El genocidio Americano

 

Unas pocas palabras sueltas unidas exclusivamente por asociación de ideas pueden construirse en la síntesis de más de 350 años de conquista y colonialismo español en América: inquisición, genocidio, explotación, saqueo, trasculturización… No es que se elijan sólo procesos negativos, es que la mayoría de ellos fueron irremediablemente perjudiciales para sus habitantes americanos. Parece una redundancia hablar de 515 años después de evidencias notorias.

 

Los primeros años después de la llegada de Cristóbal Colón, que condujeron hacia la Edad de Oro del Imperio Español, se forjaron sobre las servidumbres a las que se sometía a los indios. Los españoles los tenían a su servicio personal como tatemes, o cuidadores de ganado, cargadores o servicio domésticos. Más tarde, la iglesia, su arrasadora campaña evangelizadora, destrozó la estructura social indígena; alejaba a los indios de sus agrupaciones tribales o multifamiliares para formar las congregas,

 

Realizando deportaciones masivas hacia lugares en climas y costumbres diferentes para la construcción de iglesias y conventos y servir a los religiosos de esas residencias. A partir de 1533 los indígenas eran obligados a proporcionarles sustento a los sacerdotes (según acuerdo legar entre Audiencia e Iglesia) a través del camarico, que consistía en la entrega diaria de un par de gallinas, y entre tres y cuatro mujeres  que elaboraran pan, recogieran frutas e hicieran la comida para los caballos. La mayoría de los religiosos terminaron cobrando esta especie de impuestos en monedas de plata. Y todo ello a pesar de que en 1537 el Papa Paulo III admitió que los indios americanos eran “seres humanos, dotados de alma y razón”, en su bula “Sublimis Deus”. Algunos historiadores sospechan que las luchas políticas entre la iglesia católica y las jerarquías monásticas del siglo XVI eran lo suficientemente enconadas como para creer que la declaración del Papa se debía simplemente a un piadoso pensamiento cristiano iluminado por el Espíritu Santo.

 

Seguramente el reconocimiento de los indios como seres humanos era la única razón que justificaba emprender con rigor una Cruzada, evangelizadora: difícilmente se pudiera entender la llagada masiva de eclesiásticos a América con la misión de convertir animales al cristianismo. Tras semejante desembarco evangelizador se ocultaba la ambición  por alcanzar las cotas de poder y riqueza que llegaron a oídos de los obispos romanos, cuando las primeras remesas de oro arribaron a Sevilla.

 

En la sociedad civil se repetían y multiplicaban los factores de dominación. La figura del encomendero era de fundamental importancia; autorizado por la propia Corona  española se encargaba de repartir los indios de la comarca para la realización de determinados trabajos, según sus necesidades productivas y personales, y tenia la facultad de exigirles tributo. La ambición desenfrenada de los conquistadores y encomenderos llevó a someter a los indios y ofrecerlos como moneda de  cambio convertible en oro.

 

    El mismo camino seguían, los que entraban en la mita o sorteo de trabajadores realizado por los Señores del lugar, para llevar a cabo trabajos bajos en las haciendas; o los sometidos a una especia de esclavitud oculta denominada por los indígenas yanaconazgo (en quechua), igual a efectuar servicios personales para el patrón noble, entre los que se contaban también los requerimientos sexuales.

 

    En la mayoría de los casos estas relaciones de producción eran consecuencia de la transferencia del modelo social europeo, absolutamente desi-igualitario, plagado de injusticias, privilegios y esclavitudes; aumentando en América gracias al ejercicio del poder absoluto que por gracia divina se auto-atribuían los conquistadores.

 

    El marco de represión en el que se desarrolló este régimen de dominación ya es conocido a través de sus consecuencias. En 1492 había aproximadamente cien millones de indígenas viviendo en América (76.5 millones en Sudamérica; 13.5 en América Central y 10 millones en Norteamérica). Cien años más tarde el equilibrio demográfico se había roto de tal manera, a causa de las guerras, las enfermedades y las matanzas, que los habitantes indígenas de Suramérica se redujeron en 40 millones de personas. En 1652, los 13,5 millones de indios centroamericanos se habían transformado en 540.000. Y en 1692, en el segundo centenario del desembarco europeo en América, la población indígena total superaba apenas los 4.5 millones de habitantes, según datos proporcionados por la organización Suvival Internacional. Durante el mismo período (1503-1660) las remesas totales de metales preciosos embarcados desde América hacia España alcanzaban los 181.333 kilos de oro y 16.886.815 kilos de plata según la constancia oficial registrada en los Libros de Cuentas y Razón y Cargo y Data de la Casa de Contratación. Indudablemente, entre esos datos no se cuenta las cargas de los navíos clandestinos que no figuraban en los listados de navegación de la Casa de Contratación, ni las inversiones realizadas por los nobles burgueses españoles en castillos y mansiones en el propio territorio americano.     

MATANZAS COLONIALES NORTEAMERICANAS

   

Todo el poderío colonial hispano hasta el desarrollo del proceso de liberación americana, a finales del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX, evolucionó reflejando las transformaciones graduales de las ideas europeas hacia la igualdad a través del pensamiento liberal, recortando los poderes absolutos de las monarquías y reclamando la organización más horizontal del poder dentro de la sociedad, sobre todo en Centro y Suramérica.

    En Norteamérica el proceso fue distinto. Los primeros colonos que llegaron las tierras del este Norteamericano lo hacen a principios del siglo XVII, Y la primera población colonial que sería fundada en tierras norteamericanas fue Jamestown (en el actual Estado de Virginia) en 1607. Tenía aproximadamente 6.000 habitantes, en su mayoría ingleses ambiciosos, cuya principal obsesión fue la búsqueda desenfrenada de metales preciosos, sin detenerse a formar la mínima trama social entre sus pobladores para construir una colonia con visión de futuro. Las guerras con los indios, las enfermedades y los conflictos internos fueron diezmando la población hasta quedar en 1624 sólo mil habitantes.

 

    La historia oficial norteamericana oculta este primer paso verdadero de la colonización de aquellas tierras por su similitud de actitudes con la conquista hispana. Los estadounidenses prefieren reivindicar a los anglicanos que llegaron en el buque (My Flowers) en 1620. Estos puritanos capitalistas, sometidos por la corona británica (bajo la dinastía de los Estuardo) pusieron su pie sobre las nuevas tierras con concepciones distintas, más liberales en lo político y social, con el objetivo de fundar una nueva comunidad alejada de los privilegios monárquicos y el absolutismo que prevalecían en las islas británicas. En los siguientes treinta años se produjeron oleadas migratorias que fueron poblando la costa Este norteamericana al amparo de leyes bastante rigurosas y sumamente progresistas para la época, en las que determinaban la separación de  Iglesia y Estado, la libertad religiosa y el reconocimiento de los derechos indígenas sobre la propiedad de la tierra. Las tribus del Este, hurones, iroqueses, mohicanos, se vieron presionadas por las costumbres mercantilistas de los colonizadores y las tribus algonquinas no tardaron en transformar sus costumbres: de la agricultura de supervivencia al trampeo para obtener pieles de animales que, una vez descubiertas por los europeos, se valoraron mucho. Los indios comenzaron algunas migraciones hacia las zonas de caza y ampliaron considerablemente las zonas de trampeo para comerciar. Pocos años después (durante la primera mitad del siglo XVII) las colonias francesas y holandesas comerciaban con los indios. Es más, los comerciantes holandeses llegaron a crear la fábrica más importante de sombreros basada en pieles de América del Norte, que marcó el inicio de la moda de la indumentaria en Europa (pieles de castor, nutria, zorro, etcétera).

 

    Posteriormente, la llegada de diferentes grupos religiosos como los calvinistas o los prebisterianos (que tendrían influencias decisivas en la Conquista del Oeste en el siglo XIX) ensuciarían ese proceso que había demostrado intenciones aparentes de respeto de las culturas de los colonos y la de los indígenas.

 

    No por ocultos los datos de la conquista norteamericana son menos representativos de sus crueles consecuencias. A principios del siglo XVII, historiadores que no se ponen de acuerdo atribuyen aproximadamente entre 8 y 10 millones de habitantes indígenas para Estados Unidos. Los mismos autores sitúan esa población entre 850.000 y un millón y medio en 1800 (24 años después de haberse proclamado la independencia norteamericana). Enfermedades desconocidas, el deterioro económico y social, las hambrunas, el alcohol, las matanzas y deportaciones, acabaron en tres siglos con casi el noventa por ciento de los indios norteamericanos. Y si la etapa colonial fue dura, los años posteriores de los colonos norteamericanos serían aún peor para los indígenas.

 

    Las Naciones indias no encajaban en los planes del nuevo Estado Independiente y, detrás de una fachada pacífica y respetuosa, fueron ganando territorios hacia el Oeste. A partir de 1870 los trece Estados de la Unión quedaron limpios de indios. Los Mahican y los Delaware fueron deportados al oeste de los montes Alleghanys; la Nación iroquesa obligada a ceder porciones de sus tierras a los Estados  de Nueva York, Persylvania y Ohio en 1784. A partir de 1790 se produjo la guerra con los Shawnee porque se negaron a ceder sus tierras a la los colonizadores. Fueron derrotados y debieron ceder dos tercios de los territorios de Ohio y parte de Indiana. Durante los primeros 20 años del siglo XIX los norteamericanos seguían conquistando silenciosamente los territorios de la costa atlántica sin demasiadas contemplaciones con los indígenas.

 

    En 1813 concluye la guerra anglo-norteamericana con la derrota británica y el sometimiento de numerosas tribus: los Kickapoos, los Wyandot, los Creek y los Semínolas de la Florida. La mayoría fueron deportados a reservas de Kansas, donde cada sublevación se pagaba con una matanza; otros huyeron hacia las montañas y pantanos totalmente desperdigados para sobrevivir clandestinamente. Sucesivos presidente norteamericanos Monroe o Jackson aumentan la política de sometimiento y deportaciones de los indios, Según explica el historiador Carlo Caranci. “A partir de 1831 se reconoce a las comunidades indias el estatuto de naciones domésticas dependientes en un estado de tutela sin soberanía, puesto que se hallaban en territorio estadounidense, con las que el Estado federal puede firmar tratados. Pero los mismos serán meros medios de presión para forzarlos a abandonar sus tierras y marcharse al Oeste. Centenares de miles de indios son privados de sus tierras y bienes y trasladados al llamado Territorio Indio (actualmente Oklahoma): los Choctaw en 1813, los Creek en el 36, los Cherokees entre el 38 y 39. No sin haber sido saqueados y vejados previamente por los colonos, antes la pasividad de las autoridades, a lo largo de la Pista de Lágrimas, en la que muchos murieron antes de llegar a su destino”.

EL GRAN VIRAJE EUROPEO

 

Durante los siglos XVII y XVIII los españoles monárquicos y los nacidos en tierras americanas, al igual que los mestizos, comenzaron a sentir la necesidad de distanciarse de una España decadente y acercarse más al Imperio Británico en auge, proclamador de ideales económicos libertarios contrario al absolutismo restrictivo. Surgieron en América las revoluciones de los mercaderes, de los pequeños y grandes comerciantes que necesitaban abrir más fronteras y eliminar aduanas, impuestos y restricciones comerciales. Desde luego, durante la época de la conquista y colonización dirigida por las monarquías europeas los sometidos y perjudicados fueron los indios. La segunda transformación americana a cargo de las burguesías europeas y americanas unidas tenía en el indio un material de trabajo que se iría convirtiendo en un estorbo, cuando la revolución industrial fue reemplazando la mano de obra masiva, durante el siglo XIX. Y allí empieza la otra historia.

    Hasta el siglo XIX la concepción de colonia era ese lugar cercado y seguro que debía rendir cuentas exclusivamente a su metrópoli, parte integrante de un sistema político y económico único y cerrado. A partir de la Revolución Francesa se empiezan a considerar ciertos valores intocables hasta entonces, como la esclavitud humana, y se abren las puertas hacia el liberalismo económico.

 

    El siglo XIX, en su último tercio, marca lo que se conoce como el Gran Viraje Colonial Europeo. Después del ocaso en que se deslizó el Imperio Español a partir del siglo XVII y del efímero domino portugués de los mares, Inglaterra se constituyó en el Gran Imperio. Su actividad expansionista eclipsa durante más de dos siglos a cualquier otra nación europea.

 

    A partir de 1870 el mapa del mundo colonial se convierte. Entre 1876 y 1914 una cuarta parte de los territorios del Planeta fueron redistribuidos entre media docena de Estados: Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania, Bélgica e Italia. Los británicos incrementan sus posesiones en cerca de diez millones de kilómetros cuadrados; los franceses en nueve millones; los alemanes en dos millones y medio y los belgas e italianos en aproximadamente dos millones. Los Estados Unidos amplían sus posesiones territoriales externas en cerca de 250.000 kilómetros cuadrados, en su mayoría gracias a la obtención de viejos territorios coloniales españoles.

 

    El expansionismo europeo, sin embargo, no se contaba exclusivamente por la superficie de las colonias conquistadas sino por la transmisión de las ideas que daban lugar a esa expansión.

    Durante los últimos treinta años del siglo algunos enclaves coloniales se irían liberando. Los países independientes forjados por las burguesías liberales, trasladaban ese espíritu expansionista tierra adentro, hacia la conquista de vastos territorios que aún permanecían en poder de los aborígenes y que ante el avance industrial y comercial y las necesidades del centro de poder europeo era “preciso” conquistar. Tierras cultivables, minerales, animales, riquezas naturales, todo estaba virgen en América para comenzar a actuar como suministrador exclusivo de las potencias.

 

    Los dos polos continentales: el norte con los Estados Unidos y el sur con Argentina fueron los principales artífices de la aplicación de ese modelo liberal europeo. Sólo se interponían en su decidido y arrollador camino “los indios salvajes”.

LA CONQUISTA DEL OESTE

 

    Los norteamericanos intensificaron en estos años el “lento” expansionismo hacia el Oeste que les  había permitido un crecimiento continuado desde la declaración de su independencia. El último tramo iba a ser el golpe final del genocidio indígena: lo que llamaron luego la Epopeya de la Conquista del Oeste. En 1860 entre los 31.4000.0000 de los norteamericanos blancos y el Océano Pacífico se interponían centenares de miles de indios agrupados en diferentes naciones. Treinta años más tarde, los dos océanos estaban unidos bajo la jurisdicción de un solo Estado habitado por 62.7000.000 habitantes, en su mayoría inmigrantes extranjeros dispuestos a vivir en las tierras expoliadas a los indígenas.

 

    Los recursos para expulsar  a los indios de sus tierras no ofrecieron demasiados reparos. La base del sustento de las naciones indígenas de la pradera era el búfalo; su matanza indiscriminada y preparada ofuscó a muchas de ellas que se lanzaron desesperadamente a su batalla final. Los datos de esa sorda guerra oficial son elocuentes: en 1830 existían 75 millones de búfalos; veinte años más tarde quedaban 50 millones. En 1883 se les declaró una especie en extinción (sólo en 1870 se abatieron más de un millón de animales).

 

    Las matanzas de indígenas ante la resistencia a ceder sus territorios tampoco tuvieron reparos oficiales. Primero fueron los Sioux en 1862 quienes se niegan a abandonar los territorios de Minnesota y las Dakotas y poco después los Cheyennes, quienes quedaron reducidos a grupúsculos luego de las matanzas de Sand Creek en 1865 y la de Washita River, nueve años más tarde, dirigida por el general Custer.

 

    El desequilibrio era tan grande y la desproporción del enfrentamiento tan mayúsculo que en 1876 Sioux y Cheyenes, realizaron un gran esfuerzo, pudieron formar un ejército de 2000 guerreros. Sabían que tal vez pudieran ganar alguna batalla, pero la guerra estaba perdida. La historia estadounidense califica de gran desastre de su ejército frente a los indios la derrota de Little Big Hom, en la que murieron 260 soldados del general Custer, olvidando los millones de indígenas masacrados. En 1886, Jerónimo, jefe de los Apaches-Chiricahuas, llevaba tres años huyendo por tierras de Nuevo México ridiculizando a varios regimientos que le perseguían, con una tropa conjunta de 5.000 hombres. Los indios eran 25, con sus mujeres y niños. Finalmente, fueron atrapados 18.

 

    En 1889 se cerró el último acto de aquella conquista, tan deformada por el cine y la televisión, el llamado Territorio Indio, fue convertido por el gobierno Norteamericano en el Estado de Oklahoma. En esa tierra sobrevivían, harapientos y muertos de hambre, 75.000 indios deportados de diferentes regiones. El 22 de abril de aquel año, y en sólo 24 horas, vieron invadidas aquellas tierras deprimidas y secas por 50.000 colonos. Las reservas que les asignaron parecían porquerizas.

 

LA CONQUISTA DEL DESIERTO

   

El Gran Viraje colonial coincidió en el extremo sur. Si en Estados Unidos se llamó Conquista del Oeste, en Argentina se denominó Conquista del Desierto y tuvo una misma misión: correr la línea fronteriza que los indígenas habían impuesto como un cordón de seguridad y que cortaba el mapa de la Argentina y el de Chile a la altura de la provincia de Buenos Aires. La Pampa y Neuquén. Hay que decir que dejaban en poder de los indígenas toda la Patagonia y las zonas más productivas del centro del país (La región de la Pampeana). Su presencia impedía el desarrollo del ferrocarril, las explotaciones mineras (carbón), forestales (bosques de coníferas), agrícolas y de ganado ovino, sectores que interesaban especialmente a las empresas británicas. Los españoles, y posteriormente los criollos habían conquistado dos tercios del vasto territorio argentino, pero quedaban muchas tierra en manos “salvajes”.

 

    Más allá de las grandes civilizaciones de la llamada América Nuclear, que abarcaba todo el territorio encerrado entre los trópicos, al sur de Cáncer vivían numerosas naciones con un grado menor de avance cultural. En el noroeste argentino y chileno y el sur boliviano estaban asentados los Atamequeños, los Omaguacas, y los Diaquitas, tribus incorporadas al Tahuatinsuyo (Imperio Inca). En la región del Gran Chaco (noroeste de Argentina, Paraguay) los Guaycurú era la nación más importante dividida en grupos: los mbayá, los caduceo, los guaraníes, los matacos, los payaguá, los mocovíes y fundamentalmente los tobas. Más al sur, en territorio de los que hoy es Uruguay, se asentaban las tribus charrúas. En el centro de Argentina, sanavirón y comechingón se repartían las sierras y los huarpes la pre-cordillera mendocina. La región pampeana estaba habitada por una de las naciones más importante del sub-continente, los araucanos, dividida a su vez en numerosos grupos étnicos entre los que destacan los mapuches, los ranqueles, los puelches y los tehuelches. En el extremo sur del continente, al sur de la provincia Argentina de Santa Cruz y en la isla de Tierra de Fuego, ejercían su particular cultura del frío, las tribus ona, alacaluf y vaghan. Este resumen étnico puede ser sorprendente para muchos europeos que creían que la Patagonia era un territorio deshabitado. Puede incluso que llame la atención algunos nombres a los cuales no se está habituado como araucanos o tehuelches, en comparación con el sioux o comanches que tan nefastamente puso de moda el cine norteamericano. Todas esas naciones fueron literalmente arrasadas por los ejércitos argentinos durante el siglo XIX.

 

    Durante la década de 1830 a 1839, el caudillo de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas realizó varias incursiones hacia el “desierto”, sobre todo para intentar aislar a las tribus de indios puelches y ranqueles. Tribus nómadas sin localización específicas, inventoras de la “guerra de guerrillas”, sus ataques se producían en grupos reducidos, llamados “malones”, que lograban sembrar el terror entre las poblaciones fronterizas.

 

    En mayo de 1832 el general Rosas comienza su primera incursión hacia el suroeste, en dirección a las provincias de patagónicas de Río Negro y Neuquén. Cuatro meses más tarde el diario de Buenos Aires la “Gaceta Mercantil”, daba a conocer los resultados de la breve campaña: “3.200 indios muertos, 1.200 prisioneros de ambos sexos”. Durante esa época el científico inglés Charles Darwin, investigaba en tierras patagónicas y la enterarse de las incursiones  contra los indios escribió: “Siéntese profunda melancolía al pensar en la rapidez con que los indios han desaparecido ante los invasores. Aquí todos están convencidos de que ésta es la más justa de las guerras. ¿Quién podría creer que se cometan tantas atrocidades en un país cristiano y civilizado? Creo que dentro de medio siglo no habrá ni un solo indio salvaje al norte del Río Negro” (del libro” Viaje de un Naturalista Alrededor del mundo”).

 

    A principios de los años 40 la campaña se cierra con más de 8.000 indios muertos y un avance importante sobre sus territorios de la línea de fortines fronterizos.

 

    Los conflictos internos y la lucha de intereses por el poder de la Argentina, que acababa de nacer, postergaron el golpe final por el abogaban los miembros del Club del Progreso de Buenos Aires, cuyos integrantes formaban las ricas familias oligárquicas descendientes de los españoles. Entre ellos habían militares deseosos de gloria sobre la base de una nueva epopeya; terratenientes avariciosos que esculpieron la frase “No hay negocio como el de las tierras, en una nación joven”, y financieros y banqueros deseosos de otorgar nuevos créditos a bajo interés para engrosar sus capitales.

 

    En 1877 asume la presidencia de la Nación Argentina el doctor Nicolás Avellaneda, un liberal honrado que cogió a un país con ganas de salir adelante pero con una carga de deuda externa (con banca, empresas y particulares ingleses, preferentemente) que le hizo profetizar. “Nuestro país pagará sus compromisos exteriores hasta la última gota de  sangre del último argentino”. Desde luego en la mente de Avellaneda los primeros litros de ese plasma salvador debían recaudarse de venas indias. Inmediatamente nombró ministro de Guerra a un joven general de 34 años, Julio Argentino Roca, de reconocida militancia anti-india y con un importante antecedente en su hoja de servicios: varias batallas ganadas seis años antes en la Guerra del Paraguay o de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay), en la que el presidente argentino Bartolomé Mitre financió una matanza de indios y mestizos con capitales de la Banca Baring Brothers de Londres.

 

    Roca inicia los preparativos de la Campaña del desierto en 1878. Algunas columnas de soldados partieron hacia el sur como operativo de ablandamiento de la gran andanada. Volvieron con 4.000 indios prisioneros; hombre, mujeres, niños y ancianos. Muchos de ellos murieron en campos de reserva.

 

    Las incursiones fueron minando paulatinamente la resistencia de unos indios que tenían pocas posibilidades de sobrevivir fuera de sus sistemas de vida tradicional. Sin embargo, ninguno estaba dispuesto a rendirse. Namuncurá y Pincén, dos de los caciques araucanos más prestigiosos, se dispersaron en los montes con cien guerreros cada uno para atacar por “montoneras” (pequeños grupos que actúan por sorpresa) a los hombres blancos y resistir hasta las últimas consecuencias.

 

    En abril de 1879 el general Roca inicia su expedición desplegando en abanico a más de 6.000 hombres, bien pertrechados y apoyados por artillería. Más de 150.000 indios inician un éxodo en dirección al Neuquén.

 

    El informe final que el general Roca ofreció al Congreso sobre la campaña dice: “14.172 indios fueron reducidos, muertos o prisioneros (algunos historiadores elevan esa cifra a 35.000) Seiscientos indígenas fueron enviados a la zafra en Tucumán. Los prisioneros de guerra fueron incorporados al Ejército y la Marina para cumplir un servicio de seis años, mientras que las mujeres y los niños se distribuyeron entre las familias que los solicitaban (para servicios domésticos o adopción forzada) a través de la Sociedad de Beneficencia.

 

     En 1881 Roca inicia la segunda fase de exterminio ilegal en la provincia de Neuquén, puesto que el Congreso le había autorizado, a través de una ley (número 947 a perseguir a los indios solamente hasta la frontera reconocida de los ríos Limay y Neuquén  “y no más allá”. En marzo de 1818 el general Villegas partía con tres brigadas de infantería, cuatro regimientos de caballería y una sección de artillería hacia el lago Nahuel Huapi (Cabeza de Tigre, en araucano).

 

    La huida de las familias indias (sólo opusieron resistencia los caciques con grupos selectos de guerreros) transformó la expedición gloriosa en un auténtico saqueo. Después de matar a 45 indios y de tomar 150 prisioneros, las huestes de ejército argentino se apropiaron de 6.500 ovinos, 1.700 vacas y 2.300 caballos, capturados a las tribus en fuga. Las batallas siguientes al pie de la Cordillera de Los Andes, pusieron de manifiesto el desequilibrio existente: 345 indios muertos y 1.720 prisioneros. Entre las fuerzas nacionales se registraron 17 muertos y 21 heridos.

 

    En término de vidas humanas la conquista del Neuquén tuvo un costo oficial de 55.000 indios.

 

    Mientras las expediciones que se llevaban a cabo, el gobierno y los terra-tenientes hicieron el gran negocio previsto: la adjudicación y venta de tierras. Por ley, los herederos de Adolfo Alsina, ex ministro de Guerra, recibieron 15.000 hectáreas; cada jefe de fronteras obtenía 8.000 hectáreas y cada jefe de batallón, 5.000 hectáreas. La venta fue mejor negocio aún. Las aristocráticas familias de Buenos Aires y representantes latifundistas extranjeros tuvieron prioridad para comprar grandes extensiones en la zona de Río Negro y Neuquén (más tarde se trasladaron a las provincias australes de Chubut y Santa Cruz). Allí pagaron 0.16 centavos por hectárea. Quince años más tarde, es decir a finales de siglo, cada hectárea  costaba 400 pesos. Las más grandes fortunas y apellidos de raigambre argentina nacieron de estas operaciones. Los extensos latifundios patagónicos y pampeanos (con superficies equivalentes al territorio de países europeos), se consiguieron a costa del aniquilamiento indio.

 

    El pensamiento anti-indio se hizo doctrina oficial en la Argentina del siglo XX, justificando el genocidio el destierro y el saqueo. En un libro de geografía, aprobado como texto escolar por el Ministerio de Educación, y escrito en 1926 por el profesor Eduardo Acevedo Díaz, se podía leer (…) La Republica Argentina no necesita de sus indios. Las razones sentimentales que aconsejan su protección son contrarias a las conveniencias nacionales”.

 

INDIOS DEL SIGLO XX MUERTE Y OLVIDO

 

    Actualmente, la población india del Continente se eleva aproximadamente a 42 millones de personas. Los países andinos de Suramérica (Chile, Bolivia, Perú y Ecuador) junto a Guatemala y México concentran los grupos mayoritarios. En tanto que en Norteamérica se encuentran diseminados 2.800.000 indios. Y en la selva amazónica aproximadamente unos 250.000. Un detalle más exacto nos acerca a estas cifras.

 

País

Indígenas

% de la población

 

Argentina:

350.000

1.1

Belice:

15.000

8.5

Bolivia:

5.000.000

68.5

Brasil:

25.000

0.2

Canadá:

800.000

3

Chile:

1.000.000

7.6

Colombia:

500.000

1.5

Costa Rica:

30.000

1

R. Dominicana:

2.000

8

Ecuador:

4.100.000

38.7

El Salvador:

500.000

9.5

EE:UU:

2.000.000

0.8

Guayana Francesa:

4.000

4.4

Guatemala:

5.300.000

57.6

Guyana:

40.000

4.9

Honduras:

245.000

4.8

México:

12.000.000

13.5

Nicaragua:

150.000

3.8

Panamá:

140.000

5.8

Paraguay:

100.000

2.3

Perú:

9.300.000

43.3

Surinam:

15.000

3.6

Uruguay:

400

0.01

Venezuela:

300.000

1.5

 

    Estados Unidos y Argentina impulsaron durante el último cuarto del siglo XIX las masacres premeditadas desde ámbitos estatales. El genocidio indio, bajo la justificación de la expansión del modelo político económico liberal-europeo (siempre en nombre del progreso) es el antecedente más válido de la doctrina de jurisprudencia internacional que legislado como uno de los mayores delitos de la humanidad el Terrorismo de Estado.

 

    Las condiciones de vida de estos grupos y comunidades son de pobreza extrema, con destrucción del tejido social, marginación creciente y nulas posibilidades de integración colectiva o reconocimiento de su cultura singular. En Norteamérica y el Cono Sur, los indígenas viven olvidados en reservas aisladas, (la de los Kickapoo, en Texas, apenas alcanza los 5 kilómetros cuadraos de superficie), sin posibilidades económicas, sobreviviendo mediante el desarrollo de actividades informales, carentes de cobertura sanitaria y educativa. En los países andinos constituyen al gran mayoría postergada de la población, desintegrados del país oficial, soportando estructuras sociales discriminatorias, racistas y relegados a las tierras altas de los valles andinos o la selva amazónica (cultivos y comercio de hoja de coca). En Guatemala están sometidos al terror ejercido por un  descontrolado ejército que se ampara en la represión anti-guerrillera para cometer masacres que no trasciendan a los medios de comunicación,

    Si las matanzas del siglo XIX aparecen como un genocidio atroz bajo reformados conceptos históricos, el tratamiento actual que los Estados americanos dispensan sus primitivos habitantes se alejan mucho de los más elementales criterios de respeto a los derechos y a la dignidad humana. Según un informe del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, “Los indios yanomamis están agonizando en Brasil, ya que el gobierno impide que lleguen hasta ellos los servicios médicos adecuados. Los yanomamis son el grupo más nutrido que todavía vive en América del Sur relativamente aislado de las comunidades no indias. Este grupo constituye en Brasil una población de 9.000 a 10.000 indios, en el Estado de Roraima. Su situación ha experimentado un acusado deterioro y numerosos yanomamis han muerto a cusa de enfermedades y la violencia desatada por 50.000 buscadores de oro que invadieron su territorio.”La última matanza de yanomamis, asesinados por buscadores de oro (los “garimpeiros”) tuvo lugar el pasado agosto, con un saldo 70 victimas.

 

    De acuerdo con otro estudio realizado por “Suvival internacional”, “Los quechuas  se ven obligados a dejar sus tierras y dirigirse a las ciudades donde la única opción para las mujeres es vender sus productos y para los hombres trabajar como porteros y obreros mal pagados. Sus antepasados murieron en las minas de oro y plata como esclavos de los españoles y hoy las cosas han mejorado poco, pues su vida está reducida al servilismo y a la pobreza en los barrios marginales de las ciudades, “ Las acciones gubernamentales para solucionar lo que generalmente llaman el “problema indio” depende de la trascendencia internacional que pueda tener la situación, el perjuicio político que provoque o los movimientos internos que actúen como una presión positiva para concienciar a la opinión  pública. Los gobiernos americanos tienden a ocultar y silenciar la vida marginal de los indígenas o a mantener un orden opresivo plenamente justificado desde el poder, en que minorías blancas someten económica y socialmente a las mayorías indígena-mestizas. Un cínico “apartheid” disfrazado.