“...De los ensayos para enseñar a los
imbéciles...” (I)
“nunca pretendas
enseñar a cantar a un cerdo,
perderás el
tiempo y fastidiarás al cerdo”.
[Proverbio ruso]
Una de las más
valiosas herencias que te puede dejar algún familiar cercano cuando
desgraciadamente muere, cuando indefectiblemente “le llegó la hora”, -aparte,
claro, de alguna suculenta riqueza material, a qué negarlo- es una buena
biblioteca.
En mi caso
particular, aunque he de confesar que no hubo herencia material, tuve la
inmensa suerte de que dejó una más que aceptable biblioteca –bastante extraño
si tenemos en cuenta el bajo índice de lectura en las familias medias canarias;
pero no tanto si les cuento que el querido familiar fue Socialista y
Republicano de toda la vida, hecho este bastante significativo porque mi tío
político estaba convencido de que el libro es un vehículo importantísimo de
concienciación, de culturización, y que entre más alto es el nivel cultural de
un pueblo, más posibilidades tiene de ser libre para elegir su destino, de ser
crítico con las acciones de los administradores de la cosa pública, y, por lo
tanto, con más probabilidades de exigir sus derechos. En palabras de nuestro escritor e intelectual
Víctor Ramírez sería aquello de quien “ignora, no valora”, o “quién no conoce,
no ama”.
Aunque cada vez
que voy a visitar a mis tías -una de ellas su viuda- en las orillas del
sequito, del casi desaparecido Guiniguada, siempre me llevo algún libro que no
conocía o no tenía -y eso que ya estaba convencido de que me había llevado a mi
casa los que consideraba más interesantes-, la semana pasada me llevé la última
-ahora no me atrevo a afirmar que ya no quedan libros que me puedan conmover
profundamente-gratísima sorpresa de elegir a un autor que sólo conocía el
nombre y del que no había leído nada.
Su nombre es
Bertrand Russell, y el libro que había medio escondido en la gran estantería se
titula “La perspectiva científica”. Lo cogí sin mucho entusiasmo, casi sin querer,
hasta que, como suelo hacer con la mayoría de los libros que caen en mis manos,
lo abrí al azar, y empecé a leer: “El progreso en educación vino de los
ensayos para enseñar a los imbéciles, y el progreso psicológico procedió de los
intentos para comprender a los locos”.
Apenas estos cuatro renglones fueron suficientes para que se produjese en
mí la urgente, ansiosa e `inquietante´ necesidad de saber más, no sólo del
libro en cuestión, sino de su autor Bertrand Russell.
Me fui a ver si existían algunos datos biográficos sobre el autor -había
sido editado por la editorial “sarpe” en su colección “Los grandes pensadores”
en 1983-, y me tropecé con una foto suya -tres cosas llamaron en un principio
mi atención: su ancha frente, despejada, sus grandes y penetrantes ojos y una
cachimba agarrada con su mano izquierda y que casi mantenía con sus labios.
Luego, más detenidamente, su nariz prominente contrastaba con unas pequeñas
orejas, una barbilla afilada que le daban el aspecto, con sus delgados, sus
finos y casi imperceptibles labios, de una persona a la que no se le escapa
nada, una persona atenta, despierta, desafiante, y finalmente, me trasmitía que
era un tanto socarrón, irónico, mordaz, y que bajo una aparente timidez había
un hombre seguro, extrovertido y hasta un punto burlón.
Pasé la página, y otra gran sorpresa: El pensador, el escritor, el
intelectual Bertrand Arthur William Russell, había muerto a la edad de ¡¡97
años!!, casi un siglo....ahí es nada...
Su biografía empezaba en el año 1872, y decía: Bertrand Arthur William
Russell, tercer conde Russell, hijo del vizconde de Ambeley, nace el 18 de mayo
en Trelleck, Gales. Su abuelo, lord John Russell, había sido creado par tras
haber desempeñado en dos ocasiones el cargo de Primer Ministro.
Guiniguada. Canarias. Enero de 2008.