EL CENTINELA CIMARRÓN

 

“...De los ensayos para enseñar a los imbéciles...” (I)

 

“nunca pretendas enseñar a cantar a un cerdo,

perderás el tiempo y fastidiarás al cerdo”.

[Proverbio ruso]

 

Por Jose Almeida Afonso

 

Una de las más valiosas herencias que te puede dejar algún familiar cercano cuando desgraciadamente muere, cuando indefectiblemente “le llegó la hora”, -aparte, claro, de alguna suculenta riqueza material, a qué negarlo- es una buena biblioteca.

 

En mi caso particular, aunque he de confesar que no hubo herencia material, tuve la inmensa suerte de que dejó una más que aceptable biblioteca –bastante extraño si tenemos en cuenta el bajo índice de lectura en las familias medias canarias; pero no tanto si les cuento que el querido familiar fue Socialista y Republicano de toda la vida, hecho este bastante significativo porque mi tío político estaba convencido de que el libro es un vehículo importantísimo de concienciación, de culturización, y que entre más alto es el nivel cultural de un pueblo, más posibilidades tiene de ser libre para elegir su destino, de ser crítico con las acciones de los administradores de la cosa pública, y, por lo tanto, con más probabilidades de exigir sus derechos.  En palabras de nuestro escritor e intelectual Víctor Ramírez sería aquello de quien “ignora, no valora”, o “quién no conoce, no ama”.

 

Aunque cada vez que voy a visitar a mis tías -una de ellas su viuda- en las orillas del sequito, del casi desaparecido Guiniguada, siempre me llevo algún libro que no conocía o no tenía -y eso que ya estaba convencido de que me había llevado a mi casa los que consideraba más interesantes-, la semana pasada me llevé la última -ahora no me atrevo a afirmar que ya no quedan libros que me puedan conmover profundamente-gratísima sorpresa de elegir a un autor que sólo conocía el nombre y del que no había leído nada.

 

Su nombre es Bertrand Russell, y el libro que había medio escondido en la gran estantería se titula “La perspectiva científica”.  Lo cogí sin mucho entusiasmo, casi sin querer, hasta que, como suelo hacer con la mayoría de los libros que caen en mis manos, lo abrí al azar, y empecé a leer: “El progreso en educación vino de los ensayos para enseñar a los imbéciles, y el progreso psicológico procedió de los intentos para comprender a los locos”.

 

Apenas estos cuatro renglones fueron suficientes para que se produjese en mí la urgente, ansiosa e `inquietante´ necesidad de saber más, no sólo del libro en cuestión, sino de su autor Bertrand Russell.

 

Me fui a ver si existían algunos datos biográficos sobre el autor -había sido editado por la editorial “sarpe” en su colección “Los grandes pensadores” en 1983-, y me tropecé con una foto suya -tres cosas llamaron en un principio mi atención: su ancha frente, despejada, sus grandes y penetrantes ojos y una cachimba agarrada con su mano izquierda y que casi mantenía con sus labios. Luego, más detenidamente, su nariz prominente contrastaba con unas pequeñas orejas, una barbilla afilada que le daban el aspecto, con sus delgados, sus finos y casi imperceptibles labios, de una persona a la que no se le escapa nada, una persona atenta, despierta, desafiante, y finalmente, me trasmitía que era un tanto socarrón, irónico, mordaz, y que bajo una aparente timidez había un hombre seguro, extrovertido y hasta un punto burlón.

 

Pasé la página, y otra gran sorpresa: El pensador, el escritor, el intelectual Bertrand Arthur William Russell, había muerto a la edad de ¡¡97 años!!, casi un siglo....ahí es nada...

 

Su biografía empezaba en el año 1872, y decía: Bertrand Arthur William Russell, tercer conde Russell, hijo del vizconde de Ambeley, nace el 18 de mayo en Trelleck, Gales. Su abuelo, lord John Russell, había sido creado par tras haber desempeñado en dos ocasiones el cargo de Primer Ministro.

 

Guiniguada. Canarias. Enero de 2008.