La Gomera: agua para las
ranas
Wladimiro Rodríguez
Brito
Hace unos días recorrí el norte de La Gomera y la lectura que se
hace de un paisaje enormemente humanizado como es el Valle de Hermigua, Agulo y Vallehermoso es lamentablemente deprimente. En
ningún sitio de Canarias se encuentra el nivel de abandono que tiene el campo
gomero y esto es más lamentable en una isla en la que las inversiones públicas
en los últimos años han sido cuantiosas, tanto en recursos para
infraestructuras públicas como para la construcción de presas, que hace que La Gomera, junto a La Palma, sea la isla que menos
problemas tiene de agua en estos momentos. Agua que, sin agricultores,
permitirá a una amplia población de ranas reproducirse en los fondos de los
barrancos, ya que los bancales y los estanques y las acequias construidos por
los gomeros de antaño hoy están en abandono, siendo recolonizados por la
vegetación natural, de tal manera que el Valle de Hermigua es un cañaveral en
gran parte del cauce, y los entornos están cubiertos por vinagreras, zarzas,
tabaibas y un largo etcétera.
Es en este marco en el
que queremos hacer una reflexión y plantear estas líneas porque la crisis
agraria en La Gomera
tiene que ver no sólo con el modelo económico dominante en Canarias y en la Isla, sino, sobre todo, con
una falta de apoyo a los hombres y mujeres del campo gomero. Hombres y mujeres
que construyeron los machu-picchu de Agulo, Lepe y Valle
de Hermigua, en los que en ningún lugar de Canarias el hombre hizo un mayor
esfuerzo por preparar el suelo sobre laderas levantando kilómetros de paredes
para cultivar y hoy, disponiendo de agua y de mejoras importantes en las
comunicaciones, apenas nos quedan cultivando unos pensionistas y algún que otro
agricultor a tiempo parcial.
Por ello, sin entrar
en críticas fáciles, el modelo gomero tiene nombre y apellidos porque no es de
recibo que nos digan que los plátanos no son rentables en La Gomera y sí lo son en Los
Sauces, en La Palma,
por poner un ejemplo, ya que ambos modelos tienen una miniparcelación
y, en gran medida, los condicionantes físicos son similares. Así, pueden ser
expresivos los siguientes datos: La
Gomera, en los años 70, superaba las 500 hectáreas de
plátanos, produciendo algo más de 15,5 millones de kilos al año y en 2006, se
queda en unas 150 has., sin alcanzar los 6 millones de kilos/año,
perdiendo los gomeros unos ingresos, sólo en plátanos, superiores a los 4,2
millones de euros -unos 700 millones de pesetas-. Es en este mismo marco de
relaciones en el que se desaparece prácticamente el cultivo del tomate,
quedando reducido el mismo a unas huertas de papas y a unas parcelas de viñas.
Es decir, La Gomera
es hoy una de las islas más caras del archipiélago ya que importa gran parte de
sus alimentos del exterior y ha pasado de cultivar en los años 60 unas 7.000
has. a algo menos de 1.000 en la actualidad.
Los datos citados
anteriormente son expresivos y hemos de plantearnos que la resultante de los
hechos se debe a una actitud política en la cultura de la subvención, de
mantener a gran parte de la población pendiente de unos contratos no para
trabajar sino para mantener el clientelismo político, unido a la cultura de la
fiesta con acontecimientos como los llamados Fastos Colombinos, y no digamos de
otros aspectos de la subvención a la sopa boba y no
crear ningún estímulo político ni económico para que los jóvenes que quieran
emprender en la Isla
encuentren los apoyos más elementales.
Unido a esto,
indudablemente hay otros problemas en La Gomera: microfundio en
el régimen de propiedad de la tierra y, sobre todo, un mundo cultural que no
mire sólo para San Sebastián y Tenerife, como hasta ahora, en el que se
revalorice la cultura del trabajo, del esfuerzo; en una palabra, la cultura de
esas generaciones de gomeros que nos dejaron no sólo el Garajonay
y otros espacios naturales de gran valía, sino también los machu-picchu de Lepe, Ibo-Alfaro, Guadá. Cabe decir que estas líneas no pretenden hacer una
crítica alejada de la realidad porque, sin lugar a dudas, el trabajo que ha
hecho el Cabildo de Tenerife en el medio rural, a pesar de deficiencias que
indudablemente tenemos, no ha generado un paisaje y un panorama en ruinas como
el que hemos descrito en La
Gomera, que no tiene similitud con ningún otro de todo el
Archipiélago.
Es decir, el modelo
imperante en La Gomera
sólo es productivo en votos cautivos para los responsables políticos de la isla
porque la agricultura y la cultura agraria han sido marginadas en todo este
proceso.