fortuna, compra su título de nobleza o “limpieza de sangre” a un muy elevado precio,
era otro de los medios que tenía la
Corona para adquirir los recursos y poder costear el
dispendio de la Corona. Esto
generó un fuerte rechazo del mantuanaje
caraqueño, pues Don Sebastián era
portador, según sus prejuicios, de dos grandes pecados, primero: era isleño y
por lo tanto blanco de orilla o pardo, según se les antojara, y junto a este
horrible defecto, era comerciante, actividad mirada por esta élite social como un trabajo bajo, propio de gentes de muy
baja escala social, donde sólo tenían cabida lo más degradado. Con estas
concepciones ellos no podían admitir que un individuo con tan baja y denigrante
evaluación se sentara en medio de ellos, en las primeras sillas de la catedral
a oír misa, mucho menos que pudiera ocupar puestos de dirección en el Cabildo,
Universidad o ejército. La gota que reboza el vaso fue el nombramiento de Don
Sebastián como Capitán de la Sexta
Compañía de Fusileros del Batallón de Blancos Isleños de
Caracas. Esto sentaba un precedente que el mantuanaje
no podía tolerar y su rabioso e intransigente prejuicio social les llevó a
dirigirse al Tribunal Real para que anulara la venta del título de nobleza,
acusándole de mulato, comerciante e indigno de portar tal distinción. Don
Sebastián enfrenta el reto con valentía y logra derrotar a esas soberbias
élites al obtener que el Tribunal dictamine a su favor. Pero el Cabildo
dirigido y controlado por estas castas, esconde el veredicto y logra mantenerlo
oculto un buen tiempo, hasta que el 12 de septiembre de 1770 la Corona reacciona y el Rey
Carlos III dicta una orden de obediencia al Cabildo Caraqueño en los siguientes
términos: “Ordeno y mando que jamás en lo adelante se ponga en duda la dignidad
y el origen de Sebastián de Miranda … - advirtiendo severamente a la
aristocracia caraqueña que- … privaré de
su cargo y someteré a otros severos castigos a todo oficial o miembro del
Cabildo que verbalmente o por escrito le trate de manera incorrecta o le cause
molestia”. Pero la reacción de la
Corona fue mas lejos, pues a partir de esa fecha equipara los
derechos de los nativos de las Islas
Canarias con los de los españoles peninsulares. Esto origina que el pueblo
venezolano de la época, envíe una lluvia de solicitudes de carácter
reivindicativo a la Corona,
lo que pone en evidencia el poder y el fanatismo de ese mantuanaje,
el que desafía e incumple las órdenes reales, tal como lo denotan los
siguientes datos: En 1776 se había prohibido el matrimonio entre blancos y
personas de color, para 1788, algunos pardos libres solicitan del monarca el
privilegio para ser admitidos en las sagradas órdenes y el permiso para casarse
con gente blanca de estado llano. En 1790, la Real Cédula del 8 de mayo
obliga a los eclesiásticos a no inscribir a los isleños de Canarias, “siendo
notoriamente blancos”, en los libros de “mulatos, zambos, negros y gente de
servicio”. Vemos como en abierta desobediencia, para las élites oligárquicas
venezolanas, el canario seguía siendo blanco de orilla, pardo o mulato, no
obstante la Real
decisión de 1770. En la segunda mitad del 1794, el Cabildo insiste en que se
prohíba a los pardos el ejercicio de la medicina y la cirugía. Para el 10 de
febrero de 1795, se emite la Real
Cédula de Gracias al Sacar que permite a cambio de una
cantidad en metálico, dispensar a las “castas inferiores” de la calidad de
tales, y equipararles social y políticamente a los blancos. El Cabildo de
Caracas intento ocultar su existencia y litigó luego sin éxito en la corte,
para evitar su aplicación en la provincia. A mediados de 1795 se hacen las gestiones
a favor de la educación de los pardos, ya que no se les permitía ingresar a las
Escuelas Públicas de Primeras Letras a pesar de la existencia de Reales Cédulas
que instaban a su avolición. En 1797, se permite a la
gente de color ingresar a la
Escuela de Medicina por la escasez de blancos en la profesión
de la medicina. En 1805, un grupo de 16 pardos solicita al Cabildo de Caracas
la autorización para crear una Escuela Pública para los niños de su clase, lo
que no tuvo éxito, tal como lo denota que en 1810, un grupo de 21 pardos vuelve
a efectuar la petición. Para inicio del siglo XIX, los canarios y los pardos
presentaban a través de numerosos gremios y cofradías una fuerte y abundante
asociación que les identificaba.
Este conjunto de datos entre otros, a los
que hay que sumarle una auténtica revolución cultural que da origen a
destacados intelectuales, casi todos canarios y descendientes de canarios, que
opacan a los enfermos y prejuiciados mantuanos, es producto del enfrentamiento
de Don Sebastián de Miranda con la rancia y retrógrada oligarquía de la época,
representada fundamentalmente por el mantuanaje
caraqueño. A no dudarlo esto amplía y profundiza las fuertes contradicciones y
la lucha de clases, lo que genera una verdadera insurrección, inicialmente por
la vía legal de esas clases sociales consideradas “
inferiores,” situación que, a partir de 1813, tomará el camino de la
violencia, tal como veremos en próxima entrega.
Se hace imprescindible mencionar solo un
reducido número de destacados intelectuales, todos de origen canario, que
brillan en la época, pues la forma de gobernar de estas élites dirigentes
crearon en Venezuela una singular situación que determinó que el estamento
social de los “blancos de orilla”, donde los canarios criollos eran mayoría
absoluta, configurara la clase intelectual y más avanzada de la sociedad
colonial.
En escueto resumen citaremos, por ahora sólo
de nombre, a los siguientes: Pbro Francisco Martinez de Porras, Pbro Pedro
Miguel Martinez,
Baltazar de los Reyes Marrero,
José Nicolás Diaz, José María Vargas, Andrés Bello,
Generalísimo Francisco de Miranda, José Miguel Sanz, Fermín Toro, entre otros.
A los que hay que sumarle otros venidos de Canarias y formados en Venezuela,
como: Antonio José Alvarez de Abreu, Juan Perdomo Bethencourt, Pbro. José Carballo
Wanguemert, José Luis Cabrera Charvonier,
Antonio Gómez de Silva y Fernando Key Muñoz.
Estos destacados intelectuales actuaron en
un amplio y complejo espectro, tanto de la Venezuela colonial, así como después de la
independencia, cuyo campo abarcó desde rectores de la Universidad, hasta
ministros, pasando por catedráticos y destacados profesionales en distintas
áreas del saber, políticos, diplomáticos, jueces, artistas, oficiales del
ejército, etc. etc. De allí el gran temor que invadió al mantuanaje
de perder el poder o tener que compartirlo con estos sectores sociales que
ellos consideraban “inferiores”. Todo lo que condujo a hacer más tensa la ya
grave relación entre el soberbio e intransigente mantuanaje
y el resto de la sociedad venezolana en los inicios de la lucha por la
independencia.
Demás está decir que la historia oficial,
influida por las castas oligárquicas hasta nuestros días, nada o muy poco, dice
sobre esto, lo cual es imprescindible tomar en consideración, para poder explicar ciertos hechos que iremos
exponiendo.