Ensayar el
entusiasmo
Juan Manuel
García Ramos
Ensayar la serenidad y ensayar el
entusiasmo: en esas dos operaciones mentales consiste buena parte de una vida
que se desee saludable y creativa.
Somos lo que pensamos. Somos, también, lo que escribimos. Sobre todo, aquellos
que nos dedicamos a caligrafiar con frecuencia lo que nos sucede y lo que
sentimos que nos sucede. ¿Sólo sentimos de verdad lo que escribimos? En buena
parte. Dice Isabel Allende, en su libro de memorias La suma de los días, que lo
que no escribe se le olvida y es como si nunca hubiera sucedido.
En esto pensaba durante unos días pasados en el Hotel Los Fariones,
en Lanzarote, donde no estaba desde hacía un par de años y adonde siempre deseo
regresar.
Quizá el mayor atractivo de este establecimiento sea el tener casi todo a mano,
habitaciones, bares, comedores, piscinas, playas naturales, y en no obligar a
sus clientes a memorizar rutas laberínticas, como las de algunos grandes
hoteles de nuestros días.
Hace algunos años, durante
Benedetti terminó por sentir complejo de su mala memoria topográfica y salió
espantado de tanto confort y tanto resort. Aunque,
bien es verdad, que el hotel que asustó a Benedetti se queda pequeño ante las
más de mil y pico o dos mil habitaciones con las que cuentan los feísimos
hoteles de Moscú, donde nos alojamos antes de la caída del muro de Berlín, en
los que uno se sentía como un interno provisional de una prisión atenuada, tal
era el número de funcionarios que vigilaban con más desgana que convicción cada
una de las inmensas plantas de esos macroestablecimientos
del viejo régimen soviético.
En Los Fariones uno se despierta en agosto con el
fresco de la mañana invadiendo la habitación, con el arrullo insistente de las
tórtolas, con el runruneo lejano de los humildes motores de los barquitos de
pesca que se adentran en el mar a emprender sus faenas.
Es un privilegio veraniego del que uno difícilmente se olvida y del que le
apetece escribir algo, sin caer en la cursilería de los poetas domingueros, que
siempre terminan por amanerar lo que no son sino buenas vibraciones. Por
convertir en chantilly los hondos pensamientos y los originales arrebatos.
Escribir y pintar son dos operaciones de la inteligencia y el corazón muy
vecinas. Los pintores trasladan a sus lienzos sus experiencias de una aurora o
de un atardecer, o un estado del alma algo menos preciso, como los escritores
garabatean en un papel, como yo lo hago ahora, su traducción a palabras de
momentos vitales celebrados.
Lo que digo sobre los pintores lo he vuelto a confirmar ante la última obra de
Fernando Álamo, que expondrá en Tenerife por septiembre. El Álamo de 2008 no es
el de los años sesenta o setenta de la anterior centuria, ahora su acción sobre
las telas o sobre las fotografías retocadas sí continúa una única aspiración,
aunque su mente haya dado muchas vueltas a lo largo de los años. Es la lucha ininterrumpida por la busca de un sentido que siempre se
declara fugitivo.
Pero el artista insiste una y otra vez con las mismas herramientas en la mano.
La interpretación de lo que ve a su alrededor, de lo que sus sueños y sus
vigilias persiguen cada día: ayer, el jardín de las hespérides, en la
actualidad unas narices apenas insinuadas, hace un tiempo la fiesta de las
flores, o los peces ensartados.
Cualquier escritor que pretenda conocer su oficio ha de separar las palabras de
las cosas. Las palabras siempre son metáforas imposibles, nunca terminan por
trasladar a lenguaje nuestros sentimientos y nuestros pensamientos más
profundos. Toda la historia de la literatura es la historia de esa quimera.
Pero no sólo los literatos persiguen la palabra justa. A la gente corriente
cuando se enamora, de verdad, le gusta contarse que se ha enamorado y busca las
palabras más bellas para hacerse sus mutuas confidencias.
Estos días de agosto lagunero también he tomado mis copas tardías con un Arturo
Maccanti pletórico. Esa mañana había estado
trabajando en su poesía de bien y se encontraba en puro trance. Casi arte de
taraceado, arte de incrustación. Cada palabra elegida con esmero y dispuesta
con mimo en el entarimado de la página. Cada palabra leída con el mismo esmero
y el mismo mimo, y sustituida o vuelta a colocar hasta que se acerque lo más
posible a lo deseado. Una huida del vacío y un intento de mitigar sólo en parte
el absoluto de lo que realmente quisimos decir o decirnos.
Dice Juan Cruz Ruiz en una entrevista reciente que los periodistas, los buenos
periodistas, deben leer a los poetas. Estoy de acuerdo. En los grandes poetas
está la disciplina de la expresión.
Ryszard Kapuscinski, el fino reportero polaco,
sostenía que la lengua para él era una noción más amplia de lo que solemos
creer. Situaciones, gestos, colores y formas son también lengua. La información
para un corresponsal no llega sólo de las palabras que le dirigen las personas,
sino del paisaje que envuelve a esas criaturas, de la atmósfera, del
comportamiento de la gente, de mil detalles. "Todo lo que me rodea dice
cosas -afirmó Kapuscinski-. Aunque no utilice la
palabra, la realidad tiene su propio lenguaje -de signos, símbolos, señales y
códigos- , que recupero más tarde, cuando me pongo a escribir, para
recrearla".
El periodismo para Kapuscinski y Vargas Llosa es lo
mismo: la historia haciéndose ahí delante. Para el primero de ellos, el
reportero es, además, un buscador de contextos, de las causas que explican lo
que sucede.
¿Pero qué escritor de literatura no es un buscador de contextos, un buscador de
las causas que explican lo que sucede? De lo que sucede no sólo en la realidad,
sino en su imaginación más íntima.
Venía todo esto a cuento porque quería simplemente expresar lo que había
sentido en mis mañanas lanzaroteñas con el fresco de
la mañana, el arrullo de las tórtolas y las barcas de pesca en sus primeros
movimientos.
Si ensayáramos la serenidad y el entusiasmo cada día de nuestra existencia otro
gallo nos cantaría cada amanecer. Las palabras son un bálsamo para transitar
por este mundo. Sólo se trata de elegir las más sosegadoras y las más
estimulantes.
Tal vez tenga razón la señora Allende: lo que no se escribe se olvida y es como
si nunca hubiera sucedido. Yo he vuelto a recuperar los días de Puerto del
Carmen apalabrando algunos de los momentos más gratificantes. Los he vuelto a
vivir. Y los seguiré viviendo.