El fracaso de los economistas

Juan Jesús Ayala

No ponemos en duda todo el bagaje científico que encierran los economistas dentro de su sabiduría, pero llama la atención que desde el paradigma de su ciencia no hayan sido capaces de predecir, prevenir, diagnosticar e interceder para curar los males que afectaban y afectan a la estructura económica de una sociedad, en esta caso, la capitalista.

Sin embargo, una vez que se produce el cataclismo, entonces sí aparecen los remedios, las discusiones y los interminables debates que conforman la parte fácil de la gestión. Pero cuando se tiene delante el cadáver ya no hay nada que hacer, a excepción de certificar su muerte o, desde la mesa del forense, poner de manifiesto cuál fue la causa de esta. Lo que para la vida no vale de nada.

No sólo hoy son ridículas las afirmaciones por inexactas del ministro Solbes prediciendo lo que pasará mañana o pasado mañana con la inflación, con el pleno empleo y marcando fechas para desterrar el imaginario, según decía, de una crisis, sino que estas ensoñaciones se remontan más atrás. Y como ejemplo del descalabro referencial de la economía y del poco acierto de los economistas es cuando los gurús del keynessismo dirigidos por el Premio Nóbel Paul Samuelson durante la crisis de los setenta declararon con todo el énfasis posible que aquella sería la última, que no habría más crisis. Además no se cansaron de decir que la economía era esencialmente autoreguladora, que si se dejaba a sí misma se conseguirían los niveles satisfactorios de crecimiento, puesto que la mano del mercado pondría en su sitio lo que se había descuadrado. Y no. Se ve que no.

La marea del descalabro económico azota y llega a todas las costas del planeta. Y nadie lo previó; nadie nos dijo la que se nos venía encima; todo el mundo andaba muy contento y el consumismo estaba instalado en las economías familiares. ¿Y ahora, qué? Ahora se navega en el mar de la incertidumbre y como siempre, una vez diagnosticada y no atajada a tiempo la enfermedad, pues eso, a verlas venir y sin saber cuántas caras traerá el visitante de la ya instituida crisis.

Estamos, según manifiestan los estudiosos postmorte del fenómeno, en una larga crisis de superproducción, de superacumulación, que comenzó no ahora sino en el año 1967, donde no hubo otra alternativa para intentar paliarla que propiciar una guerra en el Vietnam para que, a través del gasto militar y de los préstamos para reconstruir un país asolado por las bombas de napalm reconducir una economía herida de muerte.

Esa sería una solución verdaderamente terrible, buscar una gran guerra, además de la de Irak. Pero, entretanto, sí que se ha inventado una nueva teoría sobre la situación, cual es la socialización del capitalismo. O sea, al revés, desde el Estado, desde los impuestos de los ciudadanos hay que ir en ayuda de los especuladores, de los tramposos, de los malos gestores, de los que se han enriquecido forrándose con sus trapicheos, cuando lo que habría que hacer es una decidida incautación de esa banca en bancarrota y nacionalizarla para que los beneficiarios sean los que con su dinero, el dinero del Tesoro, han apuntalado, de momento, la situación.

Quizás estemos, y con permiso de Fukuyama, no en el "final de la historia". Cuando la caída del Muro de Berlín se dijo por este ideólogo que, tras la muerte del comunismo, lo que predominaría sería el triunfo del capitalismo, del neoliberalismo. Y es que si la caída del muro simbolizó la del imperio soviético, ¿no estaremos ahora asistiendo tras la caída del dólar al inicio del derrumbe del imperio de los EEUU?

Y no es que se quieran escabullir los acontecimientos; pero la cuestión no está para partirse de risa y un historiador sí que lo predijo. Y lo que desearíamos es que se equivoque cuando dice que en los primeros años del siglo XXI los acontecimientos políticos y económicos llevarán al mundo al desastre. Los sistemas monetarios quedarán destruidos, el libre comercio será sólo un recuerdo y la devastación social y económica será protagonista en todas partes. Las drogas, parece, serán la única escapatoria a la desesperanza.

Pensemos que estos augurios que parecen no ser tales, sino que se acercan bastante a la realidad del día a día, sean meros devaneos mentales y que, al fin, los economistas afinen sus diagnósticos a tiempo para poner remedio a una quiebra del desarrollo económico y donde las relaciones internacionales no son del todo satisfactorias.

De ahí que no echemos en saco roto los tics de la Federación Rusa de Putin, que está sacando pecho y con la intencionalidad de coger el bastón de mando de un nuevo orden mundial, porque el Occidental está hoy ciertamente confuso, ahogado en sus contradicciones y totalmente desordenado.