Dicen los analistas que es imposible suponer que en
un futuro tan cercano como el 2010 podamos vivir con el confort al que nos
acostumbramos desde el siglo XX. Esos analistas dudan incluso que las grandes
ciudades puedan costear el alumbrado público, o que los negocios puedan
permanecer iluminados toda la noche como ocurre hoy. A esos privilegios hay que
añadir la calefacción o refrigeración centrales, que son a base de gas, los
aparatos eléctricos, los automóviles, los aviones, pero también los cosméticos
y cremas y fibras sintéticas y plásticos y cientos de miles de productos de la
petroquímica.
En el futuro no habrá ni una quinta parte del parque
automotor actual; pero entre las empresas de transporte serán los aviones los
primeros en pagar el pato, pues hace al menos dos décadas que las aerolíneas
trabajan a pérdida y se sostienen de milagro. Estos mismos observadores
comentan que el gobierno norteamericano descuidó, como muchos en el mundo, el
desarrollo del transporte ferroviario en beneficio del parque automotor y de la
aeronáutica, no obstante que el tendido y el mantenimiento de rieles es
increíblemente más barato que las enormes autopistas de hoy, y que el
ferrocarril es sumamente dúctil para utilizar combustibles alternativos. Pero
la disminución del parque automotor traerá consigo el colapso de las autopistas
por disminución del peaje y porque es increíble el efecto que produce en una
carretera la falta de uso.
Las damas no podrán usar la cantidad de cosméticos y
cremas que usan actualmente, y ya no podremos abusar de la bolsa plástica:
tendremos que volver a los viejos tiempos en que íbamos con bolsita a comprar
pan, no como hoy que cada unidad se nos da en su propia bolsa.
La irracionalidad con que hemos abusado de los
hidrocarburos y sus derivados petroquímicos en la sociedad de consumo hace
prever que los primeros en colapsar serán los suburbios de las ciudades, adonde
la incuria de los gobiernos ha obligado a trasladarse a los antiguos pobladores
de provincia y de áreas rurales. Colapsarán por falta de servicios y
seguramente se desatará una violencia nunca antes vista, pero ya prefigurada en
los desórdenes últimos de París y de otras ciudades europeas.
En suma, no estamos lejos de volver a vivir en
pequeñas ciudades mitad urbanas mitad rurales, en lo posible autosostenidas con pequeños campos productivos, con gente
fija que evita desplazarse por temor a los costos, con pequeños negocios, pero
no más con los gigantescos malls y supermercados de
este tiempo.