¿Es extrapolable el caso de Kosovo?

 

Ramón Moreno Castilla

La reciente proclamación de independencia de Kosovo -tal como propugnara el presidente de Estados Unidos, George W. Bush- puede llevar aparejada un grave problema añadido en los Balcanes, como es la posible constitución de la "Gran Albania", lo que relanzaría automáticamente los irredentismos serbios y croatas a expensas de Bosnia. Por no hablar del explosivo precedente internacional que constituiría para múltiples entidades tentadas de proclamar, ellas también, unilateralmente, su independencia. Véase, si no, los casos de Palestina (Israel), Sáhara Occidental (Marruecos), Transnitria (Moldavia), Kurdistán (Turquía), Chechenia (Rusia), Abjazia (Georgia), Alto-Karabaj (Azerbaiyán), Taiwán (China), por citar algunos ejemplos. Sin contar el País Vasco y Cataluña (España/Francia), y que constituyen la espada de Damocles del Estado español. ¿Está dispuesto Bush a reconocer todas esas independencias, como ha hecho con Kosovo?

Todos los elementos, pues, de una nueva crisis regional aparecen reunidos, sancionando el estrepitoso fracaso de las políticas llevadas a término por la "comunidad internacional". En este contexto nocivo, la vieja idea de redefinir las fronteras de los Balcanes vuelve a salir a la superficie. Y así, mientras que pueblos, minorías y reivindicaciones se entremezclan, esa situación podría sumir a la región en un auténtico caos, donde subyace la previsible hegemonía de una futura "Gran Albania", que podría tomar cuerpo, si tenemos en cuenta el apoteósico recibimiento dispensado al mandatario norteamericano, en junio de 2007, en su capital Tirana, donde abogó por la independencia de Kosovo.

El precario futuro de la región se presenta, por tanto, muy incierto, como inciertas han sido históricamente las fronteras de Albania. De ahí, que debamos hacer un pequeño recorrido por la historia de este país para situarnos en el meollo de la cuestión. Con ocasión del Congreso de Berlín en 1878, el canciller Bismarck afirmó contundentemente que Albania era solo una "expresión geográfica". Sin embargo, ese mismo año, la Liga de Prizren reunió a personalidades provenientes de todas las regiones albanesas del Imperio Otomano, que manifestaron la primera expresión de una reivindicación nacional moderna. En el período siguiente, Austria-Hungría asumió la defensa de esas reivindicaciones albanesas, esencialmente para oponerse a Serbia y a Grecia, aliados de Francia, Gran Bretaña y Rusia (véase Natalie Clayer, "Aux origines du nationalisme albanais. La naissance d'une nation majoritairement musulmane en Europa", París, Karthala, 2007).

En 1912, Ismail Qemal proclamó en Vlora una primera -y efímera- República de Albania. Un año más tarde, la Conferencia de Londres decidió la creación de un Reino de Albania, pero sobre un territorio que sólo comprendía cerca de la mitad de las regiones donde vivían los albaneses. Kosovo, que ya era mayoritariamente albanés, fue dividido entre Serbia y Montenegro. Para los albaneses, esa fue la gran injusticia que padeció su pueblo, y los nacionalistas contemporáneos esperan "rectificar" esa "injusticia histórica".

Por otra parte, la supervivencia de un Estado albanés no era evidente. Albania estuvo a punto de desaparecer en el tumulto de la Primera Guerra Mundial, y el establecimiento de fronteras fijas del Estado albanés sólo se logró en 1926, y con un arbitraje de dudosa lógica: así, la ciudad de Djakovica/Gjakovë fue otorgada al reino de los serbios, croatas y eslovenos, cuando en realidad la presencia serbia allí era extremadamente limitada. Igualmente, el territorio histórico de la ciudad Debar/Dibra fue dividido entre el reino eslavo y Albania: en la actualidad, la localidad principal pertenece a la república de Macedonia, mientras que el "hinterland" natural se halla en Albania, en torno al poblado de Peshkopi.

Dos problemáticas se entrecruzan. La definición territorial de Albania fue determinada por la relación de fuerzas entre los Estados vecinos (Montenegro, Serbia, Grecia) y sus poderosos protectores. Sin olvidar a Italia, que durante largo tiempo alimentó reivindicaciones sobre la costa albanesa. Al mismo tiempo, las nociones de "regiones albanesas" o de "áreas de población albanesa" resultan problemáticas: en las zonas en cuestión, los albaneses vivían, y viven aún, en contacto con otras comunidades nacionales. ¿Puede considerarse que tal o cual ciudad pertenece al mundo albanés, porque en ella los albaneses representan el 50%, 60% u 80% de la población? ¿Qué porcentaje habría que tomar como medida y, sobre todo, qué escala tener en cuenta? Ahora, cabe pensar, por supuesto, en la unificación de todas las regiones donde los albaneses son mayoritarios, es decir, Albania, Kosovo, el cuadrante noroeste de Macedonia, pero también el valle de Preservo, en el Sur de Serbia, y las franjas orientales de Montenegro (Vusanje, Ulcinj).

En todo caso, la intervención de las "grandes potencias" es fundamental para entender la progresiva formación de las fronteras balcánicas. Desde ese punto de vista, la historia -como siempre- se repite: la cuestión de Kosovo se ha convertido en un peón de la amplia partida planetaria que se juega entre Rusia y Estados Unidos. En ese combate de titanes, es evidente que los intereses reales de los albaneses, de los serbios y de todas las poblaciones que viven en Kosovo corren verdadero riesgo de ser olvidados. Pretender, a estas alturas, solucionar las cuestiones balcánicas por medio de nuevas distribuciones de territorio iniciaría una espiral infernal que se extendería rápidamente por toda Europa. O sea, ¡la caja de Pandora de las fronteras balcánicas!

Por todo ello, y pese a que Kosovo ha proclamado que su independencia "es un caso único y no sienta precedente", España, en la línea de su nefasta política exterior -y ante el posible efecto dominó- no ha querido reconocer a la nueva república por miedo a los "contenciosos" vasco y catalán (que personalmente considero "asuntos internos" entre el Estado español y sus "territorios históricos"), cuando ya el PNV ve "similitudes" y ERC exige el reconocimiento del nuevo Estado. Pero la gran pregunta (en este caso del millón de $ USA, dada la "participación" norteamericana en el proceso kosovar, y otros) resulta obvia: ¿es extrapolable el caso de Kosovo a Canarias? ¡Rotunda y categóricamente, no! Canarias no está en Europa y, por consiguiente, ¡no es Europa!, pese a los eufemismos al uso. Canarias, por el contrario, sí es un anacrónico "territorio nacional" de un Estado europeo -España- en África, susceptible de un inaplazable proceso descolonizador, según mandato expreso de Naciones Unidas, que finaliza en 2010. Aunque todo dependerá, en última instancia, de los intereses geoestratégicos de EE.UU. en la zona, donde Marruecos juega un papel fundamental como socio y aliado privilegiado de la gran potencia. Y máxime, conociendo la "constitución del Gran Magreb", que contempla el Istiqlal -partido de la independencia-; cuya frontera Sur es el río Senegal, y que comprende a las "Islas adyacentes". ¿Qué podemos esperar?

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