LA EMIGRACION Y SU TRASCENDENCIA EN LA

HISTORIA DEL PUEBLO CANARIO (VII)

 

Andrés  García  Montes

 

Comenzaré esta entrega señalando que dos aspectos han venido distorsionando la Historia de Venezuela. Una, la ya señalada, por las castas dirigentes al calor de sus prejuicios e intereses de clase y la otra por el endiosamiento a la figura de El Libertador. Participo de la opinión de quienes creen que ese endiosamiento degrada la figura de Bolívar. La proeza de El Libertador, su talla y grandeza, no necesita ni precisa de ese tratamiento. En efecto, lo que hizo Bolívar lo puede hacer Dios, sin que nadie se asombre, pero esa hazaña no está a la altura de cualquier hombre, sólo seres excepcionales y muy contados poseen esas facultades, en consecuencia, la grandeza de Bolívar está en su condición de hombre, de humano y no en una supuesta condición divina. Pero aceptar esta realidad, implica que como humano pudo equivocarse, el error y la equivocación es inherente a la condición humana, por tanto, todo hombre se equivoca, comete errores y si tuvo que afrontar algo tan enorme, complejo y preñado de inmensas dificultades y contradicciones como el proceso que enfrentó El Libertador, es imposible que no se haya equivocado y haya cometido errores.:

El puesto que ocupa El Libertador en la Historia Universal no admite dudas, su gesta y heroísmo solo facultad de seres excepcionales, no admite discusión, con esta aclaración vamos a hablar del Bolívar hombre, seguro que con ello, contribuimos a elevar su titánica y bien ganada talla de gigante universal.

Entre el conjunto de aspectos que se confabulan para crear las condiciones para que se diera la guerra por la independencia del imperio español en América, salvo Cuba y Puerto Rico, dos hechos destacan. El primero dado en el Siglo XVIII, cuando la Corona estableció monopolios para controlar el activo y rico comercio de su amplio imperio, perjudicando a  las castas locales que se beneficiaban ampliamente del contrabando con franceses, ingleses y holandeses principalmente. Esto generó  un profundo descontento que, a lo largo de casi un siglo, creó las condiciones de rechazo y enfrentamiento con la Corona. A ello se le debe que todas esas castas hayan reaccionado al mismo tiempo cuando se dio el otro aspecto. La invasión napoleónica a España. Pero esas castas dirigentes en todo el imperio tuvieron que afrontar serios problemas en la conformación de sus ejércitos. Veamos: Con relación a Venezuela lo que dicen autorizados autores, el conocido escritor y psiquiatra Dr. Francisco Herrera Luque, en su obra Boves el Urogallo, folio 11 dice: “Venezuela a pesar de su exigua población (825 mil habitantes), era, por obra del sistema de castas, un hervidero de odios al que solo la autoridad del Rey de España lograba mantener en su precario equilibrio. Apenas un cuarto de sus habitantes disfrutaban  del status jurídico de los españoles de ultramar. El resto de la población constituida por sambos, mulatos, mestizos (pardos), indios, negros libres o esclavos, eran sometidos a una discriminación cruel y vejatoria que a comienzos del Siglo XIX era ya insostenible”.

El gran historiador Laureano Valenilla Lanz, muchas veces ignorado por su objetividad y valentía, en su obra Cesarismo Democrático nos dice: “cuando la sociedad se conmueva, cuando las trabas sociales y políticas que contenían hasta cierto punto aquellos odios desaparezcan, entonces se verá como surgen los instintos despiadados y la guerra estallará entre aquellas clases como entre hordas salvajes.

Ante esos detalles que constituyen la vida íntima de la colonia, desconocidos o desdeñados por casi todos nuestros historiadores, cabe preguntar: ¿Quiénes eran en Venezuela, por una ley sociológica perfectamente definida, los verdaderos opresores de las clases populares?  Serían acaso, los agentes venidos de la metrópoli, que, según la propia expresión de los nobles, miraban la provincia como una posada, contentándose con sufrir el mal por el poco tiempo que habían de durar en ella; o aquellos que  apegados al terruño, celosos de su alta posición, dominando todas las corporaciones y ejerciendo todos los empleos los tiranizaban, siendo ellos exclusivamente los llamados a ejercer las funciones de alcaldes, corregidores, síndicos, justicias mayores, tenientes de justicia, oficiales de milicia, recaudadores de impuestos, celadores del estanco y del fisco etc., y componían la tropa entera de empleados municipales perpetuos y electivos que reclamaba el complicado organismo administrativo de la Colonia”.

Hasta aquí la larga cita que por parecerme tan contundente la utilizo en su totalidad. Estos dos autores van a ser citados con bastante frecuencia ya que son de los pocos que han enfrentado esta realidad con valentía y objetividad.

A lo dicho bien pudiésemos agregarle ¿Qué significado podía tener para la mayoría de esta población sometidos a brutales y denigrantes tratos, castigados salvajemente por cualquier cosa, embrutecidos por el degradante medio donde eran obligados a vivir, la invitación a luchar por la libertad? Más confuso e incomprensible cuando esa invitación se la formulaba el amo, el opresor. ¿Acaso la más elemental reflexión no le conducía a la conclusión de luchar y sacrificarse para tener el mismo amo? En última instancia, el que lo explotaba, lo maltrataba, lo segregaba y despreciaba, quien lo castigaba y excluía a él y a su familia no era la Corona en forma directa, era el mantuano, por lo tanto, en aquellas condiciones, es lógico y comprensible que la gran masa del pueblo venezolano de inicios de la lucha por la independencia, dirigiera sus odios e insatisfacciones con preferencia, hacia las castas sociales que organizaron y dirigieron la lucha por la libertad del imperio español.

Para que el lector tenga una idea más clara del trato que esa reducida y enferma casta social, conocida como los mantuanos, le daba al grueso del pueblo venezolano, veamos su reacción ante una petición que un grupo de familias mulatas (pardos) hiciera ante la Corona en 1788 para que se les concediera la calidad suficiente para poder contraer matrimonio con blancos, poder estudiar en la Universidad y poder ser sacerdotes: Ante aquella solicitud del mulataje, la reacción de la élite mantuana fue feroz, desde el Cabildo, la Iglesia y la Universidad se dirigen profusos y sesudos folios al Rey, argumentando la inconveniencia de otorgarle la gracia solicitada a los mulatos e intentando evitar a toda costa su ascenso social.

Según el criterio de la élite mantuana, únicamente la gente de su calidad y honor debían estar en la milicia, ser sacerdotes, estudiar en la Universidad y ocupar los cargos del gobierno local. De allí que la dispensa de calidad a los pardos ocasionaría: “el general trastorno de los estados secular y eclesiástico,… descubre la subversión del orden social el sistema de anarquía y se asoma el origen de la ruina y pérdida de los Estados de América…”.

Para los mantuanos “, negarle la gracia a los pardos es la única manera de conservar el orden y la cohesión social. La Provincia no se halla en estado de recibir una alteración tan grave en el orden público.

 La aplicación de la Real Cédula convertiría esta preciosa parte del Universo en un conjunto asqueroso y hediondo de pecados, delitos, y maldades de todo género: se disolverá la máquina: llegará la corrupción.  

De concederse la calidad de blanco a los pardos, los mantuanos dejarán de ejercer los oficios honorables y los mulatos invadirán como hormigas los espacios y funciones públicas, hasta que no haya gente blanca que pueda defender la estabilidad de régimen colonial, frente a una gente cuya calidad la hace sospechosa de infidelidad y subversión.

 Hormiguearán las clases de estudiantes mulatos. Pretenderían entrar en el Seminario: rematarán y poseerán los oficios consejiles: servirán en las oficinas públicas, y de Real Hacienda: tomarán conocimiento de todos los negocios públicos y privados: seguirá el desaliento y el retiro de las personas blancas y decentes: animará a aquellos su mayor número: se abandonarán éstos a su pesar y desprecio: se acabarán las familias que conquistaron y poblaron con su sangre y con inmensas fatigas la Provincia. Se olvidarán los nombres de aquellos vasallos que han conservado con su lealtad el dominio de los reyes de España: hasta de la memoria se borrarán sus apellidos: y vendrán los tristes días en que España, por medio de la fuerza, se vea servida de mulatos, zambos y negros, cuya sospechosa fidelidad causará conmociones violentas, sin que haya quien, por su propio interés y por su honra, por su limpieza y fama exponga su vida llamando a sus hijos, amigos, parientes y paisanos para contener a la gente vil, y defender la causa común y propia”.

Para concluir, por si acaso quedara alguna duda, veamos su alegato final para demostrar a la Corona la inconveniencia de promover a los indignos mulatos huérfanos de honor y a quien la naturaleza les asignó un sinfín de defectos que les hacen indignos. Para ello resaltan que los mulatos (pardos) provienen únicamente de la mezcla con africanos y según su visión estos son hombres marcados con toda la ignominia de la barbarie y con toda la infamia de la esclavitud. “Hombres estúpidos, groseros, desnudos y sin más señal de racionalidad que una semejanza desfigurada y casi obscurecida con el ardor del clima. Hombres víctimas de la ferocidad de sus cohermanos que los privaron de libertad. Hombres en quienes las pasiones más groseras tienen un imperio que casi los degrada de su ser. Hombres inclinados al robo, sanguinarios, suicidas, cubiertos por lo común de la confusión de las costumbres más bárbaras”.

Si esta era la concepción, como puede apreciarse, cargada de prejuicios, desdén, desprecio, racismo, exclusión y odio, no es necesario devanarse los sesos para averiguar el trato que les daban a esas mayorías sociales que con ellos convivían.

Guste o no, el desconocimiento de este factor, jugó su papel en el primer intento de independencia encabezado por el Generalísimo Francisco de Miranda, en agosto de 1806, en la Vela de Coro y después en la caída de la Primera República en 1812, bajo la dirección también de Francisco de Miranda.

Dada la importancia del más notable precursor de la independencia americana se hace necesario hacer una ligera remembranza de su descollante biografía.

Francisco de Miranda nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. Hijo del canario Sebastián de Miranda Rabelo, Cursó estudios en la misma ciudad y en 1771viajó a Madrid.

Al año siguiente ingresa al servicio militar de España como Capitán del regimiento de Infantería de Princesa. Su primera experiencia de guerra fue en Melilla contra los moros. En 1780 estaba en Estados Unidos de América enviado por España, para combatir por su independencia contra Inglaterra, donde conoció a los principales dirigentes, entre ellos al mismo George Washington. Participó en el famoso sitio y rendición de la Fortaleza de Pensacola, por su destacada actuación ganó el grado de Teniente Coronel.

Debido a su espíritu rebelde, libertario y anticolonial y sus opiniones a favor de la independencia de las colonias españolas, es considerado enemigo de España y acusado de hereje, siendo en consecuencia perseguido por los temibles Tribunales de la Santa Inquisición.

Su espíritu inquieto y batallador lo convierte en un incesante viajero, es objeto de atenciones y elogios en numerosos círculos intelectuales de Europa, su talla intelectual le abre muchas puertas, entre ellas, la Corte del Rey de Prusia, la  Emperatriz Catalina II de Rusia llega a distinguirle con el grado de Coronel de su Ejército, al mismo tiempo que lo protege de la persecución española. Es acogido y admirado por países como Austria, Hungría, Grecia, Turquía, por su gran cultura y conocimientos. Después de un recorrido por Polonia y países escandinavos, llega a Francia cuando se inicia la Revolución, durante la cual tendrá una destacadísima actuación como General de los ejércitos, hasta el extremo que despierta envidia y deseos de destruirle, hasta el punto que fue sometido a un proceso judicial donde estaba en juego su vida y en el cual asumió su defensa, cuyo alegato fue tan contundente, que ganó su total y absoluta libertad.

Se dice que el único nombre de extranjero que aparece en el Arco de Triunfo en la Plaza de la Estrella de París, es el de Francisco de Miranda. Como es bien sabido, el lugar donde Francia rinde homenaje a sus más destacados héroes.

Sólo hemos hecho un somero esbozo de la personalidad de Miranda, poco nombrado y menos exaltado bajo la estúpida creencia que podía restar brillo a la figura de Bolívar. Cuando hay que asumir el hecho histórico, respetables historiadores e intelectuales no logran explicar el comportamiento de Bolívar, atribuyéndolo a los más disímiles aspectos. Quizás el más notable es la entrega de Miranda a los españoles después de la caída de la Primera República.

Hagamos un recorrido histórico. El 19 de abril  de 1810, la Sociedad Patriótica que dirigía el movimiento independentista en Venezuela, comisiona al joven Simón Bolívar, a Luis López Méndez y al famoso intelectual, descendiente de canarios, Andrés Bello a buscar en Inglaterra apoyo financiero y convencer a quien si era considerado el hombre capaz de dirigir por caminos seguros la formación y consolidación de la naciente república: el Generalísimo Francisco de Miranda. La Comisión cumplió su cometido y Miranda regresó a Venezuela. Veamos lo que nos dice Laureano Vallenilla Lanz en su Cesarismo Democrático, refiriéndose a la Suprema Junta de Venezuela: “Recuérdese que esa misma junta prohibió a Miranda la entrada a Venezuela, no por temor a sus ideas radicales respecto a la independencia, pues es bien sabida la decisión de los directores del movimiento a realizarla, sino porque aquel hombre, a pesar de la notoriedad que había conquistado en Europa por sus eminentes cualidades, continuaba siendo para los nobles de Caracas, el mismo plebeyo, el hijo del isleño comerciante que vestía el uniforme de general de milicias urbanas. De allí que a su llegada a Caracas, fuese recibido con frialdad y no sea aventurado suponer que en la rivalidad de los nobles hacia el hijo de Don Sebastián de Miranda, está la clave de algunos hechos inexplicables que trajeron como consecuencia la pérdida de la República en 1812”.

Es bien conocido como el Marqués  del Toro fue el encargado de defender militarmente la primera república, un inepto que lo que más le preocupaba era exhibir su lujoso uniforme y su espada con empuñadora de oro y piedras preciosas, en medio del narcisismo propio de esa egocéntrica nobleza. Después de repetidas derrotas el mando del ejército le fue confiado a Miranda cuando poco había que hacer. La situación hizo crisis cuando Puerto Cabello, la más importante plaza, confiada su defensa a Simón Bolívar, se perdió. El Generalísimo ante una crítica situación y lo más probable que por la causa dicha, no podía reunir un ejército que pudiese enfrentar al de la Corona, decide capitular y comenzar una reorganización de las fuerzas patriotas para volver a la lucha. Con esa intención va a La Guaira para embarcar a la Nueva Granada y buscar la ayuda del prócer bogotano Antonio Nariño para buscar y organizar nuevas fuerzas que le permitieran tomar de nuevo el control militar y político de la naciente República.

El mismo día que pretendía embarcar, muy temprano, es despertado por una comisión de la cual Bolívar formaba parte y lo detienen, entregándoselo a los españoles quienes irrespetando el tratado de capitulación lo encarcelan en las mazmorras del Castillo de la Guaira. Después fue trasladado a Puerto Rico y luego a Cádiz, donde llega el 5 de enero de 1814, donde fue encarcelado en el Arsenal de la Carraca. El 14 de julio de 1816 fallece, sin que sus restos se sepa donde reposan, ni esté clara la causa de su muerte.

Los historiadores alegan que el proceder de Bolívar se ampara o justifica porque en aquel momento a Miranda se le consideró un traidor por su capitulación ante la Corona. A mi juicio algo muy difícil de sostener, si fue detenido por traidor, es porque se consideraba estaba de acuerdo con el enemigo que era la Corona ¿Cómo entonces explicar que se lo entregaron prisionero a su supuesto aliado? ¿Por qué no admitir lo más lógico y que se explica por sí solo, que el mantuanaje desconfiaba del plebeyo, del blanco de orilla, del hijo del isleño comerciante, que le temían a su gran capacidad y prestigio y no era según su miopía y prejuicios el hombre adecuado para dirigir el proceso de independencia? Y Bolívar, aún muy joven, sin la experiencia y la enseñanza que luego le dejara los acontecimientos que ocurrieron, era uno más de ese mantuanaje, enfermos de ostentación y prejuicios y que aún tenían que ocurrir muchas cosas que separaban al Bolívar que era en ese momento, del Bolívar que llegó a ser.

Luego de estos hechos vendría junto al manifiesto de Cartagena la extraordinaria hazaña conocida como la Campaña Admirable, a partir de este memorable hecho, Simón Bolívar se convertiría en el máximo líder de la lucha por la independencia, se le asignó el título que más le honró en su vida, el de El Libertador, culminando con el nacimiento y constitución de la Segunda República en 1813.

Uno de los aspectos más polémicos de toda la obra de Bolívar fue el llamado “Proclama de Guerra a Muerte”, este controversial documento lo emite El Libertador el 15 de junio de 1813. La mayoría de los historiadores afirman que éste fue emitido en respuesta a los crímenes, violaciones, torturas, desmanes y atrocidades, de los realistas, al mismo tiempo que planteaba la imperiosa necesidad de la lucha por la independencia y la incuestionable urgencia de expulsar a la dominación colonial española de América. La proclama de Bolívar decía al final lo siguiente: “Españoles y canarios, contad con la muerte aún siendo indiferentes, sino obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida aún cuando seáis culpables”

Sin negar los objetivos señalados pues la bestialidad y monstruosidad de los crímenes del colonialismo no precisan de repeticiones o menciones. ¿Cómo desconocer que el documento va dirigido a romper la estructura cultural creada por los prejuicios y linaje clasista de las clases dominantes que obstruía la formación de un ejército nacionalista y patriota?, ¿Cómo negar que la proclama intenta despertar una conciencia nacionalista y patriótica en la gran masa del pueblo venezolano? Con relación a lo último, estimo un grave error, que no es sólo de Bolívar, ha sido siempre hasta nuestros días, al meter en el mismo saco a españoles y canarios. Pero en este caso específico, ese error tuvo graves y fatales consecuencias, pues en Venezuela, dada la gran descendencia que el canario tenía, la proclama representó la gota que rebozó el vaso para que estallara ese hervidero de odios a que hace referencia Herrera Luque. Una vez puesta en práctica la proclama se destapó una persecución sin tregua ni medida contra numerosos canarios bodegueros, agricultores, comerciantes, artesanos con numerosos nexos de sangre y amistad con las grandes masas. Para la fecha, El Libertador era visto como un mantuano más y estas masas no simpatizaban con los realistas, pero, por las razones expuestas, si odiaban al mantuanaje. Con razón el gran intelectual venezolano Juan Vicente González señala en una aguda crítica a la proclama: “¿…Por qué, envolver en la proscripción, a multitud de hombres laboriosos y de honestas costumbres, que fecundan los campos, enlazados con los venezolanos, padres de compatriotas nuestros… hijo del venezolano del español con una madre, esposa de aquel, ¿no era terrible alternativa colocarle entre la patria y sus padres, parricida en uno y otro caso? Hacer de la fe de bautismo un título de muerte, proscribir padres, tíos, parientes ¿No era sembrar la discordia en las familias, romper los lazos más santos, destruir el respeto, preparar los días que atravesamos?

Dada las características que la Historia oficial le viene dando a esta guerra, llamando realistas a todo el que se opusiera a la dirección mantuana, es significativa la presentación que hace el Dr. Francisco Herrera Luque de su obra Boves El Urogallo, cuyo texto es el siguiente: “esta es la historia verídica, fabulada y verosímil de José Tomás Boves aquel guerrero asturiano, que entre 1813 y 1814 fue paladín de la antirepública, el destructor afiebrado del orden colonial y el primer caudillo de la democracia venezolana.

El destacado escritor, ya nombrado, Juan Vicente González lo llama: “El primer jefe de la democracia venezolana” agregando que: “penetró muy hondo en las entrañas de nuestra revolución”.

El caudillo que dirigió esta guerra civil en Venezuela fue el asturiano José Tomás Boves, de quien se dice llegó muy joven a Venezuela y sufrió en carne propia los vejámenes del mantuanaje al prestar servicios domésticos, luego pasó a ejercer el contrabando en cuya vida azarosa templó su espíritu para asumir lo que fue después. En esa vida conoció y se hermanó con los canarios, pues casi todos los altos jefes de su victorioso ejército fueron canarios. Este hombre logra el caudillismo al redimir a los esclavos de la servidumbre, siendo el primero en luchar por la igualdad de las castas, elevando a lo zambos y mulatos de su ejército a las altas jerarquías militares, gozó de una popularidad inmensa y era recibido por las masas con obsequios y aclamaciones. Su principal bandera de lucha fue su desprecio y rechazo a las castas dominantes, permitiendo a las masas desamparadas y a sus soldados repartir las riquezas del mantuanaje entre ellos.

Esta fue la más espantosa guerra civil que ha conocido el llamado mundo hispanoamericano. Doscientos veinticinco mil muertos, desaparecidos, es el saldo estimado de una guerra de clases signada por la venganza. “No hay crimen ni maldad que no se ejecutase, ni pueblo, ni ciudad que no escapase al rigor más vesánico. Ni los lugares sagrados fueron capaces de contenerlo en sus desmanes: miles de víctimas fueron asesinadas sobre los mismos altares” según el decir del Dr. Francisco Herrera Luque. Es ilustrativo lo que escribe el Arzobispo Coll y Pratt: “Mi espíritu se conmueve y mi alma no puede soportar el peso de tantos males. El hurto, la rapiña, el saqueo, los homicidios y asesinatos, los incendios y devastaciones, la virgen violada, el llanto de la viuda y del huérfano, el padre armado contra el hijo…, y cada uno buscando a su hermano para matarle; los feligreses emigrados; los párrocos fugitivos, los cadáveres tendidos en los caminos públicos, los huesos que cubren los campos de batalla y tanta sangre derramada en el suelo venezolano: todo esto está en mi corazón”. Las atrocidades cometidas en la toma de Valencia con las familias mantuanas describen el odio y los deseos de desquite y venganza de aquellas masas cuya agresividad de siglos, acumulada y reprimida, encontraba una válvula de escape. Otro aspecto a destacar es la gran tragedia que representó la trágica huida a Oriente de la población de Caracas ante la proximidad de las tropas de Boves. El 7 de julio de 1814 una multitud estimada en mas de veinte mil personas huyen hacia Oriente, en los 23 días que duró la penosa marcha muchos fueron los que murieron, otros enfermaron y el trauma tardó en borrarse.

Así José Tomás Boves y los jefes que lo acompañaron, casi todos canarios o descendientes de canarios, en la historia escrita e influenciada por las castas dirigentes venezolanas, han pasado a ser los autores más odiados de esta historia, acusados de realistas, monstruos y asesinos. Sin embargo, ¿Cómo desconocer y menos desmentir que esas atrocidades, sin posible justificación ni defensa, eran las tormentas que cosechaba el mantuanaje después de siglos de estar sembrando vientos? Es bueno aclarar que los nacionalistas no se quedaron atrás en el cumplimiento de la Proclama de Guerra a Muerte, pues el General Campo Elías, un español aliado de los patriotas, según Herrera Luque en su obra Boves El Urogallo, fol. 153, hizo ejecutar sobre el campo de batalla a más de 1.500 prisioneros. Según el mismo autor, fol. 162, “en menos de tres días, Leandro Palacios, siguiendo instrucciones de El Libertador, ha ejecutado 800 prisioneros que se asfixiaban en las bóvedas del puerto. Para ahorrar municiones se les mata a lanzazos, a golpes y a patadas”.

El historiador Laureano Valenilla Lanz, en su obra Cesarismo Democrático nos dice: “en los inmensos crímenes atribuidos exclusivamente a España, la mayor responsabilidad, corresponde sin duda alguna a los realistas venezolanos y a los españoles y canarios que como Boves, Yáñez, Morales, Roseta, Calzada, estaban establecidos en el país desde hacia largos años, ejerciendo los mismos oficios de las clases bajas y participando naturalmente de sus instintos y sus pasiones “pero la razón política ha venido influyendo… para creer que en la lucha por la independencia sólo participaron dos tendencias, la de los americanos y la de la Corona española”.

El mismo autor prosigue: “Boves, Yáñez, Morales, Rosete, Puig, Antoñanzas, Zuazola execrados por la leyenda y por la historia, no fueron ni más tenaces ni más valientes, ni más crueles, ni más perjudiciales a la causa de la Patria que la multitud de venezolanos realistas que componían sus ejércitos. Los que han sido ocultos por …una tradición engañosa que persiste en llamar españoles a todos los que sirvieron en las filas realistas” “la necesidad de desacreditar a España -continúa- imponía que fuesen a todo trance españoles y canarios los autores de aquellos espantosos atentados que con brillante pluma denunciaron ante el mundo Bolívar y Muñoz Tévar en el aciago año de 1814”.

El conocido historiador Restrepo, llega a asegurar que en los grandes ejércitos de Boves “nunca hubo  más de 160 españoles”.

Vallenilla Lanz, en su citada obra, afirma que: “los realistas distinguidos, españoles y venezolanos, no creyeron jamás en que Boves, Morales, Yáñez y las hordas que le seguían defendieran honradamente la causa del Rey y desde los primeros días… comprendieron los verdaderos móviles de aquella guerra de exterminio”.

Este espantoso genocidio tiene una especie de culminación y lo describo así, porque la guerra siguió su curso por varios años más. Con la muerte de Boves en  la Batalla de Urica el 5 de diciembre de 1814 a causa de las heridas recibidas. El mando de aquel ejército pasó al canario Francisco Tomás Morales, lugarteniente de Boves y hombre determinante en los hechos acaecidos.

Pero ese sangriento proceso habría logrado organizar a buena parte de aquel pueblo, principalmente a los indómitos jinetes llaneros que tan determinante papel jugarían después en el desarrollo de la guerra. Todo parece indicar que estos terribles hechos era el costo que tenía que pagar la sociedad venezolana para corregir la terrible deformación que el mantuanaje y su oscurantismo y prejuicios había introducido. Pues fue la caída de la Segunda República con sus horribles secuelas las que prepararon el camino para que el pueblo se pudiera incorporar a la lucha por la libertad, pues El Libertador perteneciente al mantuanaje da claras muestras, a partir de este acontecimiento, de radicales cambios en su pensamiento. Hasta entonces su conducta puede compararse como la de cualquier blanco criollo de la época. El destacar esta realidad eleva la estatura de El Libertador pues no es fácil evolucionar en ese sentido y menos en las circunstancias en que tuvo que hacerlo.

La caída de la Segunda República puso a Bolívar a no dudarlo con las enseñanzas de ese proceso, en contacto con hombres como el Almirante Brion de ideas igualitarias, con el Presidente haitiano Petión, de quien recibió una generosa y significativa ayuda. Su extraordinario intelecto le permitió dar verdaderos saltos en su proceso evolutivo, como lo demuestran los decretos emitidos en 1816 y 1817 sobre la libertad de los esclavos, la célebre Carta de Jamaica. Pero donde El Libertador se hace una autocrítica es en el Manifiesto de Carúpano, que termina de redactarlo el 6 de septiembre de 1814, donde uno de sus párrafos dice así: “así parece que el cielo para nuestra humillación y nuestra gloria ha permitido que nuestros vencedores sean nuestros hermanos y que nuestros hermanos únicamente triunfe de nosotros…”.

“Bolívar subraya que no han sido las armas españolas, sino los venezolanos, conducidos por José Tomás Boves, quienes han hundido la República: Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno, derramado vuestra sangre, incendiado vuestros hogares y os han condenado a la expatriación. Vuestros clamores deben dirigirse contra esos ciegos esclavos que pretenden ligaros a las cadenas que ellos mismos arrastran y os indignéis contra los mártires que, fervorosos defensores de vuestra libertad, han prodigado su sangre en todos los campos, han arrastrado todos los peligros y se han olvidado de sí mismos para salvarlos de la muerte o de la ignominia… Yo os juro que El Libertador o muerto, mereceré siempre el honor que me habéis hecho… Dios concede la victoria a la constancia”.

Otro aspecto significativo es que después de la caída de la Segunda República se produjeron varios intentos de suspender la Proclama de Guerra a Muerte, así en la Proclama de Ocumare del 6 de julio de 1816, Bolívar expresó: “…la guerra a muerte que nos han hecho nuestros enemigos cesará por nuestra parte: perdonamos a los que se rindan, aunque sean españoles. Ningún español sufrirá la muerte fuera del campo de batalla” ¿No es ésta una rectificación al error cometido? Aunque fue el 26 de noviembre de 1820 y desde el mismo lugar donde se proclamó “La Guerra a Muerte” y mediante la emisión del Tratado de Regulación de la Guerra que la proclama quedó derogada.

Estos importantes actos denotan la enseñanza y su asimilación por parte de las castas dirigentes que eran las que dirigían la lucha contra el coloniaje y que a no dudarlo influyeron en el surgimiento de un caudillo que supo aglutinar a muchos de los seguidores de Boves, un hombre criado en Los Llanos, que conocía la idiosincrasia, usos y costumbres de sus habitantes, trajo principalmente a los aguerridos jinetes llaneros a las filas de los patriotas y así se dio el contradictorio hecho que aquellos que comandados por Boves y sus oficiales cometieron toda clase de atrocidades, fueron decisivos en ganar la batalla en el Campo de Carabobo el 24 de junio de 1821 que selló la independencia de Venezuela, al grito de ¡Viva la República! amén de jugar papel decisorio en las numerosas batallas que culminaron con la independencia, no sólo de Venezuela, sino de Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú. Ese caudillo, sin cuyo concurso hubiese sido imposible esta extraordinaria hazaña, es descendiente de canarios y se llamó José Antonio Páez.

Se hace necesario decir que el canario Francisco Tomás Morales, que quedó al mando del ejército a la muerte de Boves, hizo carrera en el ejército español a la muerte de éste,  llegando al grado de Mariscal de Campo y fue el encargado de firmar, en su condición de Capitán General del ejército español en Venezuela, la capitulación definitiva de los ejércitos coloniales el 3 de agosto de 1823, después que se dio la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, última acción de guerra del ejército realista en Venezuela.

Se hace imprescindible destacar la contradicción en que cae la historia oficial influida por los poderosos intereses del mantuanaje, que con otro discurso y ropaje sigue vigente hasta nuestros días. Basta oír el lenguaje que utiliza para definir a las masas populares frente a los cambios que está introduciendo la Revolución Bolivariana: hordas, piojosos, monos, tierruos, son algunos de esos términos. Yo era uno de los que creía que la llamada Guerra Federal (1859-1863) por cierto, dirigida por el caudillo Ezequiel Zamora, nieto de canarios, había enterrado esos prejuicios de clase en Venezuela, pero la realidad me ha dicho que aún supervive, aunque bastante debilitado, esas obscenidades de castas.

La contradicción histórica está referida a que estos ejércitos comandados por José Antonio Páez y, como ya se dijo, organizados y dirigidos por Boves y sus oficiales, fueron acusados de bestiales asesinos por sus acciones en los años de 1813 y 1814, pero elevados a la categoría de héroes por su determinante participación en la última parte de la Guerra de independencia.

Veamos como el varias veces citado historiador Laureano Valenilla Lanz, en su obra Cesarismo Democrático aborda esta contradicción, refiriéndose a los componentes de ese ejército dice: “Ellos encontraron al pasarse a las filas patrióticas el más completo olvido de sus fechorías. Los grados militares que alcanzaron bajo las banderas realistas en los días tenebrosos de la Guerra a Muerte, cometiendo aquellos grandes delitos que se enrostran exclusivamente a los españoles en las leyendas nacionales, le eran reconocidos por los independientes. Y Bolívar, en cuyo amplísimo espíritu, no podía privar entonces otra moral que aquella que le condujera al éxito de la noble causa que defendía, era el primero en ofrecerles recompensas y honores”.

En otro párrafo sostiene: “Ya veremos como aquellos hombres se convierten de degolladores en héroes legendarios; y como al servicio de los caudillos patriotas, desplegando las mismas energías, el mismo valor, la misma ferocidad; arrastrados por los mismos incentivos de sangre y de pillaje y por el mismo entusiasmo fanático que cuando corrían a agruparse en torno a la lanza invencible de José Tomás Boves, contribuirían a la noble empresa de crear naciones recorriendo en triunfo medio continente, desde el Orinoco hasta los márgenes mismos del Río de la Plata”.

Este prestigioso historiador concluye con este significativo párrafo: “Con este criterio apoyado en un hecho rigurosamente histórico, no es aventurado afirmar  que si el mismo Boves hubiese permanecido al servicio de la Independencia, o se hubiese pasado a sus banderas, nadie con más títulos habría alcanzado los grandes honores con que la patria estimuló el valor y premió las hazañas de los libertadores. Y nuestra literatura epopéyica tendría páginas recargadas de ditirambos para exaltar las glorias del heroico soldado, del mismo modo que tiene anatemas para execrar sus abominables crímenes”.

Para quien tenga dudas sobre la realidad aquí expuesta en la obra ya citada, oigamos a José Antonio Páez, quien va a decirnos como sus brillantes centauros, eran exactamente los mismos “degolladores y asesinos” que comandados por Boves, Yáñez, Morales, Rosete, Puig, Antoñanzas, Zuazola, Ceballos y otros oficiales, - repito -, eran en su mayoría canarios o descendientes de éstos.

“Resolví -dice Páez- poner en práctica la resolución que había tomado en Mérida de irme a Los Llanos de Casanare para ver si desde allí podía emprender operaciones, apoderándome del territorio de Apure y de los mismos hombres que habían destruido a los patriotas bajo las órdenes de Boves, Ceballos y Yáñez…”

Más adelante prosigue: “a consecuencia del buen tratamiento que di a los prisioneros dejándoles la libertad necesaria para desertar, si querían y regresar a sus casas, …tuve la satisfacción de que antes de un mes volvieran a mis filas muchos de ellos, pues casi todos eran  venezolanos… la noticia de la generosidad para con los prisioneros y el auge de la victoria, se difundieron por todos los pueblos de Barinas y Apure y los habitantes, que antes nos tenían en mala opinión  a los patriotas por la conducta cruel de algunos de sus jefes, se persuadieron de la justicia de nuestra causa y halagados por la lenidad de nuestra conducta con los vencidos, principiaron, aunque lentamente, a reunirse a mis filas para llegar a ser más tarde el sostén de la independencia”.

“Bolívar se admira –continúa Páez– no tanto de que hubiese formado aquel ejército, sino de que hubiese logrado conservarlo en buen estado y disciplinado, pues en su mayor parte se componía de los mismos individuos que a las órdenes de Yáñez y Boves habían sido el azote de los patriotas…”

En la misma obra leemos: “Los llaneros que mandaban Páez, Zaraza, Monagas y otros jefes republicanos –dice con mucha exactitud el historiador Restrepo– eran los mismos en gran parte y de igual raza de los que asumieron en 1813 y 1814 Boves, Morales, Yáñez, Rosete; tenían, pues los mismos vicios y la misma insubordinación”.

Por si acaso faltaba algún dato sobre el papel que jugó la Proclama de Guerra a Muerte en el proceso de lucha por la independencia, la voz de un prócer tan autorizado como José Antonio Páez viene a confirmarlo, cuando afirma que el buen trato por él dado a los prisioneros, fue determinante en formar los ejércitos que bajo su comando decidieron el curso de la Guerra de Independencia.

¿Cómo desconocer que el más elemental análisis conducía a ese pueblo a determinar que la lucha era contra el imperio español y en consecuencia, su mención en la proclama era al menos comprensible? Otra cosa eran los isleños. Bien definidos y por primera y creo que única vez, no metidos en el mismo saco. Este dato lo proporciono en la quinta entrega, entre el 70 y 75 por ciento de la población venezolana tenía descendencia o ascendencia canaria que, por ser súbditos de una colonia de la metrópoli española, eran mirados y tratados con el mismo desdén, desprecio e indiferencia, que los indígenas y esclavos negros, indios, mestizos, manumisos o libertos, no obstante de ser blancos, así que arriba de los nexos sanguíneos la identidad se acentuaba por la igualdad en la relación social. No hay otra forma que explique y soporte un análisis profundo que dé una respuesta satisfactoria a los complejos hechos que  enterraron a la Segunda República o parodiando a los historiadores quienes coinciden con la frase: “la Segunda República muere bajo las patas de los caballos de los llaneros comandados por Boves”, sean posteriormente los mismos que deciden la victoria de las armas republicanas  en una larga serie de victorias que culminan en la célebre batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821.

Guste o no, hay poderosas razones para concluir que este noble y hermoso país sería diferente sino hubiese existido un pueblo obligado a ser emigrante y utilizado de acuerdo a los intereses y conveniencias de su colonizador. El pueblo canario ha jugado y juega papel importante en la formación y consolidación de la noble, humilde y generosa, sociedad venezolana, cuyas identidades llenan muchos espacios. Que la historia actual de Venezuela no registra o mejor, ignore este hecho, no debe extrañarnos, ya lo hemos dicho, esas castas dominantes que aún siguen imponiendo sus criterios e intereses no pueden aceptar que, en sus delirios de grandeza y pureza de sangre, entren unos colonizados, que según su concepción son: brutos, analfabetas, de muy bajo nivel social, tímidos, introvertidos, entre otras lindezas, por muy blancos, por muy respetuosos, trabajadores y honrados que sean, los blancos pobres y de orilla, es vergüenza y si se arriman mucho, manchan. Eso sí, los necesitamos y los explotamos, ya que sin la riqueza que su trabajo crea ellos no tendrían los privilegios de que gozan.

Esta versión puede ser aceptada o rechazada, para los que creemos en esta versión, nos ampara la historia, para los que la rechazan que discutan y llamen embusteros y mentirosos a los hechos históricos.