¿Tendremos que encabar la azada?
Wladimiro
Rodríguez Brito
Querido lector:
vivimos tiempos revueltos, los cimientos del sistema se estremecen puesto que
la economía y, en consecuencia el trabajo y nuestra manera de vivir, se
complica. El modelo de vida que habíamos asumido, que creíamos estable por los
tiempos de los tiempos, parece que no lo es tanto, y todavía no nos creemos que
vamos de silla para albarda. Habíamos pensado que ya
pertenecíamos al mundo de los ricos, que teníamos un camino despejado para
andar por barrancos y montañas y asumimos su recorrido con cargas, en algunos
casos, nada ligeras, pero hoy la situación está más complicada que ayer.
Últimamente, las cosas se han liado tras las "recientes lluvias", los
movimientos de piedras y tierras en algunas laderas han interrumpido el camino
que conocimos, y ni tan siquiera sabemos si tendremos que hacer una nueva vía
para transitar.
No pretendemos hablar
de economía, puesto que no conocemos nada de la materia, los problemas de las
finanzas y la bolsa son muy complejos para nuestra humilde opinión, sólo
pretendemos situar estas líneas en las proximidades de un surco con sementera,
alejado de las burbujas inmobiliarias de los créditos subprime
o basura. Hasta ahora, habíamos entendido que la economía y los recursos tenían
que ver con el trabajo, el ahorro, el esfuerzo y habíamos dejado lo rural, lo
agrario, para incorporarnos a lo urbano, a los servicios. Desde el siglo XIX
comenzamos a asociar la industria y lo urbano con el progreso, mientras que lo rural
estaba unido a la ignorancia, pobreza y pasado. El transporte y las nuevas
tecnologías proporcionaban alimentos abundantes en las zonas urbanas en
expansión, unido a los nuevos combustibles y el automóvil habíamos conseguido
una calidad de vida inimaginable para generaciones pasadas. Y creíamos que
habíamos conseguido estos logros por ser más inteligentes y trabajadores que el
resto de Humanidad, que no habían despertado los países occidentales de Europa.
Estados Unidos y Japón, con poco más del 10% de la población del planeta,
disponían de más del 80% de los recursos: petróleo, madera, minerales, etc., el
dominio económico era total con una sola competencia militar (tras
Un modelo exportable:
con la caída de
En este nuevo marco de
desigualdades, se comienza con la llamada deslocalización, es decir: llevar las
industrias a los lugares con mano de obra más barata y disciplinada. La
industria comienza su instalación en los países pobres, ampliando no sólo el
aparato productivo, sino también la demanda de materias primas y de nuevos
consumidores. Ahora el capital y las multinacionales marcan la pauta. No son
empresas de este o aquel Estado y no se enfrentan como había ocurrido en las
dos guerras mundiales por la lógica expansión de los respectivos imperios
coloniales; ahora la crisis es global, para los que se habían repartido la
tarta en los últimos años; es decir: el mundo industrial y las finanzas dejan
de pertenecer a una minoría de 600 millones de personas, ahora somos algo más
de 2.500 millones, de los algo más de 6.000 millones que vivimos en el planeta,
los que nos repartimos la misma cantidad de recursos. Ello marca una dura
competencia por las materias primas, ahora el segundo consumidor de petróleo es
China y no Alemania o Japón, el aparato industrial se ha desplazado a lo que
era la periferia, a los llamados países emergentes: China, India, Brasil y
Rusia, mientras los países industriales tradicionales sufren un proceso de
empobrecimiento de consecuencias imprevisibles; no sabemos cuánto durará la
crisis, ni la profundidad en la que hemos de tocar fondo; sí sabemos que los
tiempos han cambiado, han caído las bolsas y los precios del petróleo. Sin
embargo, los alimentos apenas tienen movimiento. Parece razonable que aumenten
las demandas de alimentos, dado que ahora hay más personas que pueden comer.
Por otra parte, menos agricultores y disminución de las tierras cultivables,
escasez de agua para riego, límite en los aumentos de la productividad en una
agricultura industrial (transgénicos, agotamientos de suelos, plagas más
resistentes, suelos salinizados, etc., etc.); pero,
sobre todo, modelo de vida urbano, campo sin campesinos, el 50% de la población
del planeta vive en ciudades, el modelo de vida urbana se implanta no sólo en
los países industriales, también en el Tercer Mundo.
Hemos de crear mejoras
significativas para que los jóvenes vuelvan al campo. Para ello han de cambiar
las condiciones de vida, los estímulos sociales, las leyes de arrendamiento del
suelo agrícola, la función de la tierra, protección del suelo agrario, la
comercialización de los productos agrarios que se acerquen al productor y al
consumidor, precios mínimos garantizados a los agricultores y ganaderos,
penalización de la tierra ociosa y un largo etc.
No es defendible que
los gobiernos paguen recursos económicos para reflotar bancos o entidades
aseguradoras, como es el caso de AIG, que significa más del 80% del PIB de
España, mientras permitamos importaciones de choque, incluso de papas de
consumo, mientras le paguen a los agricultores locales 30 céntimos de euro el
kilo.
El sistema ha
destruido la credibilidad ilimitada en el mercado. Éste, sin reglas, nos puede
llevar a una crisis imprevisible y sorpresiva como la que estamos viviendo
ahora. ¿No tendrá que ver la próxima crisis con los alimentos y las materias
primas? ¿Qué hace el Gobierno para que esto no ocurra? Los cimientos del actual
modelo tienen problemas serios de aluminosis; encabar el sacho o la azada es
entrar en un modelo comprometido con los jóvenes, en una revalorización del
campo, en los planos sociales y económicos. Los alimentos y la tierra son temas
estratégicos que debe resolver la sociedad fuera de los ámbitos especulativos
de la bolsa y el mercado. Es casi seguro que, tras la crisis, el mundo será distinto:
Estados Unidos y Europa, seguro, perderán puntos; Brasil, China, Rusia e India
ganarán terreno; el mundo rural, la agricultura y las materias primas se
revalorizarán; nosotros tendremos que atender al campo y a los campesinos con
otros criterios: social y ambientalmente más comprometidos, pero, seguramente,
más sostenibles que el modelo vigente.