Ensayar el entusiasmo

 

Juan Manuel García Ramos

 

Ensayar la serenidad y ensayar el entusiasmo: en esas dos operaciones mentales consiste buena parte de una vida que se desee saludable y creativa.


Somos lo que pensamos. Somos, también, lo que escribimos. Sobre todo, aquellos que nos dedicamos a caligrafiar con frecuencia lo que nos sucede y lo que sentimos que nos sucede. ¿Sólo sentimos de verdad lo que escribimos? En buena parte. Dice Isabel Allende, en su libro de memorias La suma de los días, que lo que no escribe se le olvida y es como si nunca hubiera sucedido.


En esto pensaba durante unos días pasados en el Hotel Los Fariones, en Lanzarote, donde no estaba desde hacía un par de años y adonde siempre deseo regresar.


Quizá el mayor atractivo de este establecimiento sea el tener casi todo a mano, habitaciones, bares, comedores, piscinas, playas naturales, y en no obligar a sus clientes a memorizar rutas laberínticas, como las de algunos grandes hoteles de nuestros días.


Hace algunos años, durante la Universidad de Verano de Adeje, instalamos al poeta y narrador uruguayo Mario Benedetti en el Hotel Bahía del Duque y tras la primera noche de estancia en el sur tinerfeño el humilde de Mario nos pidió que le buscáramos un hotel donde se pudiera encontrar la puerta de salida con mayor comodidad, pues se había extraviado demasiadas veces en las magníficas dependencias del Gran Lujo de cinco estrellas, con sus cuatrocientas setenta y ocho habitaciones, ocho piscinas, nueve restaurantes y siete bares, y había tenido que acudir constantemente al personal para que lo orientara en sus pasos perdidos.


Benedetti terminó por sentir complejo de su mala memoria topográfica y salió espantado de tanto confort y tanto resort. Aunque, bien es verdad, que el hotel que asustó a Benedetti se queda pequeño ante las más de mil y pico o dos mil habitaciones con las que cuentan los feísimos hoteles de Moscú, donde nos alojamos antes de la caída del muro de Berlín, en los que uno se sentía como un interno provisional de una prisión atenuada, tal era el número de funcionarios que vigilaban con más desgana que convicción cada una de las inmensas plantas de esos macroestablecimientos del viejo régimen soviético.


En Los Fariones uno se despierta en agosto con el fresco de la mañana invadiendo la habitación, con el arrullo insistente de las tórtolas, con el runruneo lejano de los humildes motores de los barquitos de pesca que se adentran en el mar a emprender sus faenas.


Es un privilegio veraniego del que uno difícilmente se olvida y del que le apetece escribir algo, sin caer en la cursilería de los poetas domingueros, que siempre terminan por amanerar lo que no son sino buenas vibraciones. Por convertir en chantilly los hondos pensamientos y los originales arrebatos.

Escribir y pintar son dos operaciones de la inteligencia y el corazón muy vecinas. Los pintores trasladan a sus lienzos sus experiencias de una aurora o de un atardecer, o un estado del alma algo menos preciso, como los escritores garabatean en un papel, como yo lo hago ahora, su traducción a palabras de momentos vitales celebrados.


Lo que digo sobre los pintores lo he vuelto a confirmar ante la última obra de Fernando Álamo, que expondrá en Tenerife por septiembre. El Álamo de 2008 no es el de los años sesenta o setenta de la anterior centuria, ahora su acción sobre las telas o sobre las fotografías retocadas sí continúa una única aspiración, aunque su mente haya dado muchas vueltas a lo largo de los años. Es la lucha ininterrumpida por la busca de un sentido que siempre se declara fugitivo.


Pero el artista insiste una y otra vez con las mismas herramientas en la mano. La interpretación de lo que ve a su alrededor, de lo que sus sueños y sus vigilias persiguen cada día: ayer, el jardín de las hespérides, en la actualidad unas narices apenas insinuadas, hace un tiempo la fiesta de las flores, o los peces ensartados.


Cualquier escritor que pretenda conocer su oficio ha de separar las palabras de las cosas. Las palabras siempre son metáforas imposibles, nunca terminan por trasladar a lenguaje nuestros sentimientos y nuestros pensamientos más profundos. Toda la historia de la literatura es la historia de esa quimera.


Pero no sólo los literatos persiguen la palabra justa. A la gente corriente cuando se enamora, de verdad, le gusta contarse que se ha enamorado y busca las palabras más bellas para hacerse sus mutuas confidencias.


Estos días de agosto lagunero también he tomado mis copas tardías con un Arturo Maccanti pletórico. Esa mañana había estado trabajando en su poesía de bien y se encontraba en puro trance. Casi arte de taraceado, arte de incrustación. Cada palabra elegida con esmero y dispuesta con mimo en el entarimado de la página. Cada palabra leída con el mismo esmero y el mismo mimo, y sustituida o vuelta a colocar hasta que se acerque lo más posible a lo deseado. Una huida del vacío y un intento de mitigar sólo en parte el absoluto de lo que realmente quisimos decir o decirnos.


Dice Juan Cruz Ruiz en una entrevista reciente que los periodistas, los buenos periodistas, deben leer a los poetas. Estoy de acuerdo. En los grandes poetas está la disciplina de la expresión.


Ryszard Kapuscinski, el fino reportero polaco, sostenía que la lengua para él era una noción más amplia de lo que solemos creer. Situaciones, gestos, colores y formas son también lengua. La información para un corresponsal no llega sólo de las palabras que le dirigen las personas, sino del paisaje que envuelve a esas criaturas, de la atmósfera, del comportamiento de la gente, de mil detalles. "Todo lo que me rodea dice cosas -afirmó Kapuscinski-. Aunque no utilice la palabra, la realidad tiene su propio lenguaje -de signos, símbolos, señales y códigos- , que recupero más tarde, cuando me pongo a escribir, para recrearla".


El periodismo para Kapuscinski y Vargas Llosa es lo mismo: la historia haciéndose ahí delante. Para el primero de ellos, el reportero es, además, un buscador de contextos, de las causas que explican lo que sucede.


¿Pero qué escritor de literatura no es un buscador de contextos, un buscador de las causas que explican lo que sucede? De lo que sucede no sólo en la realidad, sino en su imaginación más íntima.


Venía todo esto a cuento porque quería simplemente expresar lo que había sentido en mis mañanas lanzaroteñas con el fresco de la mañana, el arrullo de las tórtolas y las barcas de pesca en sus primeros movimientos.


Si ensayáramos la serenidad y el entusiasmo cada día de nuestra existencia otro gallo nos cantaría cada amanecer. Las palabras son un bálsamo para transitar por este mundo. Sólo se trata de elegir las más sosegadoras y las más estimulantes.


Tal vez tenga razón la señora Allende: lo que no se escribe se olvida y es como si nunca hubiera sucedido. Yo he vuelto a recuperar los días de Puerto del Carmen apalabrando algunos de los momentos más gratificantes. Los he vuelto a vivir. Y los seguiré viviendo.