Fin de mundo
Juan
Manuel García Ramos
Hace algunas semanas un buen amigo y gran
conocedor de la literatura estadounidense casi me ordenó que leyera al
novelista Carson McCarthy.
Y le obedecí, como en muchas ocasiones anteriores. El lunes de
Razones académicas paralelas me habían conducido días atrás a la lectura de uno
de los últimos poemarios de Pablo Neruda publicados en vida, Fin de mundo,
y tras recorrer con regocijo las páginas de uno y otro libro he de reconocer
que entre ambos detecté un aire de familia, una misma tesis de fatalidad
apocalíptica.
Fin de mundo es un inventario de falta de fe en el progreso y en la
confusa modernidad, la incredulidad sin tapujos, como se comprueba en muchos de
sus versos: "El siglo negro se prepara / para morir con elegancia / en el
otoño del mundo: / no le daremos ese gusto / vamos a escupirle la
cara...".
Neruda fue uno de los testigos más lúcidos del siglo XX, con sus errores y sus
aciertos, entre estos últimos el de reconocer lo mucho que se equivocó a lo
largo de su existencia, y en los libros más cercanos a su muerte se empeñó en
advertirnos de catástrofes futuras que no llegaba a divisar con claridad, pero
que lo inquietaban sin tregua: "Estos treinta años que vienen...
estallarán como cápsulas en el silencio...".
La literatura tiende a narrar los sueños de los creadores, aunque muchas veces
lo que nos transmite son los delirios más angustiosos.
De eso trata La carretera de Carson McCarthy. De relatarnos una época post-nuclear, o
post-cambio climático, donde la naturaleza del mundo ha muerto y sólo quedan
algunos seres humanos marchando hacia el sur en busca del mar, hostigados por
un frío glacial y por la devastación.
Un padre y un hijo, de unos ocho años de edad aproximadamente, huyen a través
de una carretera interestatal del sureste de los Estados Unidos hacia el océano
Atlántico, donde precisamente van a encontrar, entre "las amargas cenizas
del mundo", el casco de un velero encallado de nombre y de bandera
sorprendentes para lectores de estas islas nuestras. El barco se llama Pájaro
de esperanza, y la matrícula pertenece a Tenerife.
Al margen de esas casualidades, La carretera es un empeño por
describirnos el infierno tan temido en la tierra de todos nosotros, una visión
catastrofista de la convivencia humana que acerca la fábula de McCarthy a los relatos de Aldous Huxley -Un mundo feliz- o George
Orwell -1984-, como ha señalado con acierto
Germán Gullón al ocuparse de la obra del
estadounidense en cuestión.
A este circunspecto Carson McCarthy,
al que sólo el éxito de algunas películas basadas en sus obras ha logrado sacarle
de su madriguera, se le ha relacionado con la literatura legendaria de Herman Melville y de William Faulkner.
Por lo menos eso es lo que mantiene el gran gurú de
la crítica usamericana, Harold
Bloom.
En cualquiera de los casos, el McCarthy de La carretera
va mucho más allá de esos posibles antecesores, y nos desgrana unos
acontecimientos que no tienen parangón con las novelas de Melville
o Faulkner.
La historia de la marcha dolorosa de ese padre y de ese hijo para alejarse de
la lluvia, la nieve, las cenizas, las ruinas, la muerte, el hambre, la
violencia de los otros pocos supervivientes que se han vuelto caníbales en su errancia sin fin, es la historia de dos espectros de los
que no ha desaparecido aún la humanidad en todo su esplendor.
Los diálogos entre padre e hijo, donde siempre se sopesa el bien y el mal de
los actos de sus todavía semejantes, son el ejemplo más sublime de que el
hombre, a pesar de las adversidades más impensables, es un sujeto ideado para
eternizar algunas verdades universales: el honor, la piedad, la compasión, el
sacrificio, el coraje, la indulgencia, la esperanza.
Siempre he pensado que la literatura, la buena literatura, no sólo nos habla de
cómo funcionan las sociedades y sus individuos, sino que ese arte verbal aspira
a una síntesis fluida de todos los conocimientos; la disciplina que mejor
recoge el espíritu de los pueblos y es capaz de unir geografías, culturas y
cronologías.
Vivimos tiempos de apocalipsis demasiado anunciados y
a veces no caemos en la cuenta de lo que se nos puede venir encima a través de
nuestros propios errores.
La fábula de Carson McCarthy
entra de lleno en esos terrores planetarios y en su prosa tersa y lacónica nos
advierte de posibles y nefastos resultados.
Dicen algunos que todo lo que piensa o sueña el hombre tarde o temprano
sucederá. La ley universal de la atracción opera de imán de algunas de nuestras
pesadillas más detestables. Pero como el mismo Neruda versifica en sus libros
más veteranos, el siglo XX fue el siglo de las pesadillas por excelencia y
todavía estamos sobre la tierra deseando hacerlo algo peor.
Los supervivientes de La carretera se mueven en un "retablo de
muertos y devorados", viven matando y negando el pan a sus semejantes,
todo parece perdido en ese ámbito infernal, pero el hombre protagonista sigue
aleccionando a su hijo en los altos valores de la moribunda civilización
.
Después de meses y meses de desplazamientos en busca de la vida perdida, de
forzado nomadismo, cuando el padre ha sacrificado toda su energía en el intento
por hallar ese sur imposible para su hijo, surge el rayo de esperanza y
salvación que siempre está detrás de toda empresa humana.
Así, la novela de McCarthy salta por encima de la
simple y literal anécdota para convertirse, como todas las novelas respetables,
en un símbolo de la fortaleza humana frente a todas las iniquidades de la vida.
No sólo Jesús fue capaz de redimir a los hombres, cada uno de esos hombres, en
su condición de mera terrenalidad, puede emular la
gesta de Dios y convertirse en un ejemplo válido para sus semejantes. La fe no
es un asunto sólo de hombres y de dioses, la fe en la vida y, mejor, en la vida
en convivencia, tiene tanto rango para cualquier espiritualidad que se precie
como la fe en las divinidades más solemnes.
Los protagonistas de La carretera de Carson McCarthy son pequeños dioses terrenales que han encontrado
en sus mentes la potencia para vencer las circunstancias más atroces y seguir
siendo criaturas humanas.
Ahora que un catedrático de psicología cognitiva nos ha descubierto que los
niños empiezan a pensar antes de comenzar a hablar, quizá podamos imaginar que
la consideración de seres humanos nos es entregada a todos antes de nuestro
primer llanto. Luego sólo se trata de administrar esa soberanía del existir sobre
el resto de los seres vivos con quienes compartimos un planeta en permanente
peligro.
La carretera de McCarthy
parece el novísimo testamento de una nueva religión de la supervivencia.