Fin
de travesía
(Presentado libro contra el Fuego en 11
municipios de Canarias)
Samir
Delgado
Siempre hemos escuchado aquél
consabido refrán de que en la vida tenemos que plantar un árbol, tener hijos y
escribir un libro. Muy lejos de sentirme satisfecho por la cercana consecución
de esos objetivos filosóficos -aún sigo siendo yo el chiquillo-, el fin de
travesía con las presentaciones del libro contra el fuego ha supuesto una
verdadera experiencia para toda la vida.
Ya
no sólo por haberme plantado con mi tierna experiencia de joven autor ante la
pesada responsabilidad de transmitir literariamente en unas páginas recicladas
el sentir de nuestro pueblo por el drama de los incendios - siempre he sostenido
que todas las personas que sufrieron aquella pesadilla podrían escribir su
propio libro-, sino también por el inolvidable caudal de testimonios
impregnados de humanidad que he palpado directamente en la apretadísima lista
de municipios donde se ha presentado este libro recibido con mimo por el público
y casi agotado en su primera edición coloreada con una tempestad sobre una
sabina por Luis Morera e ilustrado por Valentín Benítez en El Alfar.
En
el momento de poner punto y final al diario de presentaciones que me acompañó
en los desplazamientos por las zonas afectadas en el aniversario de los
incendios del verano pasado, dejo ahora algunas pinceladas últimas que nos
sirvan para salir al paso ante las interrogantes del futuro, sobre todo para que
no se repitan los mismos errores y no vuelvan a suceder más nunca las dramáticas
vivencias de muchos vecinos que tuvieron que abandonar sus casas por un fuego
que entró en la historia de la fatalidad sin respeto alguno a las lindes de la
vida, y es que la imagen del monte ardiendo supone una ejemplar metáfora para
unas islas que se están quemando cada día sin la culpabilidad anónima de unos
incendios forestales, tan sólo baste comprobar con sentido crítico el devenir
histórico de Canarias para encontrar un hilo que conecta la deforestación
indiscriminada de la época de los ingenios de azúcar con el actual monocultivo
del cemento que ya hace tiempo no disimula su crisis de caducidad.
Durante las
incursiones por carretera hacia cada centro cultural he percibido la desconexión
abismal que parece imponerse entre los barrios de muchos pueblos en cada isla,
esa sensación quebradiza de cada rincón apenas desvelado en unas horas por su
hermetismo local tan característico de la orografía canaria y el modelo
desarraigado de vida que nos impone la educación en este sistema competitivo
donde se nos incapacita para identificar con normalidad los nombres de los
lugares que nos rodean o la diferencia singular entre cada peldaño de nuestros
bosques con su riqueza natural.
Así ocurre que un
alto porcentaje de la juventud canaria no puede ver nada más que un verde
amorfo en los montes lejanos que antes eran frecuentados por nuestros mayores
para usos tradicionales como el arte yerbero, las rutas del pastoreo, la
recogida de pinocha para el forraje y otras costumbres ancestrales extirpadas
para los anales de la desmemoria colectiva y sustituidos por las excursiones
dominicales en coche a las zonas recreativas.
No puedo dejar de
asombrarme ante la paradoja de ver gigantescos túneles construidos
supuestamente para llegar más rápido a la modernidad y el apabullante
desequilibrio de un progreso a medias que no parece sinónimo de calidad de vida
para una ciudadanía descontenta en muchos lados por la nefasta ordenación del
territorio en manos de la especulación urbanística y el mamoneo de fondos públicos
para unas infraestructuras que apestan a corrupción…
Cada trocito del
archipiélago nos cuenta una historia al oído y he aquí la clave de nuestro
tiempo ya que “lo que no se conoce, no se puede querer y lo que no se quiere
como propio no se defiende”, una afirmación contundente que tal vez nos
aclare un poco más los niveles de explotación sufrida por Canarias durante las
últimas décadas con el turismo de masas y el sentimiento de pérdida de
nuestro pueblo ante el cerco impuesto sobre la agricultura que acelera la
ruptura traumática con el pasado y sustituye tenebrosamente la armonía que
mantenía el campesinado canario con el medio natural que pasa a ser tutelado
por la frivolidad del poder institucional cómplice del estropicio imparable de
una globalización que convierte en mercancía los espacios protegidos, a fin de
cuentas patrimonio natural para la galería de una humanidad abstracta.
Pero ante el duro cúmulo
de adversidades que parecen multiplicarse impidiendo que entren rayitos de
esperanza para un cambio de rumbo en unas islas divididas más por la estupidez
política que por el agua atlántica, la desazón mencionada tras cada visita a
muchos pueblos queda enseguida difuminada al contacto de nuestra gente que
habita las islas con un mismo latido.
Da igual si
transitamos por las aceras de una barrio norteño en la comarca de Acentejo o
giramos una rotonda con destino a un caserío en el sur tirajanero: siempre
veremos la misma sombrita sobre los banquitos de las plazas con nuestros mayores
en tradicional tagorillo, siempre veremos el mismo tiempo recontado por las
familias con las alegrías y las penas de cada hogar, siempre veremos a un mismo
pueblo que siente lo que pasa en nuestra tierra y no acaba de sacarse de adentro
todo lo que lleva.
Tras el vértigo de
las convocatorias para las presentaciones del libro que han supuesto un bálsamo
cultural para muchos rincones lastimados por las cenizas, he podido presenciar
la complicidad de muchos vecinos con mirada aguada que todavía sufren las
consecuencias de los incendios. Todo el mundo se pregunta cómo llegó a pasar
todo aquello y las lágrimas no se han secado por muchos aniversarios que pasen,
la verdad es que tal como nos cuenta el libro contra el fuego “nadie mejor que
nuestros abuelos para darnos un resultado/ si les preguntásemos cuánto tiempo
hace que pasan las noches en vela/ esperando con angustia que la cosecha no se
duerma bajo las estrellas”.
Tengo constancia de
los conatos sofocados por diversas cuadrillas en días pasados, doy fe de
notario sobre el hecho descorazonador de que muchas familias damnificadas todavía
tienen sus casas como el día después del incendio.
Una cosa y otra nos
obliga a no bajar la guardia contra la maldita piromanía y la desidia de la
clase política que mal gobierna nuestro país.
Con
este fin de travesía por una docena de municipios, y a la espera de retomar el
camino para nuevas invitaciones en otras localidades y colegios públicos donde
llevar la palabra, tengo una confesión íntima que hacer: Este
libro nunca debió nacer.
www.samirdelgado.org
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Publicación web del Diario de las
presentaciones (15 de Agosto)
Puntos
de venta del libro
Librería del Cabildo (Santa Cruz de Tenerife y Las
Palmas de Gran Canaria)
La
Laguna
(Lemus, Librería Universidad, Librería Tinerfeña)
Las Palmas de Gran Canaria (Altair, Canaima, Libro Técnico,
Jable)
Otros lugares: Agaete (TEA), Orotava (
La Casa
), Maspalomas (Primicia).